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2012 - España

Un tazón y una cobija para el abuelo

10 Minutos y 5 Personajes. Un anciano padre va a visitar a su hijo pero su visita no parece agradar mucho a todos los miembros de la familia. El abuelo le pide quedarse con ellos en la casa porque se siente solo y el hijo acepta pero, los niños que observan toda la escena, le darán una lección mayor que nunca olvidarán. 

UN TAZÓN Y UNA COBIJA PARA EL ABUELO
Escrita y adaptada de las reflexiones: "El tazón de madera" y "La media cobija", por Diana Carolina Peñuela

PERSONAJES

FRANCISCO (Abuelo)
JULIO (Hijo Adulto)
JULIANA (Esposa de Julio)
JULIÁN (Hijo de la pareja)
JULY (Hija de la pareja)

PROGRAMA. Con anterioridad, hacer los arreglos para que asistan algunos padres o hijos (que no asisten a la iglesia o están alejados de ella) de algunos hermanos de la iglesia.  La idea es pedirles que lleguen antes y mantenerlos escondidos y  después de los preliminares, anunciar que a algún o algunos padres/ hijos se les ha preparado una sorpresa y hacer que aparezcan los invitados.

OBJETIVO: Concientizar a los hijos tanto adultos como jóvenes, el respeto, consideración y amor hacia los padres ancianos, recordarles que debemos guardar el quinto mandamiento de la ley de Dios, sin importar la edad o condición de nuestros padres.

(La escena se desarrolla en el interior de una casa, con un comedor. Se necesitará una cobija vieja cortada en dos, tazón o utensilio de madera, mesa rústica pequeña, trozos de madera para que los niños jueguen.)

NARRADOR. Don Francisco era ya un anciano cuando murió su esposa. Durante largos años había trabajado con ahínco para sacar adelante a su familia. Su mayor deseo era ver a su hijo convertido en un hombre de bien respetado por los demás y para lograrlo dedicó su vida y su escasa fortuna. A los ochenta años, Don Francisco se encontraba sin fuerzas, sin esperanzas, solo y lleno de recuerdos.  Esperaba que su hijo Julio, ahora brillante profesional, le ofreciera su apoyo y comprensión, pero veía pasar los días sin que este apareciera, y decidió ir a visitarlo para, por primera vez en su vida, pedirle un favor. Don Francisco tocó a la puerta de la casa donde vivía el hijo con su familia.

FRANCISCO. (Toca a la puerta.)

JULIO. ¡Hola papá, qué milagro que vienes por aquí!

FRANCISCO. Hola hijo, hace mucho que ya no van a visitarme y me estaba sintiendo muy solo… por eso quise venir a verlos y saber cómo estaban.

JULIO. Sí, papá es que hemos  tenido muchas cosas… Ya sabes: el trabajo, los niños… y no hemos podido ir, pero a nosotros nos da mucho gusto que vengas a visitarnos; ya sabes que esta es tu casa. Ya casi vamos a cenar… Sigue, sigue…

FRANCISCO. Gracias hijo y, ¿cómo están los niños?

JULIO. Muy bien papá. (A su mujer.) Juliana, amor, llegó mi padre. (A sus hijos.) Niños, vengan a saludar al abuelo

JULIANA. (Hace mala cara y no está muy animada.) Hola, don Pachito, ¿cómo le va?

NIÑOS. ¡Abuelo, abuelo!

(Lo abrazan.)

JULIO. Amor, mi padre se quedará a cenar con nosotros. 

(Uno de los hijos que está jugando cerca escucha la conversación.)

JULIANA. (Con ironía.) ¡Qué bueno, mi amor! (Le hace mala cara al esposo.) Ven  un momento, amorcito. ¡Ay, no, amor! Tú sabes que a mí no me gusta que venga don Pachito a comer porque siempre me riega la comida; cuando no es sobre el mantel, es sobre los muebles y no falta el día en que no me parta algo de la vajilla. ¡Qué pereza!

JULIO. Amor, no te preocupes. El domingo que estuve en la plaza, compré un tazón de madera especial para él así que ya no te romperá más loza; y compré también una mesita para que cuando venga a visitarnos, lo sentemos aparte y no te ensucie el mantel. 

JULIANA. Bueno, amor, pero lo que él riegue, tú te encargarás de limpiarlo.

JULIO. Sí, amor, no te preocupes… Y habla en voz baja que papá te va a escuchar…

JULIANA. Ok, ok…
(Se va para la cocina, trae los platos y al abuelo le sirve en el tazón de madera. Mientras tanto, Julio acomoda una mesita rústica y pequeña alejada del comedor.)

JULIANA. (Sirve al abuelo en la mesita con el tazón de madera) Siga por acá, don Pachito.

JULIO. (Lo acompaña de la mano hasta la mesita.) Ven, papá, siéntate aquí, aquí estarás más cómodo.

(La familia se sienta a la mesa y los niños miran al abuelo con tristeza.)

JULIÁN. Papi, ¿por qué el abuelo no se sienta a la mesa con nosotros?

JULY. Sí, papi, ¿por qué se sentó tan lejos de nosotros?

