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2012 - España

El libro de la vida

65 Minutos y 9 Personajes. Profesión de fe de una familia hugonota en tiempos de persecución religiosa. El amor por la palabra de Dios pondrá a los personajes al límite.
EL LIBRO DE LA VIDA

PERSONAJES

TOMÁS
BENIGNA
MAGDALENA
JUAN
ANA
DANIEL
MONSEÑOR
SOLDADO 1
SOLDADO 2


(Tomás entra con un manojo de trigo)

TOMÁS. Ya hemos terminado de recoger la cosecha.

BENIGNA. Había poca, ¿verdad?

TOMÁS. Muy poca, apenas tendremos pan para pasar el invierno.

BENIGMA. Ya pasaron los tiempos cuando nuestros graneros estaban llenos y rebosantes. Y la siega era una hermosa fiesta donde los mozos y las mozas bailaban y se gozaban.

TOMÁS. ¿Qué quieres, mujer? Tiempos de guerra, de angustia, de hambre y de miseria. Los esbirros del rey pululan por todas partes. Queman, roban, saquean y matan.

BENIGNA. Y lo que es peor llenan nuestra vida de angustiosa incertidumbre. El otro día quemaron la hacienda de los Peieraux. En plena calle sacrificaron a sus hijos y nadie puedo salvarse.

TOMÁS. Profunda calamidad nos ha tocado vivir.

(Silencio. Tomás queda pensativo. Benigna sigue cosiendo. Tomás se levanta lentamente, como recordando algo.)

TOMÁS. Magdalena, tráeme la capa. Las noches son frías como de invierno. La necesitaré a la vuelta. Tengo que ir a recoger una carga de paja que me han ofrecido.

BENIGNA. ¿No puedes dejarlo para otro día?

TOMÁS. No, Jonás Curvil me espera hoy.

MAGDALENA. Padre, por favor, quédese.

TOMÁS. NO, hija mía. He dado mi palabra y la palabra de un hugonote se cumple cueste lo que cueste. Prepárame el caballo.

(Magdalena sale. Benigna trae la capa.)

TOMÁS. Gracias, Benigna.

BENIGNA. Tu salida me llena de inquietud.

TOMÁS. No sufras. El Señor estará conmigo.

(Entra Ana Ravanel)

ANA. Buenas tardes nos dé el cielo.

TOMÁS. ¡Vaya, Ana Ravanel! ¿Qué le trae por aquí?

BENIGNA. Siéntese, por favor.

ANA. Acabo de hablar con Daniel Bastide. Me ha dicho que se marcha con los suyos.

TOMÁS. Algo he oído pero no quería creerlo.

ANA. Vendrá esta tarde a despedirse.

TOMÁS. Nunca hubiese creído que Bastide iba a temblar bajo las amenazas.

ANA. Me ha dicho que no le quedan fuerzas para afrontar el peligro por más tiempo. Está cansado de aguantar.

BENIGNA. Son muchos golpes los que lleva recibidos.

TOMÁS. ¡Desgraciado! Cree haber escogido la buena parte. ¿Ha calculado los riesgos de la huída?

BENIGNA. Nada le queda que perder. ¿Y nosotros que quedamos, corremos menos riesgos? Nuestro país, tan próspero en otros tiempos, no ofrece mas que ruina y desolación.

TOMÁS. Sobre todo desde que el Abad de Cheila se ha convertido en el verdugo de los hugonotes. Sí, nuestro país está desconocido, pero, ¿es esa razón suficiente para serle infiel? Nuestra tierra, como una vieja decrépita, arruinada por los sufrimientos y el cansancio hay quien tiene el valor de abandonarla, olvidando aquellos tiempos felices en que nos alegraba el corazón, con la bella sonrisa de su rostro amado. Mis raíces están arraigadas tan hondo que nunca podría huir sin arrancarme con ello el alma.

(Entra Magdalena y Daniel Bastide)

MAGDALENA. Padre, aquí está Daniel Bastide. Viene a decirle adiós.

TOMÁS. Entra, Daniel. ¿Es cierto que piensas marcharte?

DANIEL. No hay más remedio, Tomás, no hay más remedio.

TOMÁS. ¿Por qué? Si te vas es porque quieres.

DANIEL. Estoy cansado de aguantar desgracias.

TOMÁS. ¿Y te parece digno buscar tu salvación huyendo?

DANIEL. No me atormentes, Tomás, porque aún queda otra solución mejor que continuamente me está tentando.

TOMÁS. ¿Cuál?

DANIEL. Ya la conoces. Cuando un condenado a muerte puede salvarse con sólo decir una palabra…

TOMÁS. ¿Qué dices? ¿Abjurar? ¿Renegar de tu fe?

DANIEL. Abjurar…. Es mucho decir…

TOMÁS. ¡Oh, Daniel! ¿Cómo es posible?

DANIEL. Nuestra situación es insoportable. El rey, empujado por la iglesia, se ha propuesto eliminarnos. Y usarán todos los medios a su alcance para conseguirlo. Nos han privado de todos nuestros derechos, nos han despojado de todos nuestros bienes. Sólo nos queda la vida, y nos la quieren quitar. ¿Quién puede aguantarlo? ¿No será más sensato aparentar volver a la fe católica?

