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2012 - España
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Mamita querida

18 Minutos y 7 Personajes. Un joven le entrega su vida a Jesús cuando su madre es asesinada por unos delincuentes.

MAMITA QUERIDA



PERSONAJES

AMALIA
BEBÉ
ARMANDO NIÑO
ARMANDO ADULTO
ALFREDO
NATALIA
DELINCUENTE 1
DELINCUENTE 2



INTRODUCCIÓN

Este es una historia que pudiera pasar en cualquier sitio de nuestra ciudad, donde una madre soltera tiene que luchar con su pequeño niño, por causa del abandono. En esta situación encontramos a Amalia, una joven madre, que tiene que afrontar la vida sola con su pequeño hijo Armando, a causa de la ruptura de su matrimonio. Amalia confía en que sola cubrirá todas sus necesidades. Con la ayuda del Señor Dios Todopoderoso, confía en que en un futuro Armandito, será un hombre de provecho que estará caminando cada día con Dios. Pero por una mala casualidad le tocará vivir la trágica jugada del destino, donde será separada de su hijo.




PRIMERA ESCENA.

(Se encuentra Amalia en un parque de la ciudad conversando con su pequeño hijito Armando.)

AMALIA. ¡Mi niño querido! ¡Viniste a llenar un vacío tan grande en mi vida! Nunca te voy a dejar solo, ¡siempre te voy a querer! Haré de ti un hombre de provecho, serás un buen hombre, ¡un profesional! Te enseñaré a valorar la vida, a amarme, a respetar a tu esposa... (Con desilusión.) No como tu padre que se fue y nos dejó solos... ¡Mi niño querido! ¡Mi Armandito! Vas a crecer fuerte y saludable, nunca te hará falta nada; el Señor ha prometido estar con nosotros y sustentarnos en todo momento, pero tú ahora estás muy chiquitico para entender estas cosas, ¿no? Eres tan pequeñito, tan indefenso, necesitas tanto de mis cuidados, de mi protección... Te pareces tanto a mí... No, no, no, ¿cómo te vas a parecer a mí? Si tú eres tan lindo… Tú eres un regalo de Dios, tú eres mi pedacito de cielo. (Comienza a canta una canción de cuna.)



SEGUNDA ESCENA

(Pasados ocho años se encuentra Armandito jugando canicas cerca de su casa, con Alfredito su amigo.)

ARMANDO. Dale, dale, que te toca a ti...

ALFREDO. Sabes que si le pego, te quedas sin nada...

ARMANDO. ¡Ok! ¡Está bien! Si es que logras pegarle… (Viendo sus anteojos.) Porque con esas lupas que tienes, lo dudo mucho… (Risas.)

ALFREDO. (Molesto.) ¿Te estás burlando de mis lentes?

ARMANDO. (Sigue burlándose.) ¡Dale! ¿Qué se va a hacer tarde…? Y ya va a ser hora de almorzar y mi mamá me va a llamar.

ALFREDO. ¡No te sigas burlando! Si te sigues riendo de mí, ya vas a ver… (Hace como que va a jugar y Alfredito se tapa la boca aguantando las ganas de reír.) Entonces, ¿te vas a seguir burlando de mí? (Arroja las canicas al suelo y se le encima tomándole por el cuello.)

ARMANDO. ¡¡Yaaaa!! Suéltame… (Logra soltarse.) Oye, suéltame, no te pongas bravo… No fue mi intención… ¡¡DISCÚLPAME!!

ALFREDO. (Llorando.) ¡¡Cállate!! Tú eres como los demás, todos se burlan de mis lentes… Yo no pedí ser así… Mi mamá me dijo que los necesito para poder ver bien y tú que dices ser mi amigo, te burlas como los demás, no es justo…

ARMANDO. (Apenado.) Oye, de verdad, discúlpame… No fue mi intención, cometí un error… Te prometo jamás volverme a burlar de ti… pero no llores… Mira, mi mamá me dice que la palabra de Dios dice: “un amigo es más que un hermano” y tú eres mi mejor amigo…eres como un hermano para mí y te quiero mucho; no nos volvamos a pelear por tonterías OK. ¡Dame esos cinco, amigo!

