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2012 - España

El hombre más rico del pueblo

15 Minutos y 6 Personajes. ¿Es el hombre más rico del pueblo el más rico de verdad? Cuando la muerte está cercana, el hombre se da cuenta de que hay otras prioridades mayores que las riquezas.

EL HOMBRE MÁS RICO DEL PUEBLO


INTRODUCCIÓN

Cuando calificamos la prosperidad o el éxito de una persona, lo hacemos en base a un único parámetro de medición: el dinero. Pensamos que una persona es próspera si ha logrado acumular una gran cantidad de bienes materiales. Nos basta ver que alguien tenga una buena casa, un buen carro y una buena tarjeta de crédito para pensar que a esa persona le ha ido muy bien y que lleva una vida de éxito. Nunca nos ponemos a pensar en el costo que tal vez tuvo que pagar para alcanzar ese aparente éxito.
Al contrario, si vemos que alguien no tiene mucho dinero ni posesiones materiales, pensamos que no ha tenido éxito en la vida.
La prosperidad no debe medirse sobre la base de un solo parámetro. Peor todavía si ese parámetro es de carácter físico o material. Ser rico no significa tener abundancia de bienes materiales y ser pobre no significa no tenerlos. Los parámetros que Dios utiliza para medir la riqueza no son materiales sino espirituales. Una vida de paz, una buena familia, un hogar bien establecido, un cuerpo y una mente sanos, la calidez de los amigos, el amor de los padres, etc. son tesoros que muchas veces abandonamos para ir en pos de una simple riqueza material. Nadie dijo ni ha dicho hasta ahora en el lecho de muerte: “hubiese querido dedicarle más tiempo a mi negocio o a mi trabajo”. Al contrario, todos reconocen, aunque sea demasiado tarde, que hubiesen podido dedicarle más tiempo a cosas más importantes.
Bien dijo Jesús hace dos mil años: “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón”


PERSONAJES

ELADIO. El capataz de la hacienda. Es la mano derecha de Don Alberto, el dueño de la hacienda. Tiene una esposa y una hija. A pesar de tener lo suficiente para vivir, se queja constantemente de su pobreza.

HERMINIA. Es la esposa de Eladio. Es una buena mujer pero se deja influenciar por su esposo. Respeta mucho al Viejo Hans.

HANS. Un anciano al que le falta todo lo material pero que es rico espiritualmente. Es feliz con lo que tiene. Tampoco tiene familia y trabaja en la hacienda de Don Alberto.

ANGELITA. Es la hija de Eladio y Herminia. Ama y respeta al Viejo Hans. Le considera su abuelo.

DOCTOR. Es el médico de Don Alberto.

DON ALBERTO. Un hombre joven dedicado por entero al trabajo. Su único fin es obtener cada día más riqueza. Se siente el hombre más rico del pueblo. Pasa mucho tiempo en la hacienda. Tiene esposa e hijos, pero casi no les dedica tiempo.



ESCENA I

(Escenario: La sala de una casa modesta. Es la casa de Eladio y HHerminia. Se escucha música de cantina. Eladio está tomando licor y el Viejo Hans lo escucha de pie.)

ELADIO. Escúcheme, Hans. El que maneja la hacienda soy yo. Don Alberto podrá ser el dueño, pero aquí el que manda soy yo.

VIEJO HANS. Nadie le está diciendo lo contrario. No se queje.

ELADIO. ¿Cómo que no me queje? Claro que me quejo. He dado mi vida por esta hacienda y el patrón me paga una miseria. Si soy pobre es por su culpa. Ojalá tuviera el dinero que él tiene. No me quejaría de nada. Sería feliz, haría feliz a mi esposa y a mis hijos. Sería generoso con los pobres. Ayudaría a mucha gente.

VIEJO HANS. Eladio, no ponga condiciones a su felicidad. Sea feliz ahora, haga feliz a su esposa ahora. Sea generoso y ayude a los demás ahora. ¿Para qué perder esos tesoros solamente por alcanzar la riqueza?