JULIANA. ¡Shhhh! ¡Silencio, niños! Ya les he dicho que no deben hablar durante la cena.

JULIO. Hijos, lo que pasa,  es que papá ya está muy abuelito y se le riega la comidita y nos puede manchar el mantel…

(Los niños se quedan pensativos. Terminan de comer y la esposa recoge los platos y se va hacia la cocina; los niños se sientan en el piso y se ponen a jugar con unos trozos de madera cerca del  padre y el abuelo,  aunque los niños continúan jugando, escuchan la conversación.)

JULIO. ¿Qué más, papá? ¿Cómo has estado?

FRANCISCO. Hijo, la verdad es que me siento muy solo; además, estoy cansado y viejo. Ya sabes que no me gusta molestarte, con mis cosas… pero… 

JULIO. No te preocupes, papá, ya sabes que siempre puedes contar conmigo.

FRANCISCO. ¡Qué bueno! Pensé que sería un estorbo…

JULIO. Papá, ¿cómo se te ocurre pensar algo así?

FRANCISCO. Entonces, ¿no te molestaría que me quedara a vivir con ustedes? ¡Me siento tan solo…!

JULIO. ¿Quedarte a vivir aquí? Sí, claro... Pero no sé si estarías a gusto. Tú sabes, la casa es pequeña, Juliana es buena esposa pero, ya sabes, es un poco malgeniadita... y los niños...

FRANCISCO. (Con tristeza.) Mira, hijo, si te causo muchas molestias, olvídalo. No te preocupes por mí, me devuelvo para mi casa, no pasa nada, yo entiendo.

JULIO. No, padre, no es eso. Sólo que... no se me ocurre dónde podrías dormir. No puedo sacar a los niños de sus cuartos, Juliana no me lo perdonaría... o solo que no te moleste...

FRANCISCO. ¿Qué hijo?

JULIO. No, olvídalo.

FRANCISCO. Dime, hijo.

JULIO. A menos que no te moleste dormir en el patio...

FRANCISCO. (Con tristeza y bajando el todo de voz.) Dormir en el patio... Está bien…

JULIO. ¡Julián! ¡Ven acá!

JULIÁN. Dime, papá.

JULIO. Mira, hijo, tu abuelo se quedará a vivir con nosotros. Tráele una cobija para que se tape en la noche.

JULIÁN. ¿En serio? (A su hermana que está jugando con unas maderas en el piso.) Mariana, ¿escuchaste? ¡El abuelo se quedará a vivir con nosotros! (Con expresión de felicidad.)

JULY. ¿De verdad? ¡Yupi! ¡El abuelo se va a quedar a vivir con nosotros!

JULIÁN. Papi, y, ¿dónde va a dormir el abuelo? ¿En mi cuarto?

JULIO. No, hijo, el abuelo dormirá en el patio, él no quiere que nos incomodemos por su culpa.

JULIÁN. ¿En el patio?

(Julián va a por la cobija y se demora un poco. Mientras tanto los padres observan el juego de la niña en el piso. Se le acerca la madre.)

JULIANA. July,  princesa, ¿qué estás haciendo ahí?

JULIO. Sí, nena, ¿a qué juegas? ¿Qué están construyendo?

JULY. Julián y yo estamos haciendo unos tazones de madera.

JULIO. ¿Tazones de madera?  ¿Y para qué?

JULY. Uno para ti y otro para mamá, para cuando nosotros seamos adultos y ustedes estén viejitos, viejitos, puedan comer en ellos.

(Julio y Juliana se miran con tristeza. Llega el niño con una cobija.)

JULIÁN. ¡Papá,  papá! Aquí está la cobija…

JULIO. (Toma la cobija y se da cuenta de que está divida en dos). ¿Qué hiciste, Julián? ¿Por qué cortaste la cobija que le vamos a dar a tu abuelo?

JULIÁN. Papá, es que estaba  pensando...

JULIO. ¿Pensando en qué? (Lo regaña.)

JULIÁN. Que como tú dices que el tiempo pasa muy rápido… He pensado que debo guardar la otra mitad de la cobija para cuando tú seas viejito y te vayas a dormir al patio de mi casa.

NARRADOR. Las palabras de estos pequeños golpearon a sus padres de tal forma que quedaron sin habla. Las lágrimas rodaban por sus mejillas. Y, aunque ninguna palabra se dijo al respecto, ambos sabían lo que tenían que hacer. Esa tarde el esposo tomó gentilmente la mano del abuelo y lo guío de vuelta a la mesa de la familia. Por el resto de sus días ocupó un lugar en la mesa con ellos, puso a sus hijos en una misma habitación, y arregló una acogedora habitación para su padre. Por alguna razón, ni el esposo ni la esposa parecían molestarse más cada vez que el tenedor se caía, la leche se derramaba o se ensuciaba el mantel.

Si eres un padre: Recuerda que los niños son altamente perceptivos. Sus ojos observan, sus oídos siempre escuchan y sus mentes procesan los mensajes que absorben. Si ven que con paciencia proveemos un hogar feliz para todos los miembros de la familia, ellos imitarán esa actitud por el resto de sus vidas. Los padres y madres inteligentes se percatan que cada día colocan los bloques con los que construyen el futuro de su hijo. Seamos constructores sabios y modelos a seguir.