ALFREDO. (Secándose las lagrimas.) Bueno, pero ya sabes… (Estrecha las manos con Armando.)

ARMANDO. Bien terminemos.

VOZ EN OFF. (Interrumpiendo.) ¡Armandito!, ¡la comida está servida, ven a comer!

ARMANDO. ¡Epa! Me tengo que ir, mi mamá me está llamando.

ALFREDO. (Protestando.) ¿Y no vas a terminar de jugar?

ARMANDO. No, no, no... Mi mamá me está llamando, tengo que ser muy obediente por que eso le agrada a Dios. ¿No sabes que tenemos que honrar a nuestros padres? Después seguimos. (Sale de escena corriendo.)



TERCERA ESCENA

(Diecisiete años más tarde, Armandito convertido en un hombre se encuentra conversando con su mamá, quien está planchando.)

AMALIA. Menos mal, mijo, que por lo menos conseguiste un empleo estable, porque un muchacho corno tú, bachiller de esta República, haciendo cualquier cosa por ahí, no resulta. Imagínate que ninguna nevera se descompusiera, ¿qué va ser de nosotros? ¿Ah? Porque con lo poquito que gano planchando, no alcanza, y entre pagar el apartamento, la compra de la comida, y cancelar todos los servicios, se va todo el dinero, pero el Señor escuchó mi oración y pudiste conseguir ese empleo y hasta en gracia has caído, porque tu jefe te trataba muy bien, ¿no es así? (Armando no contesta ~ vuelve a preguntar) ¿No es así, Armando? Armando, ¿tú me estás escuchando?

ARMANDO. Sí, sí, yo te estoy escuchando, mamá, pero es que estoy apurado porque hoy es la fiesta de Lisbeth, y voy a ir con Belice. Es más, me acaba de llamar y me dijo que baje en 5 minutos y no quiero hacerla esperar.

AMALIA. (Preocupada.) Pero, ¡Armando! ¿En qué habíamos quedado? ¿No me dijiste ayer que me ibas acompañar a visitar a la hermana Rosa? Ella te aprecia mucho y le gustaría verte, además siempre te he dicho que ese camino que pretendes llevar, no te va a producir a nada bueno. ¿No sabes que la amistad con el mundo es enemistad contra Dios?

ARMANDO. (Molesto.) Pero bueno, mamá, ¿vas a empezar de nuevo con tu sermón? Siempre andas criticando mis amistades: que no te gusta lo que hacen…

AMALIA. Lo hago por tu bien. Tú naciste bajo la bendición de un hogar cristiano y tú me prometiste que hoy…

ARMANDO. ¡Que hoy nada mamá! Cambié los planes, ¿OK? ¿Tú crees que voy a perder mi tiempo con esa señora? No, mamá, lo siento mucho, además, ¡que la visite su familia! ¿Es que acaso se olvidaron de ella, que nosotros tenemos que estar arriba de ella?

AMALIA. ¡No hables así, Armando! Te desconozco… ¡Me estas faltando el respeto!

ARMANDO. Lo siento, mamá, pero es que a veces tú me cansas con tus sermones. Y me da mucha rabia. (Calmando las cosas.) Mira, dejemos esto hasta aquí, no quiero seguir discutiendo contigo, otro día te acompaño Ok…

AMALIA. (Reflexiva.) Como me gustaría verte en el grupo de danzas de la Iglesia. Danzándole al Señor… Dime: ¿cuándo piensas enseriarte con las cosas de Dios? Ya sabes lo que dice la palabra, “Acuérdate joven de tu creador en los días de tu juventud”. Él merece nuestra absoluta obediencia. A ver, explícame esto: ayer era Ana Teresa, ahora es Belice y mañana, ¿quién sabe? ¿Tú crees que vas a entrar en la universidad, si sigues con eso? ¿Si estás pendiente de fiestas y noviecitas?