ELADIO. Usted no me entiende, Hans. Mi familia necesita una buena casa, mis hijos una buena educación. Mi esposa necesita la tranquilidad que solo mi trabajo sin descanso le puede dar.

VIEJO HANS. Su familia necesita un buen hogar aunque sea en una humilde casa. Sus hijos necesitan un padre que les enseñe con el ejemplo. Su esposa solo necesita de usted, aunque sea pobre... Además, no se olvide Eladio, que la falta de dinero no es sinónimo de pobreza, ni la abundancia de bienes es sinónimo de riqueza.

ELADIO. Usted habla así porque no tiene familia.

VIEJO HANS. Pero la tuve. Solo Dios sabe porqué me la quitó.

(Entra Herminia con unas hiervas en las manos.)

HERMINIA. ¡Qué pena con usted, Hans! Sólo tengo este poco. Ojalá le alcance para hacerse una agüita... ¿Por qué no me avisó antes? Le hubiera conseguido unos remedios. A su edad cualquier enfermedad es peligrosa.

VIEJO HANS. No se preocupe doña Herminia, con esto será suficiente. Sólo son achaques propios de la edad. Recuerde que ya estoy viejo y en cualquier momento mi Señor me llamará a su presencia. (Suspirando) ¡En el Señor he puesto mi confianza!
Hasta mañana.

(En ese momento llega Angelita.)

ANGELITA. Don Hans, ¡qué gusto verle!

VIEJO HANS. Hola, hija. (Abraza tiernamente a Angelita. Ella lo abraza con ternura.)

ANGELITA. No me diga que está nuevamente enfermo. Don Hans, si usted se muere todos los jóvenes del pueblo nos vamos a quedar sin abuelo. No se olvide que aquí todos le queremos por muchos años más.

VIEJO HANS. (En forma amena y sonriendo.) Te prometo que me voy a cuidar. Con permiso. Hasta mañana.

ELADIO. (Espera que salga el viejo Hans y empieza a murmurar.) Viejo conformista. No tiene en donde caerse muerto y presume de felicidad. Por gente como ésta nuestro país no avanza. Se conforman con nada.

HERMINIA. No hables así del Viejo Hans. No te olvides que a pesar de su pobreza, él siempre nos ha tendido la mano.

ANGELITA. Papá, tú siempre en contra de Don Hans. El es un alma de Dios. Mejor vayan a descansar temprano porque mientras venía para acá vi que llegó Don Alberto y seguro que mañana van a tener bastante trabajo.

ELADIO y HERMINIA. ¿Llegó el patrón? Solo eso nos faltaba.

HERMINIA. Hijita, ¿el patrón llegó solo o vino con su esposa?

ANGELITA. Parece que llegó solo. Tú sabes que él nunca anda con su mujer.

(Se cierra el telón.)



ESCENA II

(Escenario: Una mesa y una silla humildes. El viejo Hans se dispone a cenar. Está orando y Don Alberto golpea la puerta impacientemente.)

VIEJO HANS. (Con sorpresa.) Don Alberto, buenas noches. ¡Qué sorpresa!

DON ALBERTO. Buenas noches, Hans, ¿qué está haciendo?

VIEJO HANS. ¡Ah! Estaba dando gracias a mi Dios por los alimentos. Ya me iba a acostar. Venga, siéntese, tengo un poco de pan para Usted.

DON ALBERTO No, no se preocupe, ya me voy. Solo vine a pedirle que mañana no salga de la hacienda porque lo voy a necesitar. (Camina de un lado para el otro.)Mañana viene a la hacienda mi esposa. Quiero que usted se encargue de atenderla. (Mira a los alrededores de la habitación con un gesto de desconcierto y desprecio.) ¿Sabe? No entiendo cómo puede dar gracias a Dios por tan poco. Yo en lugar de agradecerle le reclamaría por mi pobreza.

