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2012 - España

La curación de Naamán

10 Minutos y 8 Personas + Extras. La obra representa la curación de Naamán en el río Jordan. Se tocan diferentes temas: adoración del verdadero Dios, obediencia y avaricia.

PERSONAJES

NARRADOR
NAAMÁN
MUJER DE NAAMÁN
NIÑA
ELISEO
GIEZI
REY
SIERVO
(Extras: soldados)

INTRODUCCIÓN

En esta ocasión conoceremos la historia de un general sirio que tuvo que tomar en serio el consejo de Dios, para ser salvo. En esta porción veremos una de las tantas verdades preciosas que la Palabra nos relata concerniente al carácter de Dios y de su manera sencilla de darnos la salvación que tanto buscamos.
Hoy debemos trasladarnos al año 850 a.C., más o menos 2.853 años atrás, para conocer una historia que nos llenará de gozo por el hecho de comprobar la inmutabilidad del carácter de Dios con respecto a su plan de proporcionarle al hombre su salvación personal.
La historia de este general sirio, valeroso y apreciado por el ejército que comandaba a las órdenes del rey sirio Ben-Adad II fue un hecho que ocurre durante el reinado de Joram, Rey de Israel, tiempo en el cual Israel era tributario de Siria.

NARRADOR. Hace mucho, mucho tiempo, en un lugar llamado Aram, vivía un guerrero llamado Naamán,  general del ejército de los Sirios. A su casa había llegado a trabajar una niña israelita capturada en una incursión de los sirios a su país.

NIÑA. (Orando.) ¡Oh, Dios de los cielos! Echo mucho de menos a mi familia… Por favor, ayúdame a servirte aquí y adonde quiera que vaya. No me desampares, guíame cada día y acompáñame en cada cosa que tenga que hacer para mostrar a los de este lugar tu poder. (Hablando consigo misma) Tengo que darme prisa para dejar todo limpio, debo organizar todo el salón y abrillantar cada cosa pero, (sorprendida) ¿qué es esto?

NARRADOR. La niña había quedado sorprendida, se había encontrado con la figura de un ídolo hecha de piedra.

MUJER DE NAAMÁN. (Gritando) ¡Criada! ¿Qué haces? Ten mucho cuidado con eso, es nuestro dios a quien adoramos (se lo arranca de las manos) y debes tratarlo con delicadeza. Es quien nos protege y nos cuida, ¿quieres pedirle conmigo para que también te ayude?

NIÑA. Oh, no, señora, lo siento, yo no puedo orar a un ídolo, yo solamente oro al Dios del cielo, Él sí me ve y me oye.

MUJER DE NAAMÁN. Bueno, allá tú. (Hablando consigo misma.) ¿Qué se puede esperar de una criada esclava, ignorante y, encima, israelita?

NARRADOR. Pasados unos días…

NIÑA. Ama, le traigo el desayuno a su habitación porque veo que está indispuesta. Pero, ama, ¿qué le sucede? ¿Por qué está llorando? No se aflija, todos los problemas tienen solución.

MUJER DE NAAMÁN. ¡Ay, criadita! Si tú supieras lo que me pasa, no dirías lo mismo. ¡El general Naamán está muy enfermo!

NIÑA. Ama, no se preocupe, pronto se recuperará.

MUJER DE NAAMÁN. No lo creo. Es totalmente imposible. Mi marido tiene una enfermedad llamada lepra.  La lepra es una enfermedad terrible: afecta a la piel y causa manchas blancas formando granos y lo peor… ¡Es una enfermedad muy contagiosa!  Ha ido a muchos médicos y lo único que le han dicho es que espere la muerte… ¡Me voy a quedar viuda!

NIÑA. Yo conozco a alguien que puede sanar al general. Ojalá el amo fuera a ver al profeta que está en Samaria, porque él lo sanaría de su lepra…

NARRADOR. Esa misma noche, cuando el general volvía de su trabajo…

MUJER DE NAAMÁN. Te tengo una buena noticia. Aún hay esperanzas. La criada me ha dicho que en Israel hay un profeta que sana enfermedades y que si tú vas a verlo te puede ayudar.