ARMANDO. ¡Mamá, por favor! Yo entiendo que Jesucristo es mi Salvador, que murió por mí y todo eso, pero eso todavía no es para mí, ¡aún soy joven! Yo necesito vivir mi vida, ¡disfrutar mi juventud! Además, tú lo que quieres es tenerme sometido, tenerme aquí encerrado, ¿acaso tu me estás criando para que me quede contigo? Esta chica no te gusta, esta tampoco... ¡Yo no sé qué quieres tú!

AMALIA. Armando, yo solo quiero el bien para ti.

ARMANDO. ¡¡Ya!! No quiero escucharte más… ¡Me largo!

AMALIA. ¡¡Armando!! ¡¡Armando!!

(Armando sale de escena bruscamente, dejando a su madre sola.)



CUARTA ESCENA

(Al día siguiente, muy temprano por la mañana, Amalia se disponía a ir al mercado con Armando.)

AMALIA. ¡Dios del cielo! Yo no sé qué pasa con este muchacho... ¡Armando, Armando! ¿Se puede saber a qué horas llegaste?

ARMANDO. (Despertándose.) ¿Qué? ¡¡Déjame dormir!! Tengo mucho sueño…

AMALIA. ¡¡No vas a tener sueño, si llegas de madrugada…!!! ¡¡Bien bonito que te está quedando esa costumbre de llegar de madrugada!! Si así fueras cuando te digo que nos quedemos en la Iglesia para hacer una vigilia… (Armando se arropa la cabeza.) ¡Anda, levántate! Necesito que me acompañes al mercadito popular. Sabes bien que hay que ir bien temprano para aprovechar los precios, además tú sabes cómo se llena eso y necesito que me ayudes con las bolsas.

ARMANDO. (Levantándose.) Mamá, todas las semanas te acompaño al mercadito popular, pero entiéndelo, acabo de llegar. Y estoy bien cansado, además los muchachos me vienen a buscar más tarde para ir a la playa. (Se vuelve a arropar.)

AMALIA. (Sarcástica.) Así que, ¿te vienen a buscar de nuevo? Bien bueno contigo... ¿Por qué mejor no te mudas y vives en la calle…? Porque ya casi ni te la pasas en la casa.

ARMANDO. (Se levanta muy molesto.) ¡Sí! ¡¡Lo que me provoca es largarme!!¡¡Ahora no se puede dormir en paz en esta casa!!

(Armando sale de escena.)

AMALIA. ¡Armando! ¡No me hables así! ¡Mira que soy tu madre! ¡Armando…! Pero, ¿quién se ha creído éste que soy yo? Que el Señor reprenda el diablo… ¡Dios mío dame paciencia con este muchacho! (En ese momento toca la puerta Natalia, la amiga de Amalia en busca de unos palitos de fósforos.) Ahora quién será…

NATALIA. Buenos días, Amalia, ¿eso que todavía estás aquí? Ya te hacia en el mercado con Armadito, como ustedes salen bien temprano... Pero menos mal que te consigo, vine para ver si me puedes regalar unos palitos de fósforos que se me apagó la cocina y… disculpa la molestia.

AMALIA. No te preocupes, Naty, no faltaba más. (Los busca y se los da.) Aquí están, ¿vas al mercado?

NATALIA. Sí, ¿por qué?

AMALIA. Para ir juntas, porque Armando no podrá ir conmigo. ¿Vamos?

NATALIA. (Extrañada.) Ah, bueno. Vamos pues. Pasamos por la casa y con eso te cuento algo de Alfredo, pero primero llevamos los fósforos, busco el monedero y nos vamos. Ese muchacho no sé qué le pasa.

(Salen de escena.)



QUINTA ESCENA.

(Horas después aparecen en escena caminando Amalia y Natalia, con las bolsas del mercado, comentando.)