TOMÁS. ¿Cómo? ¿Eres tú un Bastide, de pura estirpe hugonota y te atreves a insinuar esta traición? ¿Te atreverías a vender tu fe de esta manera?

DANIEL. Sería tan fácil… engañarles… decirles que sí a sus exigencias pero en el corazón seguir siendo el mismo.

ANA. El que vende su fe por su interés y ano es nunca el mismo desde ese momento será, para siempre, un cobarde.

DANIEL. Debemos obedecer al rey y el rey nos obliga a volver a la fe romana.

ANA. ¿Es eso lo que te dicta tu conciencia? Al rey sólo se le obedece cuando lo que pide es justo. Pero cuando se pone entre el hombre y Dios, es menester obedecer a Dios antes que a los hombres. Y el rey, con toda su autoridad, en este caso no es más que un hombre, un pobre hombre, un miserable.

DANIEL. Yo no le obedezco, lo engaño.

TOMÁS. No engañas a nadie. Te vendes. Mientes. Perjuras.

DANIEL. No me comprendéis, no me comprendéis. Yo soy solamente…

TOMÁS. Te comprendemos demasiado. Tú eres solamente un traidor.

BENIGNA. ¿Cómo puedes dejar la verdad, que con su sangre nos transmitieron nuestros padres?

DANIEL. Si tuviéramos la verdad, ¿por qué ha permitido que el rey Luis XIW haya revocado el Edicto de Nantes y se nos persiga como criminales?

BENIGNA. Quizá el rey, desde su lejano palacio ni sepa todo lo que se nos hace, ni haga todo lo que quiera. El clero nos ha calumniado y él no sabe la verdad.

DANIEL. ¿Qué me importa a mí eso? Su ignorancia no hace menos espantosa nuestra situación actual.

TOMÁS. Es verdad, los tiempos son difíciles. Habiéndole agradado al Señor darnos la luz del Evangelio, de la iglesia infiel y desviada, salió, como un joven vástago de un tronco podrido como un nuevo Israel, la iglesia del desierto. Ahora, es su voluntad que esta rama sea tronchada, quizá limpiada, purificad tal vez por la espada de los perseguidores.

DANIEL. Se nos trata como a ratas. No tenemos más elección que el exilio o la tortura. Nuestras casas destruidas, nuestros templos incendiados. Nuestro país convertido en un montón de escombros.

ANA. Todavía nos queda la iglesia del desierto, el tabernáculo maravilloso de la naturaleza donde podemos reunirnos y adorar a Dios en paz, en medio de esta guerra.

DANIEL. Precaria paz. ¿Cuántas de nuestras asambleas no han sido dispersadas a golpes de espada? ¿Cuántos de los nuestros no han sido capturados y han terminado sus días en galeras o se están pudriendo en algún maldito calabozo o dejaron su pellejo en la refriega?

TOMÁS. Sin embargo la asistencia a las asambleas es hoy más numerosa que nunca. En las entrañas de las cavernas, o en el fondo de los bosques, la Palabra del Señor sigue reconfortando nuestras almas afligidas.

DANIEL. ¿Y quién nos confortará cuando el último de nuestros pastores haya sido empalado, despedazado o quemado vivo?

ANA. Cuando no queden pastores, nos predicarán nuestros hombres y cuando no queden hombres lo haremos las mujeres y cuando no quedemos ninguna seguirán predicando nuestros hijos y cuando el último de nuestros hijos le hayan arrebatado su último aliento, entonces predicarán las piedras, las piedras hugonotas teñidas de sangre.

TOMÁS. Comprende, Daniel, la victoria final será de Dios y de los que sean fieles. Todo desertor se excluye a sí mismo del Reino. Todo el que abandone la causa es un derrotado.

DANIEL. Dichosos vosotros que aún os queda la fe. Os la admiro y os envidio. La mía se me ha ido muriendo a fuerza de golpes. ¡No! Ya no puedo soportar por más tiempo esta tensión y esta angustia. Antes que verme arrastrado algún día a renegar de Dios, prefiriendo el exilio, como tantos otros intentaré encontrar en Suiza una ciudad de refugio.

ANA. El camino del exilio no aparta forzosamente de la gracia divina.

TOMÁS El que conquista la estima de los que le rodean, si se marcha para no volver, deja tras él, algo más que la huella de sus pasos.

DANIEL. Dejo mi corazón a pedazos. Adiós, Tomás, ¡quién sabe si nunca más nos volveremos a ver…! ¡Ojalá cambie todo pronto!

TOMÁS. Es mucho decir…

DANIEL. Adiós, Ana, adiós Benigna, la mujer prudente y fuerte de las escrituras. ¡Que Dios os acompañe! Que Él os bendiga y os proteja hasta el día de la liberación.


ESCENA IV

BENIGNA. ¡Pobre Daniel! No lo juzguemos demasiado duramente. ¿Quién podrá juzgar los misterios de un corazón destrozado?

TOMÁS. Además, su huida hacia lo desconocido quizá no sea tan cobarde. Huir para no traicionar.

