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2012 - España

Parece Navidad

25 Minutos y 12 Personajes. A un periodista se le encarga escribir un artículo sobre la Navidad. Se espera de él que ensalce los valores de la Navidad, aunque no existan, porque es eso lo que todos los lectores esperan leer. Después de entrevistar a varias personas, ¿a qué conclusión llegará?


PARECE NAVIDAD


PERSONAJES

REPORTERO
DIRECTOR
SEÑORA
MUJER
VAGABUNDO
LAURA
ALEX
DONCELLA
RITA
HIJA
INVITADO
BORRACHO



ESCENA I



(El reportero es llamado al despacho del Director del periódico. Allí se desarrolla el siguiente diálogo.)

DIRECTOR. ¡Hola González! He decidido encargarle a usted un trabajito muy fácil.

GONZÁLEZ. Hola Sr. Director. ¿De qué se trata?

DIRECTOR. Pues mire, tiene usted que hacer un reportaje de algo que existe pero en lo que todo el mundo está convencido que cree: la Navidad. ¿Qué le parece?

GONZÁLEZ. Hombre, no lo veo demasiado difícil. ¿Qué es exactamente lo que usted espera de mí?

DIRECTOR. Mire González, usted y yo sabemos que a la gente le gusta hacerse la ilusión de que la Navidad es algo muy bonito. Un tiempo ideal en el que todas las penas se olvidan y las familias se unen. Esto es lo que nuestros lectores quieren leer, esto es lo que les vamos a dar y esto es lo que usted tiene que escribir.

GONZÁLEZ. ¿Pero no cree usted que puede ser que a lo que yo llegue por medio de mi investigación sea diferente de lo que la gente quiere aparentar?

DIRECTOR. González, no quiera usted ser más listo que nuestros lectores. Haga lo que le he pedido y no se preocupe de nada más.

GONZÁLEZ. Sr. Director, con todos mis respetos le advierto que yo voy a hacer un verdadero trabajo de investigación y que no voy a ocultar los resultados de mi trabajo sean los que sean.

DIRECTOR. Allá usted, González. A ver a qué tiene más apego, si a sus principios o a su paga.

(El reportero sale del despacho malhumorado.)

GONZÁLEZ. Pues mira por donde a los primeros que voy a visitar es a los ricos. Esos son los más falsos y los peores. Ya verás tú qué divertido.


ESCENA 2

(Se ve al reportero llamando a una puerta que es abierta por una mujer de unos 30 años y que con tono condescendiente característico de los pudientes le pregunta al reportero que qué quiere.)

GONZÁLEZ. Hola, buenos días. Perdone que le moleste. Soy de la revista 11 Minutos y estamos haciendo un reportaje sobre la Navidad. ¿Le importaría que le hiciera unas preguntas?

SEÑORA. No hay problema. Pase y siéntese. Dése prisa que me parece que suena el teléfono.

GONZÁLEZ. Muchas gracias (Entre sí.) ¡Qué raro que me hagan pasar a la casa! Esto no me lo esperaba.

(Se oye una conversación telefónica entre la señora y quien le ha llamado.)

SEÑORA. Sí mamá, claro que lo sabemos. Mañana iremos a comer contigo como cada año por Navidad. (Pausa.) ¿Que qué le he comprado a Vanesa? Pues mira: 3 lotes de cuentos sobre el oso Yogui, una cocina de madera, dos juegos de belleza y tres muñecas. Una canta, otra plancha y la otra no sé lo que hace pero así la tendré ocupada toda la Navidad. Ya sabes que sin ir al colegio será un plomazo tenerla en casa todo el día. (Pausa.) Sí, mamá. Claro que he comprado todos los regalos. (Pausa.) ¿Cómo está papá? (Pausa.) Me alegro. Dile que tengo una sorpresa para él. (Pausa.) Sí, mamá, seremos puntuales.

(El reportero, que presencia la escena va tomando notas sin que la mujer se lo impida o manifieste desagrado. Así, cuando al final se despide de la madre le dice al reportero…)

SEÑORA. Veo que ha tomado usted algunas notas. Así habrá cosas que ya las sabrá. ¿Quiere usted tomar algo? ¿Unas pastitas, una tónica? Dígame.