NATALIA. Ay no, Amalia, con estos precios no vamos a poder ni comer. Figúrate que ya subieron la harina de trigo, no se dónde iremos a parar...

AMALIA. Pero démosle gracias a Dios porque hasta ahora nunca nos ha faltado nada, y por ese mercadito que vende barato, porque yo vi. Esa misma harina la vi más cara la semana pasada en el abasto del señor Domingo.

NATALIA. Oye pero, no sé, a mí como que se me olvidó algo. ¿Qué será? ¡Ay! Se me olvidó comprar los fósforos...

AMALIA. (Risas.) Vaya, mujer, con esa cabeza tuya… Eres tan olvidadiza… No importa, no te preocupes, te voy a regalar una cajita que tengo en la alacena.

NATALIA. Gracias, mujer, eres tan buena… Eres una santa. (De pronto ve a dos delincuente en la esquina estaban drogados.) ¡Ay, Amalia! ¿Usted está viendo esos tipos de la esquina?

AMALIA. Sí, los he visto varias veces rondando el barrio. ¿Por qué, Natalia?

NATALIA. Porque esos tipos son unos delincuentes; le dicen los “morochos” y parece que lo están buscando y le digo una cosa: para nada bueno será. En el barrio dicen que la semana pasada mataron a uno por problemas de drogas… Mejor nos vamos por la otra calle…

NATALIA. No, se darían cuenta, además, ¿qué nos pueden hacer? Van a robar a dos pobres como nosotras… (Risas.) Vamos, el Señor nos cuida.

DELINCUENTE 1. Entonces my lady, buenos días. ¿Qué pasó, viejita? ¿Por qué van tan solitas? ¿Las acompañamos?

AMALIA. No, gracias, hijo, nosotras podemos solas.

DELINCUENTE 2. ¿Qué pasó morocho? ¿Te vas a meter con las señoras? No se preocupe mi vieja….

DELINCUENTE 1. ¿Qué pasó? ¿Por qué tan nerviosa, mi doña?

NATALIA. ¿Nerviosa yo…? Eh… para nada…

DELINCUENTE 1. Entonces, mi viejita, será que nos pasa alguito para comer…

AMALIA. Mira, muchacho, yo ni te conozco, y no te voy a dar nada porque ambos sabemos bien que no es para comer sino para comprar esa basura que te metes que además te está destruyendo la vida.

DELINCUENTE 2. (Molesto.) ¿Qué pasó, mi doña? Tampoco la cosa es así… (Saca una pistola.) Ahora, vieja estúpida, me vas dar la cartera o si no ¡¡te quiebro aquí mismo!!

AMALIA. ¡¡Suelta mi cartera!! ¡¡Auxilio!!

(Forcejean y el delincuente mata a Amalia.)

DELINCUENTE 1. ¡¡Vámonos!! ¡¡Te quebraste a la vieja!! ¡¡Corre!! (Salen corriendo.)

NATALIA. (Desesperada.) ¡Amalia, Amalia! ¡No! ¡Auxilio!, ¡ayúdenos!, ¡alguien que me ayude!, una ambulancia, ¡por favor!

AMALIA. (Agonizando.) ¡¡Natalia!!, me muero… me muero… Natalia..., cuida de mi hijo... dile que lo amo… que nunca se aparte de los caminos del Señor…... dile que lo amo... (Expira.)

NATALIA. (Gritando.) ¡¡Amalia!! ¡¡Amalia!!

(Entra en escena Armando apresuradamente.)

ARMANDO. ¿Qué pasó? Señora Natalia, ¿qué le pasó a mi mamá?

NATALIA. ¡La mataron! Armando… ¡la mataron!