Si eres un hijo: Ese hombre que trabajó sin cansancio por ti y te llevaba muchos años de su mano protegiéndote de los peligros, un día se pondrá viejo y necesitará que tú le acompañes, le des la mano y le ayudes. No seas ingrato con él

Vamos a leer Éxodo 20:12 “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da”.
Amemos y respetemos a nuestros padres, ¡ellos dieron todo por nosotros! Y, recuerda: este es el único mandamiento con promesa.
Independientemente de la relación que tengas con tus padres, una cosa es segura: los vas a extrañar cuando ya no estén contigo. Pídele a Dios que puedas amarlo, respetarlo y valorarlo mientras viva; después, ¡será demasiado tarde!

ORACIÓN: Pedir a los padres que sin importar la edad de sus hijos, pasen junto con ellos al frente y elevar una oración por ellos.

La curación de Naamán

10 Minutos y 8 Personas + Extras. La obra representa la curación de Naamán en el río Jordan. Se tocan diferentes temas: adoración del verdadero Dios, obediencia y avaricia.

PERSONAJES

NARRADOR
NAAMÁN
MUJER DE NAAMÁN
NIÑA
ELISEO
GIEZI
REY
SIERVO
(Extras: soldados)

INTRODUCCIÓN

En esta ocasión conoceremos la historia de un general sirio que tuvo que tomar en serio el consejo de Dios, para ser salvo. En esta porción veremos una de las tantas verdades preciosas que la Palabra nos relata concerniente al carácter de Dios y de su manera sencilla de darnos la salvación que tanto buscamos.
Hoy debemos trasladarnos al año 850 a.C., más o menos 2.853 años atrás, para conocer una historia que nos llenará de gozo por el hecho de comprobar la inmutabilidad del carácter de Dios con respecto a su plan de proporcionarle al hombre su salvación personal.
La historia de este general sirio, valeroso y apreciado por el ejército que comandaba a las órdenes del rey sirio Ben-Adad II fue un hecho que ocurre durante el reinado de Joram, Rey de Israel, tiempo en el cual Israel era tributario de Siria.

NARRADOR. Hace mucho, mucho tiempo, en un lugar llamado Aram, vivía un guerrero llamado Naamán,  general del ejército de los Sirios. A su casa había llegado a trabajar una niña israelita capturada en una incursión de los sirios a su país.

NIÑA. (Orando.) ¡Oh, Dios de los cielos! Echo mucho de menos a mi familia… Por favor, ayúdame a servirte aquí y adonde quiera que vaya. No me desampares, guíame cada día y acompáñame en cada cosa que tenga que hacer para mostrar a los de este lugar tu poder. (Hablando consigo misma) Tengo que darme prisa para dejar todo limpio, debo organizar todo el salón y abrillantar cada cosa pero, (sorprendida) ¿qué es esto?

NARRADOR. La niña había quedado sorprendida, se había encontrado con la figura de un ídolo hecha de piedra.

MUJER DE NAAMÁN. (Gritando) ¡Criada! ¿Qué haces? Ten mucho cuidado con eso, es nuestro dios a quien adoramos (se lo arranca de las manos) y debes tratarlo con delicadeza. Es quien nos protege y nos cuida, ¿quieres pedirle conmigo para que también te ayude?

NIÑA. Oh, no, señora, lo siento, yo no puedo orar a un ídolo, yo solamente oro al Dios del cielo, Él sí me ve y me oye.

MUJER DE NAAMÁN. Bueno, allá tú. (Hablando consigo misma.) ¿Qué se puede esperar de una criada esclava, ignorante y, encima, israelita?

NARRADOR. Pasados unos días…

NIÑA. Ama, le traigo el desayuno a su habitación porque veo que está indispuesta. Pero, ama, ¿qué le sucede? ¿Por qué está llorando? No se aflija, todos los problemas tienen solución.

MUJER DE NAAMÁN. ¡Ay, criadita! Si tú supieras lo que me pasa, no dirías lo mismo. ¡El general Naamán está muy enfermo!

NIÑA. Ama, no se preocupe, pronto se recuperará.

MUJER DE NAAMÁN. No lo creo. Es totalmente imposible. Mi marido tiene una enfermedad llamada lepra.  La lepra es una enfermedad terrible: afecta a la piel y causa manchas blancas formando granos y lo peor… ¡Es una enfermedad muy contagiosa!  Ha ido a muchos médicos y lo único que le han dicho es que espere la muerte… ¡Me voy a quedar viuda!

NIÑA. Yo conozco a alguien que puede sanar al general. Ojalá el amo fuera a ver al profeta que está en Samaria, porque él lo sanaría de su lepra…

NARRADOR. Esa misma noche, cuando el general volvía de su trabajo…

MUJER DE NAAMÁN. Te tengo una buena noticia. Aún hay esperanzas. La criada me ha dicho que en Israel hay un profeta que sana enfermedades y que si tú vas a verlo te puede ayudar.