ANA. La huída es el heroísmo de los débiles.

MAGDALENA. El caballo ya está aparejado. Padre… desista de este viaje.

TOMÁS. Sé razonable, hija mía. No lo puedo dejar para otra vez. Estaré de regreso antes de la noche.

ANA. Sé prudente, Tomás. Desde que tu padre faltó, eres el único pastor que queda en esta zona. Todos te necesitamos.

TOMÁS. Me necesitáis… ¿Podré conduciros como él? Yo no soy pastor de verdad. No soy más que un pobre servidor de nuestra causa. Sólo aspiro a ser el centinela que vigila en su puesto sabiendo que es indigno de ocuparlo.

BENIGNA. ¿Quién se puede sentir fuerte en momentos como éste?

TOMÁS. Agradezcamos al Señor que nos sostiene en su amor.

ANA. Y se digna a escuchar las oraciones de nuestros hermanos para que la fe hugonota no desaparezca, las oraciones de nuestros pastores condenados a galeras y sus mujeres prisioneras en la Torre de Constanza. ¡Que sus oraciones y las nuestras nos sigan sosteniendo hasta que termine nuestra lucha!

TOMÁS. Alabado sea Dios que escucha a su pueblo.

BENIGNA. No abusemos, Tomás, de su misericordia. Deja tu salida para tiempos mejores. Hoy, ante el edicto que sabemos ronda en torno nuestro, sería tentar a Dios…

TOMÁS. Debo ir, Benigna. Ya sabes lo que ocurrió con nuestra vieja Biblia, la más preciosa herencia que me hayan legado mis antepasados… El mes pasado, en la trágica asamblea de Peiremale me fue arrebatada y quemada como tantas otras.

ANA. No podré olvidarlo en mi vida.

TOMÁS. Pues mi amigo Jonás Courbille, el de Valleranque me ha conseguido otra nueva. Y le he mandado aviso de iba a ir a recogerla.

ANA. Siendo así, id, hermano Tomás… Y que el Señor os proteja.

BENIGNA. ¿Qué dices, insensata?

MAGDALENA. Sólo faltaba que usted alentara su osadía.

ANA. ¿Habéis olvidado el poderoso consuelo que representa en estos tiempos de prueba una Biblia en nuestras manos?

BENIGNA. ¿Has olvidado que la prohibición es radical? Está prohibido, bajo pena de las más atroces torturas vende, poseer y leer la Biblia.

TOMÁS. Esta es la razón por la que no quiero de ningún modo, faltando a mi palabra, exponer al buen Jonás a ese peligro. Debo recoger la Biblia de su casa y cuanto antes, mejor.

MAGDALENA. Pero los esbirros del Mariscal de Montrevel patrullan el país día y noche. ¡Padre! Tengo miedo de que caigas en una de sus emboscadas.

TOMÁS. Ten buen ánimo, hija mía, Dios nos protegerá con su brazo poderoso, que tantas veces me ha librado del enemigo. Necesitamos su Palabra. De todos modos voy a ser prudente, ¿quién va a suponer que llevo una Biblia debajo de la carga de paja que Gedeón Artousse me ha vendido y que voy a llevar a Valleranque? Adiós, y que el Señor quede con vosotras.

MAGDALENA. Que Él te traiga sano y salvo de vuelta.

(Sale con Benigna.)


ESCENA V

ANA. Magdalena, me desconciertan esos temores tuyos. ¿Dónde está aquella tu fe ardiente, tan luminosa y firme, con la que nos reconfortabas a todos?

MAGDALENA. Una fe ardiente sólo puede venir de un corazón en paz.

ANA. ¿Y no lo está el tuyo?

MAGDALENA. ¿Quién puede sentir la paz en su alma en un tiempo de sangre y guerra?

ANA. Todos vivimos bajo una tormenta de lágrimas. Pero ayer aún, te vi sonreír a la vida, confiada, con tu alma llena de esperanza… ¿No será que otra carga te abruma, más personal, más… tuya? A tu edad, Magdalena, se ama, y los sufrimientos de tu edad, ¿no serán penas de amor?

MAGDALENA. ¡Ay, Ana, si usted supiera! (Estalla en sollozos.)

ANA. ¿Se trata de Juan Marel?

MAGDALENA. Sí.

ANA. ¿No erais novios formales? ¿Te ha sido infiel? No me dirás que te ha dejado…

MAGDALENA. No, no se trata de eso.

ANA. No temas de contarme tu pena. He sufrido tanto en esta vida que sabré comprender tu dolor. Cuéntame.

MAGDALENA. Juan Marel y los suyos han abandonado el Evangelio.

ANA. ¿Cómo?

MAGDALENA. Temiendo los rigores de la persecución y rompiendo sus promesas pasadas han vuelto a la iglesia romana. Me han dicho que ayer en la procesión de la Asunción, han visto a Juan llevando el palio del obispo.

ANA. Y tú lo amabas, ¿verdad?