GONZÁLEZ. No, gracias. Se lo agradezco mucho. Quisiera preguntarle alguna otra cosa.

SEÑORA. Adelante, no hay ningún problema.

GONZÁLEZ. Quisiera saber si de verdad van ustedes a pasar la Navidad juntos. ¿Lo hacen así todos los años o es que este año hay algo especial?

SEÑORA. Pues verá usted. Este año sí que es especial. Hace 10 años que nos casamos y mi marido y yo queremos celebrarlo de una forma especial. Pero es nuestra costumbre reunirnos con los familiares más cercanos en Navidad y así compartir unas fechas que a todos nos llenan de felicidad. Este año mi marido ha manifestado un interés especial en que sea en casa de mis padres. Él sabe que para mí esa casa tiene un valor especial y me ha querido hacer feliz con ello.

GONZÁLEZ. Es todo un detalle de cariño. Veo que ustedes se quieren mucho, en contra de la costumbre de hoy en día, en la que lo que domina son las apariencias pero en la que casi nunca hay verdadero amor.

SEÑORA. Sí. Mi marido y yo nos queremos mucho. No sólo en Navidad y delante de la gente, sino también el resto del año y cuando estamos solos. Especialmente entonces.

GONZÁLEZ. ¡Qué bien! Me alegra encontrar gente como ustedes. Creía que ya no había gente así.

SEÑORA. Claro que sí, hombre. No sea usted tan pesimista... Ahora, si no tiene nada más que preguntarme me tendrá que perdonar. Tengo que ir a recoger a mi hijo que está en casa de unos amigos.

GONZÁLEZ. Sí, cómo no. Perdone el tiempo que le he robado y muchas gracias por todo. Ya leerá usted mi reportaje.


ESCENA 3

(El reportero se va pensativo y extrañado. No es que no le guste, pero le parece demasiado bonito como para ser cierto. Caminando por las calles llega a una zona en la que hay varias casas que se nota que son de gente de pocos recursos. En la entrada de una de ellas ve a una joven madre con dos de sus hijos corriendo a su alrededor. Se le ocurre que a ella también debería preguntarle cómo va a pasar la Navidad.)

GONZÁLEZ. Hola señora, estoy haciendo un reportaje sobre la Navidad. ¿Le importaría que le hiciera unas preguntas?

MUJER. (La mujer reacciona rápido.) Nosotros también celebramos una Navidad muy bonita. No se crea que porque somos pobres no la celebramos. Nos juntaremos con mi marido que está trabajando y con otros familiares que vienen de lejos. Celebraremos una Navidad que cada año se hace más inolvidable por lo hermosa que es. ¿Qué le parece a usted?

GONZÁLEZ. Me parece fabuloso. Pero, ¿no cree usted que si tuvieran más dinero podrían pasar unas Navidades mucho más felices?

MUJER. No, no. Nosotros no necesitamos el dinero para ser felices. Nos queremos mucho y eso nos basta. Hombre yo no le digo a usted que nonos iría bien un poco más de dinero. Pero tanto como para ser más felices, no.

GONZÁLEZ. Y, si tuviese la suerte de ganar la lotería, ¿qué haría usted con el dinero?

MUJER. Yo se lo daría todo a mis familiares y lo repartiría con gente que conozco que sé que necesitan mucho. Pero esto no sólo soy yo. Mi marido, mi cuñado, todos los que aquí vivimos lo haríamos. Ya lo hemos hablado muchas veces.

GONZÁLEZ. Es extraordinario. Le agradezco mucho que me haya dedicado este tiempo. Y, que tengan ustedes unas felices Navidades.

(El reportero empieza a creérselo. Comienza a creer que la Navidad existe, que la gente tiene razón. Que es más que una ilusión. Así que más animado, decide seguir con su trabajo. A la siguiente persona que ve es a un vagabundo que está en una esquina revolviendo un unas bolsas de basura.)


ESCENA 4

GONZÁLEZ. Hola, buen hombre. ¿Cómo está? Estoy haciendo un reportaje sobre la Navidad. ¿Le puedo preguntar algunas cosas?

