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2012 - España

Un tazón y una cobija para el abuelo

10 Minutos y 5 Personajes. Un anciano padre va a visitar a su hijo pero su visita no parece agradar mucho a todos los miembros de la familia. El abuelo le pide quedarse con ellos en la casa porque se siente solo y el hijo acepta pero, los niños que observan toda la escena, le darán una lección mayor que nunca olvidarán. 

UN TAZÓN Y UNA COBIJA PARA EL ABUELO
Escrita y adaptada de las reflexiones: "El tazón de madera" y "La media cobija", por Diana Carolina Peñuela

PERSONAJES

FRANCISCO (Abuelo)
JULIO (Hijo Adulto)
JULIANA (Esposa de Julio)
JULIÁN (Hijo de la pareja)
JULY (Hija de la pareja)

PROGRAMA. Con anterioridad, hacer los arreglos para que asistan algunos padres o hijos (que no asisten a la iglesia o están alejados de ella) de algunos hermanos de la iglesia.  La idea es pedirles que lleguen antes y mantenerlos escondidos y  después de los preliminares, anunciar que a algún o algunos padres/ hijos se les ha preparado una sorpresa y hacer que aparezcan los invitados.

OBJETIVO: Concientizar a los hijos tanto adultos como jóvenes, el respeto, consideración y amor hacia los padres ancianos, recordarles que debemos guardar el quinto mandamiento de la ley de Dios, sin importar la edad o condición de nuestros padres.

(La escena se desarrolla en el interior de una casa, con un comedor. Se necesitará una cobija vieja cortada en dos, tazón o utensilio de madera, mesa rústica pequeña, trozos de madera para que los niños jueguen.)

NARRADOR. Don Francisco era ya un anciano cuando murió su esposa. Durante largos años había trabajado con ahínco para sacar adelante a su familia. Su mayor deseo era ver a su hijo convertido en un hombre de bien respetado por los demás y para lograrlo dedicó su vida y su escasa fortuna. A los ochenta años, Don Francisco se encontraba sin fuerzas, sin esperanzas, solo y lleno de recuerdos.  Esperaba que su hijo Julio, ahora brillante profesional, le ofreciera su apoyo y comprensión, pero veía pasar los días sin que este apareciera, y decidió ir a visitarlo para, por primera vez en su vida, pedirle un favor. Don Francisco tocó a la puerta de la casa donde vivía el hijo con su familia.

FRANCISCO. (Toca a la puerta.)

JULIO. ¡Hola papá, qué milagro que vienes por aquí!

FRANCISCO. Hola hijo, hace mucho que ya no van a visitarme y me estaba sintiendo muy solo… por eso quise venir a verlos y saber cómo estaban.

JULIO. Sí, papá es que hemos  tenido muchas cosas… Ya sabes: el trabajo, los niños… y no hemos podido ir, pero a nosotros nos da mucho gusto que vengas a visitarnos; ya sabes que esta es tu casa. Ya casi vamos a cenar… Sigue, sigue…

FRANCISCO. Gracias hijo y, ¿cómo están los niños?

JULIO. Muy bien papá. (A su mujer.) Juliana, amor, llegó mi padre. (A sus hijos.) Niños, vengan a saludar al abuelo

JULIANA. (Hace mala cara y no está muy animada.) Hola, don Pachito, ¿cómo le va?

NIÑOS. ¡Abuelo, abuelo!

(Lo abrazan.)

JULIO. Amor, mi padre se quedará a cenar con nosotros. 

(Uno de los hijos que está jugando cerca escucha la conversación.)

JULIANA. (Con ironía.) ¡Qué bueno, mi amor! (Le hace mala cara al esposo.) Ven  un momento, amorcito. ¡Ay, no, amor! Tú sabes que a mí no me gusta que venga don Pachito a comer porque siempre me riega la comida; cuando no es sobre el mantel, es sobre los muebles y no falta el día en que no me parta algo de la vajilla. ¡Qué pereza!

JULIO. Amor, no te preocupes. El domingo que estuve en la plaza, compré un tazón de madera especial para él así que ya no te romperá más loza; y compré también una mesita para que cuando venga a visitarnos, lo sentemos aparte y no te ensucie el mantel. 

JULIANA. Bueno, amor, pero lo que él riegue, tú te encargarás de limpiarlo.

JULIO. Sí, amor, no te preocupes… Y habla en voz baja que papá te va a escuchar…

JULIANA. Ok, ok…
(Se va para la cocina, trae los platos y al abuelo le sirve en el tazón de madera. Mientras tanto, Julio acomoda una mesita rústica y pequeña alejada del comedor.)

JULIANA. (Sirve al abuelo en la mesita con el tazón de madera) Siga por acá, don Pachito.

JULIO. (Lo acompaña de la mano hasta la mesita.) Ven, papá, siéntate aquí, aquí estarás más cómodo.

(La familia se sienta a la mesa y los niños miran al abuelo con tristeza.)

JULIÁN. Papi, ¿por qué el abuelo no se sienta a la mesa con nosotros?

JULY. Sí, papi, ¿por qué se sentó tan lejos de nosotros?

JULIANA. ¡Shhhh! ¡Silencio, niños! Ya les he dicho que no deben hablar durante la cena.

JULIO. Hijos, lo que pasa,  es que papá ya está muy abuelito y se le riega la comidita y nos puede manchar el mantel…

(Los niños se quedan pensativos. Terminan de comer y la esposa recoge los platos y se va hacia la cocina; los niños se sientan en el piso y se ponen a jugar con unos trozos de madera cerca del  padre y el abuelo,  aunque los niños continúan jugando, escuchan la conversación.)

JULIO. ¿Qué más, papá? ¿Cómo has estado?