ARMANDO. (Conmocionado.) ¡¡Noooo!! ¡¡Mamá!!, ¡¡mamá!!, (Grita desesperado pidiendo ayuda.) Mamá, despierta, estoy aquí, soy Armando, tu hijo Armando… ¿Quién pudo hacerte esto...? ¡Mamá, por favor, no te vayas!, por favor, ¡no me dejes solo!, contéstame mama... mamá, te quiero, tal vez no lo demostré cómo te lo merecías... si tú te vas, ¿quién va a estar en tu lugar? Nadie podrá sustituirte, ¿quién paralizó tus manos que trabajaron tanto por mí...?, ¿quién apagó tu voz...? ¡Mamita querida...! (Entona la canción y luego exclama.) Mamá: ¡¡TE PROMETO QUE VOY A SEGUIR A JESUCRISTO!! Escúchame: ¡¡acepto a Jesús!!

Decídete por él

13 Minutos y 8 Personajes. Un señor cuenta con una gran colección de arte que será subastada después de su muerte. Dentro de su colección se encuentra el retrato de su hijo. Este cuadro se lo había regalado un soldado en agradecimiento a que el hijo le había salvado la vida. La multitud de la subasta desprecia el cuadro de "El hijo" sin saber la importancia que este cuadro tiene.


DECÍDETE POR ÉL

Eunices Herrera
Ministerio Teatral Alpha, Republica Dominicana



PERSONAJES

PADRE
HIJO
SOLDADO
AYUDANTE/SUBASTADOR
PERSONA 1
PERSONA 2
PERSONA 3
NARRADOR


PRIMERA ESCENA

(Aparece el hijo vestido de soldado con un bulto en la mano despidiéndose de su padre.)

PADRE. Ya te vas, ¿verdad? (Apenado.)

HIJO. Sí, papá, el autobús me espera, solo vine a despedirme de ti.

PADRE. (Abraza al hijo fuertemente.) Hijo, cuídate mucho, que Dios te proteja, espero verte pronto.

HIJO. Papá, así será, esta guerra no durará mucho, pronto acabará todo y volveré a casa.

PADRE. Hijo, escríbeme, por favor, escríbeme tan pronto llegues.

HIJO. Te escribiré papá, lo prometo, y cuando regrese añadiremos otro cuadro a nuestra colección de arte, nos vemos papá, te quiero.

PADRE. Yo también te quiero, adiós hijo. (Lo abraza y se va, el padre ve con tristeza cómo se va.)

(Entra el ayudante.)

AYUDANTE. Señor, no se sienta triste ya verá que su hijo regresará pronto.

PADRE. Eso espero, José, eso espero, me voy a recostar un poco.

AYUDANTE. Sí Señor, descanse, ha sido un día muy agitado para usted.

(El señor se retira junto con el ayudante.)

NARRADOR. 3 Meses después.

(Entra el padre con cara de preocupación.)

PADRE. (Hablando para sí mismo.) Ya han pasado 3 meses y Alberto no me ha escrito la primera carta. ¡Qué extraño!

(Entra el ayudante.)

AYUDANTE. Señor, ha llegado una carta, creo que es de su hijo, está sellada por la marina.

PADRE. ¿De veras? Ábrela tú, por favor, José y léela por mí.

(José abre la carta y él empieza a leer en su mente y se queda estupefacto.)

PADRE. ¿Qué me dice mi hijo?

AYUDANTE. No es de su hijo.

PADRE. ¿Cómo dices? Pero si el sobre dice que viene de la marina…

AYUDANTE. Sí, viene de la marina pero…

PADRE. Pero, ¿qué, José? (Le quita la carta de las manos.) La leeré yo mismo.

AYUDANTE. No creo que sea buena idea, Señor…

(Pero ya es muy tarde el padre empieza a leer.)

PADRE. Estimado Señor Rodríguez: Esperamos que esta misiva haya llegado a usted lo más pronto posible. Lamentamos informarle que a pesar de los esfuerzos que hicimos no pudimos detener la hemorragia. Su hijo falleció el martes pasado mientras rescataba a otro soldado luego de una explosión. (El padre deja caer la carta al suelo.)

AYUDANTE. Señor…

PADRE. Lo siento José, necesito estar solo.

(El ayudante recoge la carta del suelo y se va.)