MAGDALENA. Sí, y lo sigo amando. (Llora.) Pero ahora todo ha terminado…

ANA. Es triste, en verdad. Pero no hay herida que el tiempo y Dios no puedan curar. Ven, hija mía, acompáñame a casa y hablaremos por el camino. No hay sacrificio hecho por Dios que no reciba recompensa.

ESCENA VI

BENIGNA. Yo conozco a mi marido. Nunca cederá por asuntos de fe.

JUAN. No hay hombre tan duro que no ceda ante la felicidad de sus hijos.

BENIGNA. Tomás piensa ante todo en la felicidad eterna.

JUAN. No pretendo convencerlo yo sólo. Si Magdalena se lo pide, no tendrá más remedio que aceptar.

BENIGNA. Te equivocas, mal conoces a mi hija. Magdalena no cambiará a Cristo por nadie del mundo. Ni siquiera por ti.

JUAN. ¡Oh! No se trata de dejar a Cristo. Se trata solamente de casarse conmigo, como me tiene prometido.

BENIGNA. Pierdes el tiempo. Sobre este punto los tres pensamos lo mismo. No podemos unir nuestro destino al de quien ha negado su fe.

JUAN. Entonces, ¿están todos contra mí?

BENIGNA. Yo por mi parte renuncio a dar mi consentimiento para esa boda.

JUAN. NO me conformo con esa negativa. Quiero saber las razones.

BENIGNA. Magdalena se casará con alguien que ella acepte.

JUAN. Y ese soy yo, lo sabéis de sobras.

BENIGNA. Juan Marel, las cosas han cambiado después.

JUAN. Magdalena me quiere.

BENIGNA. Magdalena ya no quiere casarse contigo.

JUAN. Por culpa vuestra, vosotros se lo prohibís.

BENIGNA. Nosotros hemos enseñado a nuestra hija, desde niña, a poner su conciencia por encima de su corazón.

JUAN. ¿Y qué tiene que decir la conciencia en este caso?

BENIGNA. La conciencia siempre tiene algo que decir en cada caso.

JUAN. Pero, ¿y por qué me habéis aceptado siempre, hasta hoy? ¿Por qué habéis cambiado de idea?

BENIGNA. Lo sabes de sobra. No somos nosotros quienes hemos cambiado de idea sino tú.

JUAN. ¿En qué?

BENIGNA. ¡Basta!

JUAN. Está bien, quiero hablar con el señor Tomás ahora mismo.

BENIGNA. No está en casa.

JUAN. ¿Dónde ha ido? Saldré a su encuentro.

BENIGNA. Ha ido a Valleranque a por una carga de paja.

JUAN. ¡Vaya, qué raro! Ir a por paja y tan lejos cuando su pajar está rebosando.

BENIGNA. Así es.

JUAN. Señora Benigna, no me venga con rodeos. Supongo que la paja no es más que un pretexto.

BENIGNA. Eres libre de suponer lo que quieras.

JUAN. ¿Qué mejor que una carga de paja para ocultar un objeto prohibido, por ejemplo? ¿Qué le parece?

(Ella no responde.)

JUAN. ¿Es eso, verdad? Lo acerté. Ya lo sabía, no me lo puede negar.

BENIGNA. Yo no tengo nada más que decirte.

JUAN. No necesito que me diga nada más. Voy a saberlo todo antes de lo que usted piensa.

(Sale.)


ESCENA VII

BENIGNA. ¿De dónde vienes, hija?

MAGDALENA. De acompañar a tía Ana. Madre, ¿qué os pasa?

BENIGNA. Nada, hija mía.

MAGDALENA. No disimuléis, madre, esa mirada de angustia os traiciona. ¿Sufres por el regreso de padre?

BENIGNA. Sí, sufro por él… y por otros. ¿Y tú, hija mía, no tienes miedo?

MAGDALENA. Ya no, madre. He recuperado la confianza. Padre está bien guardado. ¿No dice la escritura que el ángel de Jehová acampa en derredor de los que le temen y los defiende?

BENIGNA. Sí, Magdalena, sin embargo… El enemigo nos acecha por doquier para destruirnos. Se camufla en lo más espeso del bosque. Se mezcla astutamente disfrazado con las gentes que pasan. Ese desconocido que cruzamos en la calle… ese rostro conocido del que nunca se nos hubiera ocurrido desconfiar…

MAGDALENA. ¿De quién habláis, madre?

BENIGNA. ¡Ah, hija, sé prudente! No te confíes a nadie. El enemigo, cual león rugiente, anda en torno nuestro buscando a quién devorar.

MAGDALENA. Ya lo sé, madre. Mi vida, como la de todos nosotros está continuamente amenazada. Debemos velar y orar como el siervo vigilante que espera de un momento a otro a su Señor.

BENIGNA. Hay un peligro más insidioso que el que amenaza tu vida, Dios te libre de caer en él, el peligro que amenaza tu fe.

MAGDALENA. ¿Por qué temer eso, madre? ¿No he probado suficientemente que daría mi vida por ella?