FRANCISCO. Hijo, la verdad es que me siento muy solo; además, estoy cansado y viejo. Ya sabes que no me gusta molestarte, con mis cosas… pero… 

JULIO. No te preocupes, papá, ya sabes que siempre puedes contar conmigo.

FRANCISCO. ¡Qué bueno! Pensé que sería un estorbo…

JULIO. Papá, ¿cómo se te ocurre pensar algo así?

FRANCISCO. Entonces, ¿no te molestaría que me quedara a vivir con ustedes? ¡Me siento tan solo…!

JULIO. ¿Quedarte a vivir aquí? Sí, claro... Pero no sé si estarías a gusto. Tú sabes, la casa es pequeña, Juliana es buena esposa pero, ya sabes, es un poco malgeniadita... y los niños...

FRANCISCO. (Con tristeza.) Mira, hijo, si te causo muchas molestias, olvídalo. No te preocupes por mí, me devuelvo para mi casa, no pasa nada, yo entiendo.

JULIO. No, padre, no es eso. Sólo que... no se me ocurre dónde podrías dormir. No puedo sacar a los niños de sus cuartos, Juliana no me lo perdonaría... o solo que no te moleste...

FRANCISCO. ¿Qué hijo?

JULIO. No, olvídalo.

FRANCISCO. Dime, hijo.

JULIO. A menos que no te moleste dormir en el patio...

FRANCISCO. (Con tristeza y bajando el todo de voz.) Dormir en el patio... Está bien…

JULIO. ¡Julián! ¡Ven acá!

JULIÁN. Dime, papá.

JULIO. Mira, hijo, tu abuelo se quedará a vivir con nosotros. Tráele una cobija para que se tape en la noche.

JULIÁN. ¿En serio? (A su hermana que está jugando con unas maderas en el piso.) Mariana, ¿escuchaste? ¡El abuelo se quedará a vivir con nosotros! (Con expresión de felicidad.)

JULY. ¿De verdad? ¡Yupi! ¡El abuelo se va a quedar a vivir con nosotros!

JULIÁN. Papi, y, ¿dónde va a dormir el abuelo? ¿En mi cuarto?

JULIO. No, hijo, el abuelo dormirá en el patio, él no quiere que nos incomodemos por su culpa.

JULIÁN. ¿En el patio?

(Julián va a por la cobija y se demora un poco. Mientras tanto los padres observan el juego de la niña en el piso. Se le acerca la madre.)

JULIANA. July,  princesa, ¿qué estás haciendo ahí?

JULIO. Sí, nena, ¿a qué juegas? ¿Qué están construyendo?

JULY. Julián y yo estamos haciendo unos tazones de madera.

JULIO. ¿Tazones de madera?  ¿Y para qué?

JULY. Uno para ti y otro para mamá, para cuando nosotros seamos adultos y ustedes estén viejitos, viejitos, puedan comer en ellos.

(Julio y Juliana se miran con tristeza. Llega el niño con una cobija.)

JULIÁN. ¡Papá,  papá! Aquí está la cobija…

JULIO. (Toma la cobija y se da cuenta de que está divida en dos). ¿Qué hiciste, Julián? ¿Por qué cortaste la cobija que le vamos a dar a tu abuelo?

JULIÁN. Papá, es que estaba  pensando...

JULIO. ¿Pensando en qué? (Lo regaña.)

JULIÁN. Que como tú dices que el tiempo pasa muy rápido… He pensado que debo guardar la otra mitad de la cobija para cuando tú seas viejito y te vayas a dormir al patio de mi casa.

NARRADOR. Las palabras de estos pequeños golpearon a sus padres de tal forma que quedaron sin habla. Las lágrimas rodaban por sus mejillas. Y, aunque ninguna palabra se dijo al respecto, ambos sabían lo que tenían que hacer. Esa tarde el esposo tomó gentilmente la mano del abuelo y lo guío de vuelta a la mesa de la familia. Por el resto de sus días ocupó un lugar en la mesa con ellos, puso a sus hijos en una misma habitación, y arregló una acogedora habitación para su padre. Por alguna razón, ni el esposo ni la esposa parecían molestarse más cada vez que el tenedor se caía, la leche se derramaba o se ensuciaba el mantel.

Si eres un padre: Recuerda que los niños son altamente perceptivos. Sus ojos observan, sus oídos siempre escuchan y sus mentes procesan los mensajes que absorben. Si ven que con paciencia proveemos un hogar feliz para todos los miembros de la familia, ellos imitarán esa actitud por el resto de sus vidas. Los padres y madres inteligentes se percatan que cada día colocan los bloques con los que construyen el futuro de su hijo. Seamos constructores sabios y modelos a seguir.

Si eres un hijo: Ese hombre que trabajó sin cansancio por ti y te llevaba muchos años de su mano protegiéndote de los peligros, un día se pondrá viejo y necesitará que tú le acompañes, le des la mano y le ayudes. No seas ingrato con él

Vamos a leer Éxodo 20:12 “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da”.
Amemos y respetemos a nuestros padres, ¡ellos dieron todo por nosotros! Y, recuerda: este es el único mandamiento con promesa.
Independientemente de la relación que tengas con tus padres, una cosa es segura: los vas a extrañar cuando ya no estén contigo. Pídele a Dios que puedas amarlo, respetarlo y valorarlo mientras viva; después, ¡será demasiado tarde!

ORACIÓN: Pedir a los padres que sin importar la edad de sus hijos, pasen junto con ellos al frente y elevar una oración por ellos.

2 comentarios:

Niurka Cabreja dijo...

Saludos.

En verdad este programa esta excelente. Tiene una enseñanza para los valores que se estan perdiendo en nuestra sociedad.

Gracias

Anónimo dijo...

Me encanto lo hace a uno sentirse semcible