PADRE. No puede ser (llorando). El me prometió que volvería y que añadiríamos un cuadro más a nuestra colección de arte… (Llora y baja su cabeza.)

(Entra el ayudante.)

AYUDANTE. Señor, disculpe, sé que quiere estar solo pero hay alguien que lo busca.

PADRE. Sea quien sea, que venga mas tarde por favor.

AYUDANTE. Dice que es importante y que viene desde muy lejos.

PADRE. (Con resignación.) Está bien, lo recibiré.

(Entra el soldado.)

AYUDANTE. Aquí está, Señor.

PADRE. (Con la cabeza agachada y luego la levanta.) ¿Qué quiere?

SOLDADO. Señor, disculpe usted. No me conoce, pero yo soy el soldado por quien su hijo dio la vida. Él salvó muchas vidas ese día; yo estaba en una zona de alto riesgo y fui herido. Él me estaba llevando a un lugar seguro cuando una bala atravesó su pecho. El hablaba mucho de usted y de su pasión por el arte, yo sé que esto no es mucho, yo no soy un gran artista, pero estoy seguro de que a su hijo le hubiese gustado que usted recibiera esto… (Le entrega algo envuelto en papel.)

PADRE. (El padre abre el paquete.) Es un retrato de mi hijo, pintado por usted. No sabe cómo le agradezco esto.

SOLDADO. No es nada, de veras.

PADRE. Me gustaría pagarle por él.

SOLDADO. ¡No! Señor, no puedo aceptar su dinero, lo que su hijo hizo por mí yo nunca lo podría pagar. Acepte mi regalo que es mucho más pequeño que el que su hijo me hizo a mí; él me devolvió la vida.

PADRE. Gracias, por su regalo y sus palabras.

SOLDADO. De nada, nos vemos. (Se va.)

PADRE. Gracias nuevamente…. (Al ayudante.) José, por favor, cuelga este retrato en la entrada principal, tengo muchos cuadros importantes y famosos pero para mí este cuadro es el más especial de todos.

AYUDANTE. Sí, Señor, la verdad estoy sorprendido de cómo está capturada la esencia y la personalidad de su Hijo en este cuadro, parece una fotografía.

PADRE. Sí, es cierto. José, ¿sabes algo? Tráeme lápiz y papel: quiero hacer mi testamento.

AYUDANTE. ¿Por qué Señor? ¿Le pasa algo? ¿Se siente mal?

PADRE. No, no es eso. Lo que pasa es que ahora con la muerte de mi hijo me he puesto a reflexionar sobre la muerte, y de cómo ésta nos puede llegar en el momento que menos la esperamos, hay que estar siempre preparados.

AYUDANTE. Tiene razón, Señor. Vengo en breve.

(El ayudante busca papel y lápiz y se lo entrega al Señor.)

PADRE. José quiero que lo voy a escribir en este testamento permanezca inalterable.

AYUDANTE. Por supuesto, Señor, sabe que cuenta con todo mi apoyo.

PADRE. Lo sé, gracias. Vamos, José, colgaremos este retrato en el corredor principal.

(Salen de escena.)

NARRADOR. Pasaron varios años y el Señor Rodríguez murió. Meses más tarde se anunció una subasta con todas las pinturas que poseía. Mucha gente importante e influyente acudió con grandes expectativas de hacerse con un famoso cuadro de su colección.

AYUDANTE. Buenas noches, Señoras y Señores, estamos aquí para subastar los cuadros de la maravillosa colección del Sr. Rodríguez. Empezaremos los remates con este retrato del hijo, ¿quién ofrece por este Retrato?

PERSONA 1. Queremos ver las pinturas famosas… Olvídese de esa.

AYUDANTE. ¿Alguien ofrece algo por esta pintura? ¿$1,000? ¿$2,000?

PERSONA 2. (Con enojo y desprecio.) No venimos por esa pintura. Venimos por los Van Goghs, los Rembrandts. ¡Vamos a las ofertas de verdad!

AYUDANTE. El Hijo, El Hijo, El Hijo... ¿Quién se lleva El hijo?