BENIGNA. La fe, aun después de haber triunfado sobre las más duras pruebas puede sucumbir a la perfidia. Hay emboscadas del corazón más peligrosas que un ejército enemigo. Hay palabras de amor que esconden un abismo sin fondo donde puedes caer si te rindes a su influjo. Pero el enemigo lo cubre, lo disimula, su voz te conmueve y te distrae de la vigilancia y creyendo ser objeto de un acto de amor, te has convertido en una presa, en una víctima de la seducción. Y cuando el enemigo se quita la máscara, es demasiado tarde para romper sus redes. Hija mía, guarda tu corazón, te podría arrastrar a traicionar a tu pueblo, a abandonar tu fe.


ESCENA VIII

(Entra Juan Marel.)

JUAN. ¡Magdalena!

MAGDALENA. ¡Juan!

JUAN. ¿Por qué esa sorpresa? ¿No me esperabas?

MAGDALENA. ¡No!

JUAN. ¿Vas a decirme que creías que te había olvidado?

MAGDALENA. ¡Oh…!

JUAN. ¿No eres más bien tú, la que pareces olvidarme? ¿Por qué no he podido verte estos días como siempre? Hace sólo unos días el azar parecía facilitar nuestros encuentros. Te encontraba en el camino del molino, recogiendo tomillo, yendo con tu cántaro a la fuente por agua, pero ahora, ¿por qué ya no sales? He tenido que venir a casa para verte. ¿Por qué Magdalena?

MAGDALENA. Por nada.

JUAN. ¿Cómo que por nada?

MAGDALENA. Déjame, Juan, no pienses más en mí.

JUAN. Pero, ¿qué te pasa? ¿Cómo puedo dejar de pensar en ti si te amo? ¡Te amo! ¡Te amo! Y tú lo sabes.

MAGDALENA. Olvida todo eso, olvídame.

JUAN. ¿Olvidarte? Desde niño mi corazón te escogió entre todas, la más dulce, la más bella, la más deseable. ¿Olvidarte cuando tantas veces mis palabras de amor han sonrojado tus mejillas y han hecho brillar tus ojos como estrellas? ¿Olvidarte cuando caminando hacia el pueblo, al anochecer, en el sueño del crepúsculo, me has dicho tantas veces tú también “te amo”?

MAGDALENA. Todo ha terminado.

JUAN. ¿Y nuestros planes para el futuro?

MAGDALENA. Ya no hay nada en común para el futuro puesto que nuestros caminos se separan.

JUAN. Se separan, ¿por qué?

MAGDALENA. No necesito decírtelo. Tú lo sabes. Vete y no vuelvas más.

JUAN. ¿Me dejas?

MAGDALENA. Es tu camino, que al alejarse del mío, nos separa.

JUAN. Ese asunto no tiene nada que ver con nuestro amor.

MAGDALENA. Sí, y mucho. No podemos seguir juntos siguiendo caminos diferentes.

JUAN. ¿No basta el amor para seguir unidos?

MAGDALENA. No basta el amor. Hay algo más, algo superior, que haría del amor algo eterno.

JUAN. ¡Pamplinas, basta ya! Dejemos este estúpido juego. Ese asunto de religión no es más que una excusa tuya, una tapadera para decirme que no me quieres. Todo aquel hermoso edificio de mentiras, de sonrisas fingidas, todo se derrumba ahora convertido en polvo. Y sólo queda en pie una verdad grotesca y desnuda: que ni me quieres, ni me has querido nunca.

MAGDALENA. ¡Oh, Juan! ¿Cómo puedes decir eso? Entonces…

JUAN. Entonces, Magdalena, si es verdad que me amas, dime que he oído mal, que han sido imaginaciones mías, que sigues siendo mía, que me amas como siempre.

MAGDALENA. No, Juan, entre nosotros todo ha terminado.

JUAN. ¡Hipócrita! No te burlarás de mí. Veo claro el juego y lo comprendo todo ahora. El pastor de la asamblea del desierto te ha prohibido que te cases conmigo porque soy un renegado, ¿verdad? Y tú, dócil ovejita, tienes que hacer lo que esos predicadores de desgracias, rebeldes a la ley, rebeldes al rey, te piden que hagas.

MAGDALENA. Calla, Juan. No hables así. Nadie me ha dicho eso.

JUAN. Entonces, ¿por qué me dejas?

MAGDALENA. Comprende, mi fe es algo muy importante. No comprendo cómo tú…

JUAN. Soy yo el que no puede comprender tu obstinación en morir descuartizada cualquier noche por seguir a esa banda de fanáticos.

MAGDALENA. Juan, por favor, ¿por qué lo has hecho?

JUAN. Porque estoy harto de vivir escondido. Estoy harto del miedo, del sufrimiento. Estoy harto de todo y quiero vivir libre.

MAGDALENA. La libertad sólo está en seguir la verdad.

JUAN. Déjame de cuentos y mentiras.

MAGDALENA. ¡Vete, Juan! No me atormentes más.

JUAN. Está bien, me voy, pero me las pagarás; mejor dicho, me las pagaréis.


ESCENA IX

BENIGNA. ¿Qué haces aquí?

JUAN. Dejando las cosas claras.

BENIGNA. Las cosas están muy claras, ¿no?

JUAN. Ahora sí.

BENIGNA. Deja pues de atormentar a mi hija. Es indigno de un hombre.