NAAMÁN. Pero hay un grave problema: el profeta es israelita y tú sabes muy bien que no nos llevamos bien con esa gente. Tal vez al saber quién soy no me quiera ayudar… (Pensativo.) ¡Ya sé! Mañana mismo iré a hablar con el rey para que me ayude.

NARRADOR.  La tarde siguiente, cuando volvía del palacio del rey Ben Adad…

MUJER DE NAAMÁN. ¿Cómo te fue con el rey?

NAAMÁN. ¡Muy bien! Me ha entregado una carta para el rey de Israel. Así conseguiré que el profeta me atienda sin ningún problema. Partiré esta misma noche. Prepárame el equipaje y también 10 talentos de plata, 6.000 siclos de oro y 10 vestidos nuevos.

NARRADOR. Unos días de viaje después, Naamán se presenta ante el rey de Israel.

NAAMÁN. ¡Larga vida a su majestad! Traigo esta carta del Rey Ben Adad. Por favor, le ruego me llame cuando tenga una respuesta, su majestad. (Se retira)

REY. (Lee en voz alta la carta.) “Aunque nuestros reinos no gocen de una estrecha unión, te ruego que consideres suministrar ayuda a uno de mis más apreciados servidores, el general Naamán, portador de esta carta, para que lo ayudes sanándole de la enfermedad grave que lo aqueja, la lepra”. (Rasgando sus vestiduras y gritando.) ¿Acaso soy yo Dios, para dar la muerte o dar la vida y para que este me envíe un hombre, a fin de que yo lo sane de su lepra? ¡Solo está buscando ocasión para pelear contra mí!

NARRADOR. Pero sucedió que cuando Eliseo, el profeta de Dios, oyó que el rey de Israel había rasgado sus vestiduras, envió a su siervo Giezi a hablar al rey.

GIEZI. ¡Oh majestad! Mi amo le envía un mensaje. Dice que no tiene por qué rasgar sus vestiduras, que simplemente el capitán sirio vaya a visitarlo y ¡así sabrá que hay profeta en Israel!

NARRADOR. Entonces Naamán llegó donde estaba Eliseo, enviado por el rey de Israel con sus siervos, sus caballos y su carro y se detuvo ante su casa.

GIEZI. Mi señor: ha llegado el general sirio y ruega que lo reciba.

ELISEO. Giezi, dile a ese general lo siguiente: “Ve, lávate siete veces en el Jordán, y tu carne te será restaurada, y serás limpio”.

NARRADOR. Giezi hizo tal como le habían ordenado y Naamán se llenó de furia se alejó.

NAAMÁN. (A sus soldados.) ¿Este hombre qué se ha creído? He aquí, yo pensaba que seguramente él saldría, que puesto de pie invocaría el nombre de Jehová su Dios, y que moviendo su mano sobre el lugar sanaría la parte leprosa. ¿No son los ríos de Damasco, el Abana y el Farfar, mejores que todas las aguas de Israel? ¿No podría yo lavarme en ellos y ser limpio?

SIERVO. Señor mío, si el profeta te hubiera mandado alguna cosa grande, ¿no la habrías hecho? Con mayor razón si él te dice: “Lávate y serás limpio.”

NARRADOR. Entonces él descendió y se sumergió en el Jordán, conforme a la palabra del hombre de Dios. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis y a la séptima vez que se sumergió su carne se volvió como la carne de un niño pequeño, y quedó limpio.

NAAMÁN. ¡Es un milagro! ¡Estoy curado! ¡El Dios de Israel es poderoso! ¡Vamos donde está el profeta Eliseo, rápido!


NARRADOR. Naamán volvió donde estaba Eliseo con toda su comitiva. Llegó muy contento.

NAAMÁN. ¡He aquí, yo reconozco que no hay Dios en toda la tierra, sino en Israel! Ahora pues, acepta, por favor, un presente de parte de tu siervo.

ELISEO. ¡Vive Jehová, a quien sirvo, que no aceptaré nada! No insistas, por favor, nunca aceptaré ningún pago.

NAAMÁN. Muchas gracias, Eliseo. ¡Dios sea contigo siempre! Te prometo que de aquí en adelante tu siervo no ofrecerá holocausto ni sacrificio a otros dioses, sino solo a Jehová.

ELISEO. Ve en paz.

NARRADOR. Cuando Naamán se alejó de él y había recorrido cierta distancia…

GIEZI. (Hablando para sí.) He aquí que mi señor ha eximido a este sirio Naamán y no ha tomado de su mano las cosas que él trajo. ¡Vive Jehová que ciertamente correré tras él y conseguiré de él alguna cosa!

NARRADOR. Giezi siguió a Naamán y cuando Naamán vio que venía corriendo tras él, se bajó del carro para recibirlo.

NAAMÁN. ¿Está todo bien?

GIEZI. Sí, pero mi señor me envía a decir: “He aquí, en este momento han llegado dos jóvenes de los hijos de los profetas, de la región montañosa de Efraín. Te ruego que des para ellos un talento de plata y dos vestidos nuevos.”