PERSONA 1. No nos interesa.

PERSONA 3. Yo no tengo mucho pero ofrezco todo lo que tengo, ofrezco $10 pesos.

AYUDANTE. Tenemos $10 ¿Quién da $20?

PERSONA 1. ¿No entiende? No queremos esa pintura venimos por los cuadros valiosos, no nos interesa ningún tal hijo.

PERSONA 2. ¡Si! No nos haga perder el tiempo.

AYUDANTE. A la 1, a las 2… Vendida por $10 pesos.

PERSONA 1. ¡Qué bueno! Ahora podemos seguir con las que realmente valen la pena.

PERSONA 2. ¡Sí! Empecemos con la colección.

AYUDANTE. Lo siento mucho, damas y caballeros, pero la subasta llegó a su final.

PERSONA 2. ¿Qué? ¿Qué está diciendo?

PERSONA 1. ¡Pero si quedan muchos cuadros todavía!

AYUDANTE. Lo lamento mucho pero cuando el propietario de la colección murió se descubrió un secreto estipulado en su testamento. Yo tenía conocimiento pero no tenía permitido revelar esta estipulación hasta este preciso momento. Solamente la pintura de “El Hijo” sería subastada y aquel que la aceptara heredaría absolutamente todas las posesiones de este hombre, incluyendo las famosas pinturas.

PERSONA 1. Solo nos han hecho perder el tiempo, me voy.

PERSONA 2. Esto parece increíble. ¡Vámonos de aquí!

(Persona 3 al ver que se quedó solo va hacia el frente y el ayudante le entrega el cuadro y un sobre.)

AYUDANTE. Felicidades, Señor. (Le entrega el cuadro y un sobre y se retira.)

PERSONA 3. Gracias. (Se queda un poco pensativo y mira hacia el frente.) ¿Saben algo? Nunca pensé que este cuadro fuera tan valioso, ni tan importante. A través de él me he dado cuenta que las cosas muchas veces no son lo que aparentan ser. Nunca pensé que al decidirme por El Hijo obtendría todo lo demás.

VOZ EN OFF. Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos. El que se queda con el Hijo lo obtiene todo. Hoy tienes la oportunidad de hacer tu mejor decisión. Decídete por el ahora.

La vendedora de juguetes

10 Minutos y 12 Personajes. En una tienda de juguetes todos menosprecian a un soldadito que está en malas condiciones pero un buen día llega un coleccionista y resulta que el soldadito era una pieza de colección importante.


LA VENDEDORA DE JUGUETES


(Estamos en una tienda de juguetes. La vendedora los está limpiando y comentando en voz alta. Se acerca a la bruja, la enchufa y la bruja se mueve con la escoba.)

VENDEDORA. Ya veo que está bien.
(Seguido se acerca a limpiar al payaso y comenta)
¡Qué vivos colores tiene! Siempre lo enciendo consigue hacerme reír. (Lo enchufa y el payaso empieza a hacer piruetas y a reírse. Ella se ríe cuando lo ve. Seguido se acerca al pirata porque no está mirando al frente. Lo pone bien cuando sin querer se enchufa. Ella se asusta un poco porque no era esa su intención y porque el PIRATA dice)

PIRATA. ¡Al abordaje! ¡Al abordaje!

VENDEDORA. Voy a poner pilas a Clarisa la Corista porque las niñas la tocan tanto que se le acaban las pilas pronto. (Le pone las pilas y en seguida se pone a cantar)

CLARISA. “Tengo una muñeca vestida de azul con su camisita y su ca...”

(La vendedora la apaga y se acerca al vaquero Johny.)