JUAN. ¿Y no es indigno faltar a su palabra de mujer?

BENIGNO. No hay indignidad mayor que la de traicionar su fe. ¿Cómo puedes esperar la confianza de Magdalena cuando has traicionado la fe de tus padres?

JUAN. Yo soy libre de mis actos. Mi fe es la misma. Lo que he hecho no puede engañar mas que a mis enemigos. No tengo pasta de mártir.

BENIGNA. Nosotros no pensamos así. Tu apostasía, que tú juzgas aparente, ha causado un abismo entre nosotros: quien con nosotros no recoge, desparrama. No insistas, Magdalena no será tuya.

JUAN. ¿De dónde has sacado que me interesa aún?

BENIGNA. Entonces, ¿qué haces en esta casa?

JUAN. ¿Me echas fuera? Está bien. Os arrepentiréis. Os juro que os arrepentiréis.

(Sale.)



ESCENA X

MAGDALENA. ¡Oh, madre!

BENIGNA. Ven a mis brazos, hija mía, llora. Llora, te comprendo. Es natural que tu corazón sangre, porque amas… renunciar al amor es doloroso, lo sé, pero es preferible a renunciar a la fe. Pronto comprenderás que cada vez que te toque sufrir, abandonar una esperanza acariciada, apartarte del camino ancho y fácil, es que hay algo mejor más allá de las lágrimas, más allá de la renuncia y del sufrimiento.
Comprenderás que el dolor producido por seguir el camino de Dios, no es comparable con la paz que trae consigo el deber cumplido.
Cada renuncia, por muy herida que nos deje el alma no es más que un paso hacia la verdadera libertad.
Y cuando más tarde, a veces mucho más tarde, miramos hacia tras a las ruinas de nuestros sueños enterrados, ya no hay amargura en nuestros ojos, y descubrimos, casi con gozo que Dios ha permitido todo para bien.
Valor, hija mía, si has de seguir tu vida sin la presencia de quien más amabas, recuerda que no estás sola, que alguien cuyo amor nunca defrauda, alguien que nunca traiciona tu confianza, está a tu lado siempre.


ESCENA IX

(Entra Ana Ravanel.)

ANA. ¿Se puede?

BENIGNA. Adelante.

ANA. ¿No ha vuelto Tomás?

BENIGNA. Todavía, no, ¿por qué?

ANA. No, por nada.

MAGDALENA. ¿Sabes usted algo? ¿Algún rumor de peligro?

ANA. No, no es seguro.

BENIGNA. Ana, díganos, ¿alguna mala noticia?

ANA. Es que…

MAGADALENA. Por favor, hable.

ANA. Isaac Sulerool me ha dicho que los dragones del rey han sido llamados por alguien para hacer una redada en el pueblo esta misma noche.

MAGADALENA. Los dragones, ¡me lo temía!

(Cierra la puerta con cerrojo.)

ANA. La semana pasada estuvieron en La Salle sembrando el terror y la sangre. Han incendiado la casa de los Reirenche bajo pretexto de que albergaban las asambleas y al propio Abraham se lo han llevado a galeras. Y a Mateo Badrul, al que llamaban el anciano por encontrarle un Biblia en su casa, lo han quemado vivo. Pierre Duand, Salomón Mouret y muchos otros han pagado con su vida su resistencia a los soldados del rey.

BENIGNA. ¿Y ahora?

ANA. Ahora, parece que un destacamento de unos doscientos hombres, a las órdenes de Monseñor de Broglio avanzan hacia aquí.

BENIGNA. ¡Estamos perdidas! ¡Que Dios nos acoja en su seno!

MAGDALENA. Madre, tenga confianza. Si Dios quiere, puede librarnos.

ANA. Si Dios quiere…

BENIGNA. Y mi pobre Tomás que está en camino…

MAGDALENA. Como viene de Valleranque, no se habrá encontrado con los dragones, ¡ojalá esté de vuelta padre antes de que lleguen! Con él en casa, hasta la muerte será más fácil.

ANA. Nuestra salvación está en Dios sólo.

BENIGNA. Hemos vivido siempre unidos. Quisiera que el último momento nos encontráramos también juntos.

ANA. Se acerca nuestra hora. Quizá el Señor se sirva de nuestro martirio para que le sirvamos de testigos. Que cuando llegue esa hora, nos encuentre velando en paz, como estuvieron tantos de nuestros hermanos en la fe. Que sólo la gloria de Dios nos preocupe. Dios no s lo dio todo, estemos dispuestas a devolverlo. La única gracia que podemos pedirle es que se digne a sostenernos en estos momentos y revestirnos de su fuerza.

BENIGNA. Ana, hermana, en estos momentos que la tormenta final se avecina, no nos abandones.

MAGDALENA. Ana, no salga de esta casa. Viviendo sola como vive, no se exponga a la violencia de los soldados.

ANA. Creo que yo también necesito vuestro apoyo. Juntas seremos más fuertes.

(Llaman a la puerta.)


ESCENA XII

(Entra Tomás.)

MAGDALENA. ¿Quién va?

TOMÁS. Soy yo, hija mía.