NAAMÁN. Dígnate a aceptar dos talentos y también te ataré en dos bolsas dos vestidos nuevos.

NARRADOR. Giezi se fue corriendo hasta su casa y guardó los presentes que había pedido a Naamán  en nombre de Eliseo y se fue a verlo. Entonces él entró y se puso de pie delante de su señor.

ELISEO. ¿De dónde vienes, Giezi?

GIEZI. Tu siervo no ha ido a ninguna parte.

ELISEO. ¿No estuvo allí mi corazón cuando el hombre volvió de su carro a tu encuentro? ¿Es esta la ocasión de aceptar dinero o de aceptar ropa, olivares, viñas, ovejas, vacas, siervos y siervas?  Por tanto, la lepra de Naamán se te pegará a ti y a tus descendientes para siempre.

GIEZI.   (Tapando su cara, desesperado.) ¡¡¡Nooooooooooo!!!!

NARRADOR. Giezi salió de su presencia leproso, blanco como la nieve, triste fin para un siervo egoísta, avaro y ciego espiritualmente. Pero, veamos qué sucede cuando Naamán llega a su casa…

MUJER DE NAAMÁN. ¡Qué alegría verte curado, amado esposo!

NAAMÁN. Si, mujer, pero lo más importante es que esta enfermedad me enseñó que el verdadero Dios mora en el cielo. No necesitamos más ídolos como este. De ahora en adelante en esta casa adoraremos únicamente al Dios de Israel, ese Dios sí es poderoso.

Conclusión:
Hay dos tipos de limpieza: una física que nos quita la suciedad externa y otra espiritual que nos limpia por dentro, de nuestros pecados, de nuestra soberbia, de nuestras malas costumbres… Naamán se limpió espiritualmente porque se sometió a la orden de Dios para su vida y solo entonces Dios pudo sanarle.  Dios puede hacer el mismo cambio en nuestras vidas. Dios ha provisto una manera para quitar nuestro pecado. Cristo murió y resucitó por nuestros pecados, sin hacer acepción de personas. Si creemos en Él y le pedimos que sea parte de nuestra vida y perdone nuestros pecados, Dios lo hará. Dios vendrá a ser parte de nuestra vida y nos ayudara a vivir por Él.

Podemos aprender de esta lección que podemos compartir de Dios con otros.  La niña esclava le dio a Naamán su mejor regalo, le habló del Dios que sana. Naamán, por su parte, recibió el presente más valioso: su sanidad.

¿Quieres ser un regalo especial para otros? No debemos olvidar que somos el mejor regalo para nuestra familia, vecinos, amigos y personas en general, porque somos la obra perfecta de Dios. Él desea bendecir tu vida, pero hoy tendrás que humillarte como Naamán, delante de la presencia de Dios y serás limpio de todos tus pecados, no importa cuán graves hayan sido. 

El abogado

15 Minutos y 10 Personajes. En realidad se trata de una versión modificada de la obra  "El abogado". El argumento el mismo: una mujer es acusada por los pecados que ha cometido pero tiene un abogado que ha pagado por ella sus faltas. 

PERSONAJES

SOÑADOR
HERMANO
ABOGADO
JUEZ
ACUSADOR
ACUSADA
JURADO 1
JURADO 2
POLICÍA
SECRETARIA


SOÑADOR. (Aparece un chico durmiendo en el escenario, que es una habitación. De repente se despierta sobresaltado por una pesadilla. Se sienta en su cama y comienza a leer su biblia. Comienza a leer Salmos 25)

A ti, oh Jehová, levantaré mi alma.
Dios mío, en ti confío;
No sea yo avergonzado,
No se alegren de mí mis enemigos.
Ciertamente ninguno de cuantos esperan en ti será confundido;
Serán avergonzados los que se rebelan sin causa.
Muéstrame, oh Jehová, tus caminos;
Enséñame tus sendas.
Encamíname en tu verdad, y enséñame,
Porque tú eres el Dios de mi salvación;
En ti he esperado todo el día.
De los pecados de mi juventud, y de mis rebeliones, no te acuerdes;
Conforme a tu misericordia acuérdate de mí,
Por tu bondad, oh Jehová.
Por amor de tu nombre, oh Jehová,
Perdonarás también mi pecado, que es grande.
¿Quién es el hombre que teme a Jehová?
Él le enseñará el camino que ha de escoger.
Mírame, y ten misericordia de mí,
Porque estoy solo y afligido.
Las angustias de mi corazón se han aumentado;
Sácame de mis congojas.
Mira mi aflicción y mi trabajo,
Y perdona todos mis pecados.
Guarda mi alma, y líbrame;
No sea yo avergonzado, porque en ti confié.

(Entra el hermano en la habitación con cara de sueño.)

HERMANO. ¿Qué te pasa Guillermo? ¿No puedes dormir?

SOÑADOR. Hola, hermanito. Perdona, te he despertado, no quería hacerlo. No podía dormir y decidí ponerme a leer la Biblia.

HERMANO. ¿Estás preocupado por algo? Aunque soy pequeño puedes contar conmigo.