NAAMÁN. Pero hay un grave problema: el profeta es israelita y tú sabes muy bien que no nos llevamos bien con esa gente. Tal vez al saber quién soy no me quiera ayudar… (Pensativo.) ¡Ya sé! Mañana mismo iré a hablar con el rey para que me ayude.

NARRADOR.  La tarde siguiente, cuando volvía del palacio del rey Ben Adad…

MUJER DE NAAMÁN. ¿Cómo te fue con el rey?

NAAMÁN. ¡Muy bien! Me ha entregado una carta para el rey de Israel. Así conseguiré que el profeta me atienda sin ningún problema. Partiré esta misma noche. Prepárame el equipaje y también 10 talentos de plata, 6.000 siclos de oro y 10 vestidos nuevos.

NARRADOR. Unos días de viaje después, Naamán se presenta ante el rey de Israel.

NAAMÁN. ¡Larga vida a su majestad! Traigo esta carta del Rey Ben Adad. Por favor, le ruego me llame cuando tenga una respuesta, su majestad. (Se retira)

REY. (Lee en voz alta la carta.) “Aunque nuestros reinos no gocen de una estrecha unión, te ruego que consideres suministrar ayuda a uno de mis más apreciados servidores, el general Naamán, portador de esta carta, para que lo ayudes sanándole de la enfermedad grave que lo aqueja, la lepra”. (Rasgando sus vestiduras y gritando.) ¿Acaso soy yo Dios, para dar la muerte o dar la vida y para que este me envíe un hombre, a fin de que yo lo sane de su lepra? ¡Solo está buscando ocasión para pelear contra mí!

NARRADOR. Pero sucedió que cuando Eliseo, el profeta de Dios, oyó que el rey de Israel había rasgado sus vestiduras, envió a su siervo Giezi a hablar al rey.

GIEZI. ¡Oh majestad! Mi amo le envía un mensaje. Dice que no tiene por qué rasgar sus vestiduras, que simplemente el capitán sirio vaya a visitarlo y ¡así sabrá que hay profeta en Israel!

NARRADOR. Entonces Naamán llegó donde estaba Eliseo, enviado por el rey de Israel con sus siervos, sus caballos y su carro y se detuvo ante su casa.

GIEZI. Mi señor: ha llegado el general sirio y ruega que lo reciba.

ELISEO. Giezi, dile a ese general lo siguiente: “Ve, lávate siete veces en el Jordán, y tu carne te será restaurada, y serás limpio”.

NARRADOR. Giezi hizo tal como le habían ordenado y Naamán se llenó de furia se alejó.

NAAMÁN. (A sus soldados.) ¿Este hombre qué se ha creído? He aquí, yo pensaba que seguramente él saldría, que puesto de pie invocaría el nombre de Jehová su Dios, y que moviendo su mano sobre el lugar sanaría la parte leprosa. ¿No son los ríos de Damasco, el Abana y el Farfar, mejores que todas las aguas de Israel? ¿No podría yo lavarme en ellos y ser limpio?

SIERVO. Señor mío, si el profeta te hubiera mandado alguna cosa grande, ¿no la habrías hecho? Con mayor razón si él te dice: “Lávate y serás limpio.”

NARRADOR. Entonces él descendió y se sumergió en el Jordán, conforme a la palabra del hombre de Dios. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis y a la séptima vez que se sumergió su carne se volvió como la carne de un niño pequeño, y quedó limpio.

NAAMÁN. ¡Es un milagro! ¡Estoy curado! ¡El Dios de Israel es poderoso! ¡Vamos donde está el profeta Eliseo, rápido!


NARRADOR. Naamán volvió donde estaba Eliseo con toda su comitiva. Llegó muy contento.

NAAMÁN. ¡He aquí, yo reconozco que no hay Dios en toda la tierra, sino en Israel! Ahora pues, acepta, por favor, un presente de parte de tu siervo.