BENIGNA. Es tu padre, date prisa, hija, ábrele. Bendito sea Dios.

(Entra Tomás con una gran brazada de paja y la deja en la mesa.)

TOMÁS. Aquí estoy de vuelta, gracias a Dios.

BENIGNA. Tomás.

MAGDALENA. Padre, ¡qué alegría tenerle de vuelta!

TOMÁS. ¿Qué pasa? Es imposible venir en menos tiempo.

BENIGNA. La ausencia siempre le parece larga al que ama.

ANA. ¿Qué tal ha sido el viaje?

MAGDALENA. ¿Ha encontrado los dragones?

TOMÁS. NO, hija, ¡déjate estar de dragones!

ANA. ¿Sabes? Están avanzando hacia aquí.

TOMÁS Simeón Rocheblane acaba de decírmelo.

BENIGNA. Teníamos miedo de que llegaran antes que tú.

TOMÁS. Aquí me tenéis. Y mirad lo que traigo: La Biblia. El libro sagrado, el libro de la vida, la palabra de nuestro Dios. Es la traducción del memorable Olivettan, pariente de Calvino, editada en Ginebra. No puedo reprimir mi gozo al volver a tener en mis manos el santo libro. Alabado sea Dios, que me concede ver este privilegio. El mayor sufrimiento de mi vida fue cuando en la asamblea de Peiremale, mi vieja Biblia fue destrozada y quemada en la hoguera. Era como si destrozaran una parte de mi misma persona. Cuánto la he echado de menos todos estos días, para extraer de sus páginas fuerza, esperanza y valor.
Desde ese día, hija mía, tu madre y yo hemos estado ahorrando para poder comprar la Biblia otra vez. Nos hemos tenido que privar a veces de lo que otros consideran necesario pero hoy, el doce de septiembre del año del Señor de mil setecientos tres, es un día de fiesta para esta casa. La Biblia ha vuelto de nuevo al hogar de Tomás Delenze. Esta ha de ser una fecha inolvidable.
(Se dirige a Benigna que ha cogido la Biblia.)
Pero Benigna, ¿qué haces?

BENIGNA. Iba a ponerte la mesa, ¿no tienes hambre?

TOMÁS. Deja el hambre. Sentaos, recojámonos juntos y participemos del pan de vida que Dios nos envía con el divino alimento para nuestras almas. Salmo 118.

(Es interrumpido por un grito de fuera.)

VOCES. ¡Alerta, los dragones, alerta!

TOMÁS. Sigamos. (Sigue leyendo.)

VOCES. ¡Los dragones, alerta!

(Momento muy tenso, inmóviles.)

JUAN. No os mováis, guardad la calma. El Señor velará por nosotros. Confiemos en el Señor. Estemos listos para lo que Él decida. Antes la muerte que traicionar la fe. El Señor no nos dejará sufrir una prueba superior a nuestras fuerzas. Pongámonos al amparo de su amor.

(Se ponen de rodillas.)

VOCES. De orden del rey, abrid la puerta.

(Se levantan. Las mujeres se quedan en un grupo en el fondo. Tomás va a abrir.)

MAGDALENA. Yo guardaré la Biblia.

VOZ. De orden del rey, abrid la puerta.


ESCENA XIII

(Entran Monseñor de Beneglio, Juan y dos soldados.)

MONSEÑOR. Vosotros (a los dragones), quedaos en la puerta y bloquead la salida, que nadie intente escapar. Tú (a Juan), entra conmigo. Soy el capitán Conde Braylo, a la orden de su majestad católica Luis XIV de Borbón, rey de Francia y de Navarra, por la gracia de Dios. ¿Es este Tomás Deleuze?

TOMÁS. Yo soy.

MONSEÑOR. Y las mujeres, ¿quiénes son?

TOMÁS. Mi esposa, mi hija y…

ANA. Ana Ravanel, una amiga de la casa.

MONSEÑOR. Que nadie se mueva. No tenéis nada que decir si no se os pregunta. ¿Y qué hacíais aquí los cuatro?

TOMÁS. Íbamos a cenar.

MONSEÑOR. Responde a mi pregunta. ¿Qué hacíais?

TOMÁS. A estas horas y ano trabajamos.

MONSEÑOR. Pero me imagino que vuestras lenguas no tienen hora de descanso. No ibais a estar aquí mudos como las carpas. A ver, ¿de qué hablabais? ¿No estaríais haciendo vuestras oraciones? (Ríe grotescamente.) Dime, Tomás, Tomás Delenze, ¿dónde has estado esta tarde?

TOMÁS. Como siempre, señor, trabajando.

MONSEÑOR. No disimules, ¿qué hacías hace un rato por el camino de Valleranque?

TOMÁS. Sencillamente, volver a casa.

MONSEÑOR. ¿De dónde venías?

TOMÁS. De Valleranque.

MONSEÑOR. ¿Y qué demonios hacías allí? ¿Tendré que arrancarte las palabras de algún otro modo?

TOMÁS. Fui a recoger una carga de paja que tenía comprada hace tiempo.

MONSEÑOR. ¿Y no tenías mas que paja en tu carreta?