SOÑADOR. (Con una sonrisa y un gesto amoroso hacia su hermano acariciando su cabeza.) Sí, Roberto, estoy preocupado porque hace unos días hice algo que no estuvo bien y me preguntaba si Dios me ha perdonado por ello. No estoy seguro de ello y por eso no podía dormir.

HERMANO. ¿Y por qué no se lo preguntas a Él directamente?

SOÑADOR. (Sonriendo.) Sí, creo que tienes razón Roberto, eso es justo lo que voy a hacer. Me acostaré y le pediré a Dios que me responda. Buenas noches hermanito, vuelve a tu cama.

(Roberto le da un beso de buenas noches y se marcha fuera del escenario.)

SOÑADOR. (Se tumba en su cama, cierra los ojos y comienza a orar. Cada vez más bajito hasta que no se oye nada.) Padre, ¿me perdonaste? Necesito que me des una respuesta…

(Se cambia el escenario. Estamos en la sala de un juzgado donde hay una mesa y una secretaria.)

POLICÍA. Buenos días.

SECRETARIA. Buenos días agente.

POLICÍA. Parece ser que hoy será un día tranquilo.

SECRETARIA. Si usted lo dice…

POLICÍA. Digo yo, o a lo mejor será un día estresante….

ACUSADOR. (Entra por la derecha. Se ve muy contento.) Buenos días, agente, señorita.

POLICÍA. Veo que está usted muy contenta.

ACUSADOR. ¿Y cómo no lo voy a estar? Hoy es el gran día.

SECRETARIA. (Extrañada.) ¿El gran día?

POLICÍA. Buenos días.

ACUSADOR. Por supuesto, hoy es el día del gran juicio. El honorable juez tendrá a su cargo este juicio. (Con fanfarronería.) Y yo, claro está, me encargaré de acusar a cada uno de los que por esta sala pasen, para que les caiga todo el peso de la ley. (Golpea el escritorio y se ríe cínicamente.)

(La secretaria y la policía se asustan.)

SECRETARIA. (Al policía.) ¡Qué hombre más malo!

POLICÍA. ¡Oh! No lo dude usted, este abogado difícilmente pierde un juicio, todos los gana.

(El acusador está en su escritorio acomodando los papeles, y en su rostro tiene una sonrisa, una sonrisa cínica.)

SECRETARIA. ¿Estás segura de eso?

POLICÍA. Me temo que sí.

ACUSADOR. (Mira el reloj.) Vaya (al policía) Disculpe agente.

POLICÍA. ¿Sí, señor?

ACUSADOR. ¿No sabe usted cuándo comenzará el juicio?

POLICÍA. Pues no, nadie lo sabe, es más,  no sabía que daría comienzo  el gran juicio.

ACUSADOR. ¿Podría usted preguntarle al señor juez cuándo comenzaremos este juicio?

POLICÍA. Sí, claro, ahora mismo. (Sale por la izquierda.)

SECRETARIA. (Con un poco de temor.) Y, ¿lleva mucho tiempo con este  trabajo?

ACUSADOR. (Vuelve a ver a la secretaria.) ¿Me habla a mí?

SECRETARIA. Sí, señor.

ACUSADOR. (Entre cínico y orgullo.) Claro, son muchos años de estar acusando, nunca, escúcheme bien, nunca he perdido un juicio.

SECRETARIA. Vaya, parece que eres uno de los mejores fiscales del distrito.

ACUSADOR. Por supuesto, soy el mejor, no hay otro como yo, ni lo habrá.

SECRETARIA. Está usted muy segura.

ACUSADOR. Por supuesto, (con orgullo). Creo en mí, soy mi propio dios.

POLICÍA. (Entra de nuevo.) Dice el señor juez que el juicio comenzará  cuando  él lo decida.

ACUSADOR. Muchas gracias, agente.

POLICÍA. Ah, y también dijo que no le molestara más. (Se dirige hacia la salida de la derecha.)

ACUSADOR. ¿Se puede saber a dónde se dirige agente?

POLICÍA. (Se vuelve.) Le contestaré solo porque soy muy educada, de lo contrario, no perdería el tiempo en responderle. Para su información, me dirijo a las celdas para traer al primer acusado, según órdenes que me dio el distinguido juez. (Sale del escenario.)

(El acusador se sienta muy molesto.)

JUEZ. (Entra por la izquierda.) Buenos días.

(La Secretaria y el Acusador se ponen de pie.)

SECRETARIA y ACUSADOR. Buenos días, señor juez. (Se sientan.)

JUEZ. Bien, comenzaremos con el juicio. Claro está, en el momento que llegue el primer acusado. (Toma uno de las carpetas que tiene sobre su mesa y lo revisa.)

POLICÍA. Señor Juez, le entrego a la primera acusada de hoy (Entra con la acusada y se sienta en la silla que está al lado contrario de la mesa del Acusador.)

JUEZ. Bien, (leyendo la carpeta) El juzgado de instrucción número 1, llama a la acusada Pilar Sánchez de la Peña, ¡en pie!

ACUSADA. Sí, señor.

JUEZ. ¿De qué se le acusa?