VIEJO HANS. No diga eso, Don Alberto. Realmente Dios me ha dado lo necesario para vivir. Él nunca me ha faltado, Dios me ha dado tanta dicha que a mi edad no podría decir que he vivido en la pobreza.

DON ALBERTO. Pero si usted no tiene nada, nunca ha tenido nada... Y para colmo hasta se le ve que está enfermo.

VIEJO HANS. Mi enfermedad solo me dice que se acerca el día de mi descanso hasta que el Señor vuelva a por mí. Pero cuando Él venga, ya tendrá preparada para mí una casa hermosa en el cielo y allí seré más rico aún.

DON ALBERTO. ¡Más rico aún! Usted es pobre, yo sí puedo decir que soy rico. Tengo muchas tierras, mucho ganado, caballos y servidumbre. (Empieza a salir.) Yo sí puedo decir que soy el hombre más rico del pueblo. Hasta mañana. No se olvide de lo que le dije.

VIEJO HANS. Hasta mañana, Don Alberto. ¡Qué le vaya bien! Disfrute de su estancia en la hacienda. (Mientras regresa a la mesa se queja de un dolor en el pecho y tose.)



ESCENA III

(Escenario: Habitación oscura. Don Alberto está durmiendo. Se necesita una voz que simule que Don Alberto está soñando, la voz tiene que decir: “Hoy a la media noche morirá el hombre más rico de este pueblo”. La frase se repite varias veces con efectos especiales. Don Alberto despierta sobresaltado y gritando. Mira el reloj y llama a sus empleados.)

DON ALBERTO. (Gritando.) Eladio, Herminia. (Varias veces.)

ELADIO y HERMINIA. ¿Nos llamó patrón?

DON ALBERTO. (Sin levantarse de la cama.) Sí, alístenme el mejor caballo que voy a dar un paseo por la hacienda. Necesito despejar un poco la mente. Tú Herminia prepárame un buen desayuno.

ELADIO. Enseguida, patrón.

(Empiezan a salir y Don Alberto los llama nuevamente.)

DON ALBERTO. Esperen, vengan un momento. (Se los queda mirando con recelo y al fin se atreve a preguntar...) ¿Quién creen ustedes que es el hombre más rico de este pueblo?

ELADIO. (Regresa a ver a Herminia.) Usted, patrón. Nadie en el pueblo tiene más tierras y ganado que usted. ¿Por qué, patrón?

DON ALBERTO. Por nada, por nada. ¡Tonterías! Pueden retirarse.

HERMINIA. Patrón, lo veo pálido. ¿No quiere que le prepare una agüita?

DON ALBERTO. Estoy bien, Herminia. No necesito nada. (Se levanta preocupado y comienza a pensar en voz alta.) ¡Tonterías! “Esta noche morirá el hombre más rico de este pueblo”. ¿Cómo puedo morir si estoy joven y fuerte? Además, no estoy enfermo. ¡Qué sueño más absurdo!


VOZ DE FONDO. Esa misma mañana Don Alberto cabalgó largamente por sus tierras. Quería olvidar aquel fatídico sueño. No podía concebir la idea de que alguien como él pudiera morir simplemente porque lo soñó. Recorrió varias veces la hacienda, pero no logró olvidar la fatal sentencia: “Hoy a la media noche morirá el hombre más rico de este pueblo”. Ya en la hacienda, al acercarse la noche extrañamente empezó a sentir molestias al respirar y preocupado mandó a llamar al médico.



ESCENA IV

(Escenario: La misma habitación. Don Alberto se encuentra angustiado. Eladio, Herminia, Angelita y el Médico se encuentran alrededor de la cama. Esta escena está cargada de mucha emotividad. Se debe reflejar la angustia de Don Alberto, la impotencia de Eladio, Herminia y Angelita y la tranquilidad del Médico.)

DON ALBERTO. Doctor, ¿cómo que no tengo nada si apenas puedo respirar?