TOMÁS. Sí, llevaba algo más.

MONSEÑOR. Vaya, vaya, esto se pone interesante. Sigue, te escucho.

TOMÁS. Traía algo de alimento para los míos.

MONSEÑOR. Es inútil que disimules. Te advierto que estás en la lista de denunciados. Sabemos que eres de la maldita religión protestante y se te acusa de que, contra las leyes que el rey ha impuesto, sigues ocultando en tu casa una Biblia. Aquí presente está tu acusar. ¿Qué dices a esto?

TOMÁS. Yo no tengo nada que decir. Que hable el que me acusa.

(Hay un silencio.)

MONSEÑOR. Su acusación es bien simple: que la carga de paja que has ido a buscar esta tarde a Valleranque no era más que un pretexto para traerte disimuladamente una Biblia. Si es eso cierto, si encontramos una Biblia en tu casa, mañana servirás de pasto a los cuervos. ¿No dices nada?

TOMÁS. Si nuestro acusador está seguro de que es así, ya está todo dicho. Si basta su palabra, verificad por vosotros mismos la verdad. Yo no tengo nada que esconder. Podéis registrarlo todo.

MONSEÑOR. ¡Qué amable! ¿Me lo pides o me lo autorizas? ¿Crees que yo estaba esperando tu permiso para registrar tu casa? Juan Marel, ya que eres tú el delator, tú debes saber mejor que nadie dónde guarda esta gente ese maldito libro. A buscarlo enseguida. Soldados, mientras se procede el registro haceos cargo de este hombre. Y que nadie se mueva hasta que yo vuelva. He hablado demasiado y necesito un trago de vino. ¡Ja, ja, ja!



ESCENA XIV

ANA. Juan Marel, a ti debemos la angustia de esta hora.

BENIGNA. Déjalo, Ana. Lo que siento es que por acompañarnos te encuentres ahora en esta situación.

ANA. Mi lugar está aquí. En mi hogar vacío ya nadie me espera. No tengo ya a nadie por quien hacer nada.

MAGDALENA. Debe ser muy triste haber perdido a los tuyos. Debe ser muy triste quedarse sólo, sin nadie a quien amor, sin nadie que nos ame…

(Juan se sobresalta al oír esto y se queda mirando.)

JUAN. Magdalena…

MAGDALENA. Que Dios te perdone. Libra por lo menos a esta mujer que nada tiene que ver con nosotros, deja que se vaya a su casa.

ANA. No, quiero correr vuestra suerte. Mi casa, donde mataron a todos los míos, es una tumba. Pero quiero decirte Juan, que aunque esta casa se quede por ti, como la mía, nadie podrá destruir nuestra morada eterna en los cielos. Y aunque acabéis con todas las biblias de la tierra, hay una luz que no podrá jamás extinguir vuestras tinieblas, si no que, cuanto más espesas y amenazadora, más la harán resplandecer. La luz de la verdad, la luz que tú has vendido.


ESCENA XV

(Entra M. D. Braylo.)

MONSEÑOR. ¿La habéis encontrado?

JUAN. No, señor, todavía no.

MONSEÑOR. Pues ya puedes encontrarla por la cuenta que te trae. Estos hugonotes malditos son muy astutos… pero menos que yo. ¡Ja, ja, ja! Conmigo aún no han podido. ¡A registrarlo todo! ¡Delante de mí! La encontraré yo mismo. Mira en esa silla debajo de esa ropa. Debajo de la mesa, ¿nada? En ese armario, ¿tampoco? ¡Malditos hugonotes! ¡Que no quede nada sin registrar!

(Registrando de mala gana, Juan Marel descubre la Biblia en la cesta de su novia cubierta de flores pero después… se queda pensativo y no la descubre.)

JUAN. Señor, ruego perdonéis mi imprudencia. Os dije algo que suponía, pero que no debí decir. Esta familia es inocente, haced conmigo lo que queráis.

MONSEÑOR. Vaya, ¿con que esas tenéis? Vas a ver lo que hace el Conde Brayle con los que todo lo saben. Soldados, azotarlo hasta que lo escarmentéis. Pero que no muera, que éste sea para hecho de los nuestros. Y tú, Tomás Delenze, para no dañar mi reputación, aceptaré de momento tu inocencia. Inocencia es mucho decir… Diremos más bien, la falta de pruebas. Pero, ¡ojo! La próxima vez puedes tener menos suerte. Vamos, vosotros afuera. En marcha.


ESCENA XVI

BENIGNA. Tomás, ¿es posible que sigamos con vida?

TOMÁS. Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones.

MAGDALENA. Padre, Juan nos ha salvado.

TOMÁS. Dios le haga volver al buen camino.

ANA. Gracias sean dadas al Señor. Quizá esta prueba haya servido para cambiar de vida.

TOMÁS. Oremos y demos gracias al Señor por la vida y el libro de la vida.

(Todos se ponen de rodillas.)

TOMÁS. Alma mía, bendice a Jehová. Que todo mi ser bendiga su santo nombre…

(Entre tanto vuelve Juan, herido y se queda detrás, al lado de Magdalena.)