ACUSADOR. (Se pone de pie.) Se le acusa de varios delitos.

JUEZ. (Al Acusador.) Usted hablará cuando yo se lo indique.

ACUSADOR. (Se sienta, muy avergonzado.) Sí, señor.

SECRETARIA. (Se burla disimuladamente del Acusador.)

JUEZ. Bueno, procedamos con el juicio. Escucharemos primero la parte del fiscal.

ACUSADOR. (Se pone de pie, muy confiado y con altanería.) Gracias, señor juez. Bien, veamos: esta mujer ha cometido varios pecados muy graves que requieren ser juzgados con todo el peso de la ley. (Abre el expediente.) Bien, veamos, para empezar, quiero llamar como primer testigo a la misma acusada.

ACUSADA. Señor juez...

JUEZ. Silencio, por favor, proceda a obedecer la solicitud del señor Fiscal.

ACUSADA. (Triste.) Sí, señor.

ACUSADOR. (Sonriendo maliciosamente.) Bien, bien... Veamos. Aquí están todos los pecados que usted ha cometido. ¿Qué tal si hacemos un repaso de cada uno de ellos?

ACUSADA. Pero, señor juez...

JUEZ. Silencio.

ACUSADOR. Bien, remontémonos 10 años atrás. Usted era una niña de 5 años y  robó una manzana de la tienda de don Juan, ¿ajá? Después le mintió a su mamá diciendo que se la habían regalado... ¡Qué barbaridad! ¡Mentirle a la madre!

ACUSADA. Pero, señor juez...

ACUSADOR. A los siente años le arrancó la cabeza a una muñeca para que le compraran una nueva, engañando al papá... ¡Qué terrible! A los diez años se peleó con una compañera en la escuela.

ACUSADA. Pero ella fue la que empezó. Ella me empujó y yo me caí.

ACUSADOR. Sí, pero nada de eso hubiese pasado si no hubiesen hecho pellas en la escuela.

ACUSADA. (Inclina su rostro.)

ACUSADOR. Bien, a los doce se fue con varios compañeros a casa de una amiga. (A la Acusada.) ¿Quiere que especifique lo que hicieron o lo dejo así?

ACUSADA. (Apenada.) No, déjelo así, no vale la pena decirlo.

ACUSADOR. Sí, no vale la pena, hay algunas cosas bastante interesantes que ustedes hicieron en esa casa y ganas me sobran de mencionarlas.

ACUSADA. Sí, pero mejor no diga nada, ya bastante ha dicho.

ACUSADOR. Pero si no he terminado, todavía falta más. Por ejemplo, cuando compraron alcohol a escondidas durante el baile de graduación de la escuela. O en el colegio, las pellas para ir al parque de la esquina y no precisamente a jugar o a repasar un examen…. (Al juez.) Bien, señor juez, hay más, pero creo que con esto basta para acusar a esta mujer a cadena perpetua.

JUEZ. ¡Se levanta la sesión! El jurado se retirará a deliberar

(Se  quedan todos hablando entre ellos, excepto el fiscal que está completamente solo. Cuando se levanta el jurado para deliberar ven entrar al abogado.)

ABOGADO. (Observa en silencio la sala mientras entra. Se sienta al lado de la acusada)

JURADO I. Con su permiso Sr. Juez… este caso es muy complicado, hemos escuchado toda clase de acusaciones contra esta mujer, pero no hemos escuchado cómo se considera ella. Necesitamos saber si ella cree que es inocente o culpable para tomar una decisión.

JURADO 2. ¡Sí! Esto es verdad, además no hemos escuchado la defensa de su abogado. Acaba de llegar y tenemos la obligación de darle la palabra. Con la venia de su Señoría… (Mira hacia el juez y luego mira hacia el abogado.) ¿Sr. abogado que tiene que decir en defensa de esta mujer?

(El juez asiente con la cabeza y mira al abogado; este se queda callado.)

ACUSADA. Bueno, creo que nadie me puede defender, las acusaciones han sido muy claras y no me queda más remedio que declararme...

ABOGADO. (Poniéndose de pie.) Inocente.

(Todos comienzan a cuchichear.)

ABOGADO. ¡La joven se declara inocente!  Sr. Juez, solicito defender a la acusada.

ACUSADOR. (Se queda petrificado, asustado, ya no sonríe cínicamente, ahora está nervioso.)

JUEZ. Proceda

ABOGADO. Ella es inocente, si bien es cierto que se le acusa de muchas faltas, la verdad es que ella ya ha pagado por todas, porque yo mismo me he encargado de pagar su fianza. Si usted leyó detenidamente el expediente, este dice que Pilar Sánchez de la Peña ha sido absuelta de toda falta, y que el caso está ya cerrado.

JUEZ. Entonces, ¿por qué está este expediente en mi escritorio? ¿Se puede saber quién lo puso?

(Todos se vuelven hacia el Acusador.)