ELISEO. ¡Vive Jehová, a quien sirvo, que no aceptaré nada! No insistas, por favor, nunca aceptaré ningún pago.

NAAMÁN. Muchas gracias, Eliseo. ¡Dios sea contigo siempre! Te prometo que de aquí en adelante tu siervo no ofrecerá holocausto ni sacrificio a otros dioses, sino solo a Jehová.

ELISEO. Ve en paz.

NARRADOR. Cuando Naamán se alejó de él y había recorrido cierta distancia…

GIEZI. (Hablando para sí.) He aquí que mi señor ha eximido a este sirio Naamán y no ha tomado de su mano las cosas que él trajo. ¡Vive Jehová que ciertamente correré tras él y conseguiré de él alguna cosa!

NARRADOR. Giezi siguió a Naamán y cuando Naamán vio que venía corriendo tras él, se bajó del carro para recibirlo.

NAAMÁN. ¿Está todo bien?

GIEZI. Sí, pero mi señor me envía a decir: “He aquí, en este momento han llegado dos jóvenes de los hijos de los profetas, de la región montañosa de Efraín. Te ruego que des para ellos un talento de plata y dos vestidos nuevos.”

NAAMÁN. Dígnate a aceptar dos talentos y también te ataré en dos bolsas dos vestidos nuevos.

NARRADOR. Giezi se fue corriendo hasta su casa y guardó los presentes que había pedido a Naamán  en nombre de Eliseo y se fue a verlo. Entonces él entró y se puso de pie delante de su señor.

ELISEO. ¿De dónde vienes, Giezi?

GIEZI. Tu siervo no ha ido a ninguna parte.

ELISEO. ¿No estuvo allí mi corazón cuando el hombre volvió de su carro a tu encuentro? ¿Es esta la ocasión de aceptar dinero o de aceptar ropa, olivares, viñas, ovejas, vacas, siervos y siervas?  Por tanto, la lepra de Naamán se te pegará a ti y a tus descendientes para siempre.

GIEZI.   (Tapando su cara, desesperado.) ¡¡¡Nooooooooooo!!!!

NARRADOR. Giezi salió de su presencia leproso, blanco como la nieve, triste fin para un siervo egoísta, avaro y ciego espiritualmente. Pero, veamos qué sucede cuando Naamán llega a su casa…

MUJER DE NAAMÁN. ¡Qué alegría verte curado, amado esposo!

NAAMÁN. Si, mujer, pero lo más importante es que esta enfermedad me enseñó que el verdadero Dios mora en el cielo. No necesitamos más ídolos como este. De ahora en adelante en esta casa adoraremos únicamente al Dios de Israel, ese Dios sí es poderoso.

Conclusión:
Hay dos tipos de limpieza: una física que nos quita la suciedad externa y otra espiritual que nos limpia por dentro, de nuestros pecados, de nuestra soberbia, de nuestras malas costumbres… Naamán se limpió espiritualmente porque se sometió a la orden de Dios para su vida y solo entonces Dios pudo sanarle.  Dios puede hacer el mismo cambio en nuestras vidas. Dios ha provisto una manera para quitar nuestro pecado. Cristo murió y resucitó por nuestros pecados, sin hacer acepción de personas. Si creemos en Él y le pedimos que sea parte de nuestra vida y perdone nuestros pecados, Dios lo hará. Dios vendrá a ser parte de nuestra vida y nos ayudara a vivir por Él.

Podemos aprender de esta lección que podemos compartir de Dios con otros.  La niña esclava le dio a Naamán su mejor regalo, le habló del Dios que sana. Naamán, por su parte, recibió el presente más valioso: su sanidad.

¿Quieres ser un regalo especial para otros? No debemos olvidar que somos el mejor regalo para nuestra familia, vecinos, amigos y personas en general, porque somos la obra perfecta de Dios. Él desea bendecir tu vida, pero hoy tendrás que humillarte como Naamán, delante de la presencia de Dios y serás limpio de todos tus pecados, no importa cuán graves hayan sido.