VENDEDORA. Pero, ¡qué guapo que es! (Lo enchufa y empieza a disparar al aire. Se acerca a la bailarina): A ésta sí que tengo que limpiarla bien porque ya la tengo vendida y mañana vendrán a recogerla. ¡Qué suerte estoy teniendo con esta muñeca, es lo mejor que ha salido en el mercado! (La enchufa y hace unos pasos de ballet. La vendedora se acerca al soldado) No puedo decir lo mismo de este soldadito; lleva tanto tiempo rondando por el almacén que está roto y descolorido. ¿Qué hago? ¿Lo pongo detrás o delante del escaparate? (Lo enchufa y sólo mueve un poco la cabeza.) Y encima no funciona. ¡Sólo sirve para acumular polvo!

NARRADORA. Y así transcurrió una nueva jornada en el bazar de los juguetes. Ahora la tienda ya no tenía color, todo era silencio y el local vivía unas horas de aburrida quietud cuando... (Se oyen unas campanadas.)

(Mientras suenan las campanas los muñecos van tomando vida. Empiezan a jugar desempeñando cada uno el papel que representan. La última en despertar será la bailarina. Cuando ésta ya se ha despertado empieza a bailar de un lado a otro del escenario. Todos comienzan a mirarle y a echarle piropos.)

TODOS. ¡Qué guapa que es! ¡Qué ojos! ¡Qué bien baila!

BRUJA. ¡Quién tuviera esa cara!

DAMA. ¡Sólo me falta bailar como ella!

PIRATA. ¡Qué ojos! Ahora mismo le cambiaría este izquierdo.

VAQUERO. (Con voz de Bogard.) ¡Muñeca! (Acercándose a ella.) ¿Te gustaría ser mi novia?

(Ella pasa indiferente y bailando, bailando se tropieza con el soldadito.)

BAILARINA. Pero, ¿qué haces? ¡Siempre estorbando! Delante, detrás del escenario... ni aunque te regalen sirves.

(El soldadito intenta decirle algo pero lo único que sale de su boca son sonidos que no se entienden. Quiere moverse pero sus articulaciones se lo impiden y se mueve muy metálico.)

DAMA. (Con voz de ñoña.) ¡Ay, por favor! ¡Qué sonido tan desagradable!

PIRATA. Y yo me quejo de mi ojo pero a éste le falta un brazo y el otro a duras penas lo mueve. ¡Ja, ja!

PAYASO. Se te ve tan pálido y roído que debe ser muy triste. Deberías parecerte a mí siempre con estos colores en mi piel. Pero, ríete, ríete. ¡Ja, ja!

BRUJA. ¡Uy! Pero, ¿de qué material estás hecho? No me extraña que no funciones.

NARRADORA: Y así pasaba la noche, entre danzas, juegos y la soledad de un soldadito que vivía con la esperanza de que alguien, sólo alguien, le lanzara una pequeña mirada.

MUÑECO. ¡Ey, ey! Colocaos que vienen a abrir.

(Se sitúan todos en “toc” y abre la vendedora. Se pasea entre los muñecos. Al rato entra un abuelito.)

ABUELITO. Buenos días.

VENDEDORA. Buenos días. ¿Qué desea?

ABUELITO. Me han dicho que aquí podría encontrarlo.

VENDEDORA. Dígame. ¿De qué se trata?

ABUELITO. Busco un soldadito que...

VENDEDORA. (La vendedora le corta.) No me diga más. Venga por aquí. (Le lleva a un soldadito y se lo enseña.) Aquí está.

ABUELITO. Pues, (con voz lenta) no es éste el que yo buscaba. (Mientras se marcha) Pensaba que me habían informado bien. (Echan una mirada a la tienda y entonces lo ve.) ¡Aquel, aquel!

VENDEDORA. ¿El viejo soldadito?

ABUELITO. (Se acerca al muñeco, lo abraza.) ¡Señora! Ésta es una pieza de colección.

(Se bajan la VENDEDORA y el ABUELITO del escenario y cada personaje juguete se pone al frente diciendo un texto.)

1 BAILARINA. Proverbios 31:30

2 PAYASO. Eclesiastés 7:6
Nota del autor del blog: Se han perdido el resto de versículos que decían los otros juguetes. Lo dejamos a elección de los usuarios.