ABOGADO. ¿Quién más que este tipo? Solo él se ha dedicado a engañar a mentir, robar… Su único objetivo es destruir la vida de quienes vienen a esta sala de juicio, su corazón está lleno de odio y maldad. Muchos de los que han pasado por esta sala han sido encarcelados porque no se les dio otra oportunidad. ¡Él quiere que todos acaben en la cárcel y sufran sin derecho a ser perdonados!

ACUSADOR. Pero, señor juez...

JUEZ. Silencio, no tiene autorización para hablar. (Al Abogado.) Prosiga.

ABOGADO. Gracias. Como le decía, su señoría, este hombre ha engañado por mucho tiempo a muchas personas. Es más, si revisa el resto de expedientes, se dará usted cuenta de que la mayoría de ellos son casos ya cerrados.

JUEZ. (Revisa las carpetas. En su rostro se dibuja un gesto de sorpresa y de indignación.) No puede ser, es cierto. (Mirando al Acusador.) ¿Qué tiene que decir a esto?

ACUSADOR. (Nervioso.) Bueno, este... Yo... Vea su señoría, es algo muy complicado, quizá si lo vemos desde otro punto de vista, donde quizá se junten ambas situaciones, es donde podamos encontrar la respuesta, y entonces nos metemos por aquí y nos salimos por otro lado… sí, eso, por aquí está la salida... (Toma su maletín.)

JUEZ. (Enojado.) Un momento, usted no va a ningún sitio. Es usted un sinvergüenza, un liante y un engañador, lo quiero ver en mi despacho en cuanto acabe este juicio.

ACUSADOR. (Asustado.) Sí, señor.

JUEZ. (Al jurado.) Señores, miembros honorables del jurado, en vista de este nuevo giro de los acontecimientos ustedes deben de retirarse a deliberar.

JURADO 1. Sr Juez, no hace falta que nos retiremos. Todo ha quedado muy claro.

JURADO 2.  Sra.  Pilar Sánchez de la Peña: póngase en pie para escuchar nuestro veredicto final.

(La acusada y el abogado se ponen en pie)

JURADO 1. Es usted libre de todo cargo

JURADO 2.  Queda en libertad absoluta.

ACUSADO. (Feliz.) ¡Gracias!

(Todos aplauden menos el acusador.)

JUEZ. Este caso lo doy por cerrado y la corte entra en receso. (Al acusador.) Ya sabe, lo espero en mi oficina. (Al policía.) Se encarga usted de acompañarlo.

POLICÍA. Se hará como usted ordene, su señoría.

JUEZ. Bien, me retiro.

SECRETARIA. (Al Acusador.) ¿Sabe? Tiene razón, no hay nadie como usted, pero gracias a que tenemos en la sala al único abogado que puede defendernos de sus acusaciones, usted ya no podrá hacer más daño torturándonos cada día haciéndonos creer que no tenemos perdón.

ACUSADOR. (Se enoja.)

POLICÍA. Vamos, caballero, que el señor juez le está esperando.

(El Policía y el Acusador salen por la izquierda, la Secretaria lo hace por la derecha. El jurado también se levanta.)

ACUSADA. (Se vuelve hacia la sala mirando al jurado.) Gracias por interesarse en mi defensa, gracias por no juzgarme ante las acusaciones del fiscal.

JURADO 1. Yo podría haber estado en su lugar, también pude ser acusado por el fiscal, no podía juzgarla porque somos iguales ante el juez.

JURADO 2. Yo tampoco, Sra. Yo sí fui acusado por el Gran Acusador una vez y tuve el privilegio de tener a su abogado en mi defensa. Sabía que si le dejábamos hablar él no la acusaría y le haría parecer inocente de todos los cargos. Él también pagó la fianza por mí.

ACUSADA (Al Abogado.) Gracias, si no llega usted a tiempo, quizá ahora estaría de nuevo en la cárcel. Gracias, no sabe cuán agradecida estoy, no tengo cómo pagarle.

ABOGADO. Tranquila, ya usted me pagó.

ACUSADA. ¿Cómo? ¿Si yo no le he dado ni un euro?

ABOGADO. El hecho de darme las gracias es más que suficiente para mí. Yo no busco dinero, ni tampoco que me paguen, lo único que busco es la gratitud de aquellos a los cuales he salvado de la cárcel y que después de ser liberados se dediquen a vivir una nueva vida, dejando sus hábitos, sus vicios y su vieja manera de vivir y convirtiéndose en nuevos hombres y mujeres.

ACUSADA. Nunca había escuchado a alguien hablar de esa forma, en su hablar veo más que simples palabras, veo amor, un amor que en este mundo no se puede encontrar ni comprar.

ABOGADO. Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre a Jesucristo el Justo" (Toma su maletín y sale por la derecha.)

ACUSADA. (Se va pensativa.)

EPÍLOGO

SOÑADOR. (Ya es de día y se va despertando poco a poco. Se levanta y se pone de rodillas con actitud de agradecimiento.) Padre, gracias porque me das la seguridad de tu perdón. Porque tu dices en tu palabra: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana”
(Se levanta y mira al público.) Dios murió por ti y por mí para salvarnos del pecado. Aceptar su perdón solo depende de tu decisión. ¿Podrás aceptarlo?

(Se da la vuelta y sale de la habitación)