DOCTOR. Le repito que no tiene nada. Le pido por favor que se calme.

DON ALBERTO. Pero si siento que me voy a morir. Debo tener algo. Haga algo, por favor.

DOCTOR. Cálmese, Don Alberto. Usted está bien. Le he revisado varias veces. ¡No tiene nada!

DON ALBERTO. (Desesperado.) ¡No puede ser! ¡Me estoy muriendo!

DOCTOR. Solo tranquilícese. Ya se tomó los calmantes y pronto estará mejor. Yo tengo que retirarme. Está cerca la media noche y tengo que regresar a la ciudad.

DON ALBERTO. No se vaya, doctor. No me deje, por favor. (El médico empieza a despedirse.)

ELADIO. Doctor, ¿tenemos que hacer algo?

HERMINIA. Doctor, yo lo vi mal desde la mañana. Ahora está peor. ¿Qué hacemos?

DOCTOR. No tienen que hacer nada. Sólo traten de calmarlo. Él está bien. Hasta mañana.

(Sale.)

DON ALBERTO. ¿Qué hora es?

ELADIO. Faltan 5 minutos para las 12, patrón.

DON ALBERTO. Eladio, Herminia, ayer en la noche mientras dormía escuché una voz que decía que hoy a la media noche iba a morir el hombre más rico del pueblo.

ELADIO. Pero eso son sólo sueños. Tranquilícese que no pasará nada.

DON ALBERTO. (Dirigiéndose a Eladio.) La voz era real. Lo peor de todo es que yo soy el hombre más rico del pueblo. Tú mismo me lo dijiste en la mañana.

HERMINIA. Tranquilícese, patrón. Eso solo es cosa de sueños.

DON ALBERTO. (Muy angustiado, agarrándose con las manos el cuello.) Eladio, me estoy muriendo. Llamen al cura del pueblo. Necesito que me hablen de Dios. Necesito pedir perdón. No quiero morirme con esta angustia.

HERMINIA. El cura no está. Viene la próxima semana. El único que en el pueblo le puede hablar de Dios es el viejo Hans.

DON ALBERTO. Tráiganlo. Que venga enseguida. Se me acaba el tiempo.

(Angelita sale corriendo a buscarlo, mientras tanto, Don Alberto habla desesperadamente.)

DON ALBERTO. Me estoy muriendo. Ya no tengo tiempo. Llamen a mi esposa, Quiero pedirle perdón por no haberle dedicado tiempo. Quiero decirle que la amo, no quiero separarme de ella. Maldito dinero que no me sirve para nada. ¿Por qué no viene el viejo Hans? ¿Dónde está? ¿Por qué demora tanto? (Empieza a gritar.) ¡NO ME QUIERO MORIR!

(Las 12 campanadas empiezan a tocar. Don Alberto se da vueltas en la cama gritando y gimiendo.)

¡NO ME QUIERO MORIR!

(Las 12 campanadas terminan y Don Alberto sigue vivo. Eladio empieza a calmarle. Don Alberto respira muy rápidamente pero empieza a hacerlo más calmadamente.)

ELADIO. Don Alberto, cálmese. Usted está bien. Ya pasó la media noche y no ha pasado nada.

DON ALBERTO. (Lloroso pero más calmado.) ¿Dónde está el viejo Hans? ¿Por qué no viene?

(En ese momento entra a la habitación Angelita. Está llorando desconsoladamente.)

ANGELITA. Mamá. ¡No puede ser! ¡No puede ser!

HERMINIA. ¿Qué pasa, hija?

ANGELITA. (Colocándose disimuladamente frente al público y llorando.) El viejo Hans acaba de morir.

(Herminia se queda unos instantes abrazando y consolando a Angelita. Luego, camina unos pasos hacia delante hasta colocarse frente al público.)

HERMINIA. Ahora entiendo. Para Dios, el hombre más rico del pueblo era el viejo Hans.

(Se cierra el telón.)