VAGABUNDO. ¿Qué quiere usted saber sobre la Navidad? Todo el mundo sabe que es una tomadura de pelo. Que no existe. Es un cuento inventado para hacer gastar dinero a la gente. Sabe, no se puede imaginar lo que se aprende en la calle sobre la Navidad. Si fuera verdad que sirve para unir a la gente, yo lo habría visto. He visto a muchas familias desunidas que salían de una fiesta o de una cena y era evidente que acababan de celebrar la Navidad aparentando estar unidos.

GONZÁLEZ. Hombre, pero, ¿no cree usted que a veces la Navidad sirve para unir a gente que ha estado separada durante mucho tiempo?

VAGABUNDO. Mire, si existiera de verdad, las limosnas fuertes durarían todo el año.

GONZÁLEZ. Y, ¿dónde está su familia?

VAGABUNDO. Yo no tengo familia ni la he tenido nunca. Además no la necesito para nada. Lo único para lo que sirve la familia es para discutir y llevarse mal. No vale la pena tenerla. He visto muchas que aparentemente son muy buenas pero que son verdaderos tiburones. Así que no necesito tener una.

GONZÁLEZ. Bueno, le agradezco que me haya contado todo esto. He aprendido mucho hablando con usted.



ESCENA 5

(El reportero se va a su casa y se pone frente a su máquina de escribir. Comienza el artículo pero no consigue escribir fluidamente. Se oye su voz en off.)

GONZÁLEZ. No puede ser. Es increíble que todo lo que me han dicho sea verdad. (Sigue escribiendo y vuelve a pararse.) No creo que ese vagabundo sea tan escéptico... Y los ricos. Qué me van a decir a mí que están unidos. No lo estaba yo siendo pobre y lo van a estar ellos que son ricos. (Se pone de pie y sale de casa diciendo…) Me cuesta creerlo. Voy a comprobar que no me han tomado el pelo.



ESCENA 6

(Se dirige en primer lugar a la casa de los ricos para ver si es cierto que pasan la Navidad tan en familia. Al llegar allí ve a Laura en su casa sentada en su sofá, que ve aparecer a su marido desde dentro de la casa con dos maletas.)

LAURA. Alex, ¿adónde vas con esas dos maletas?

ALEX. ¿No sabes que salgo de viaje?

LAURA. Sabía que tenías que salir de viaje pero pensé que no sería este fin de semana.

ALEX. Sabes que mi trabajo es muy importante para mí.

LAURA. Pero este fin de semana es diferente, es Navidad. Tenemos que cenar y comer con la familia. No puedes marcharte, todos esperan que estemos juntos y unidos.

ALEX. Vamos Laura. No me vengas con sentimentalismos; no te van.

LAURA. ¿Sentimentalismos? ¿Es que no piensas en tu hija? Los dos sabemos que ella es el único lazo de unión que nos queda. ¿Es que ella tampoco significa ya nada para ti?

ALEX. Cariño, mira, yo...

LAURA. No me llames cariño. Aquí entre nosotros no tienes porqué fingir. Los dos sabemos que todo es una farsa.

(Entra la doncella. Se dirige a Laura cortando el diálogo.)

DONCELLA. Disculpe, señora.

LAURA. Dime, Lorena.

DONCELLA. Su amiga Rita está aquí.

(De pronto se oye la voz de Rita que irrumpe antes de que Laura pueda decirle que entre.)

RITA. Hola querida. ¡Alex! Estáis magníficos. ¡Qué buena pareja hacéis! Parece que no pasan los años para vosotros. Alex, ¿te quedarás con nosotras para tomar el té?

ALEX. No. He de marcharme. Te llamaré, cariño.

RITA. Laura, ¿no cenáis esta noche en casa de tus padres?

LAURA. Pues claro. ¿Por qué lo preguntas?

RITA. Me parece extraño que Alex lleve maletas como si saliera para un viaje. ¡Si sólo va a cenar a casa de tus padres!

LAURA. ¡Ah! ¿te refieres a eso? Es que ha comprado algunos regalos y cree que allí van más seguros. Ya sabes cómo son los hombres. Haré que sirvan el té, querida.

RITA. Pues sí que hay hombres raros en este mundo.

(Entran la doncella y la hija a la habitación.)

HIJA. Mamá, ¿es verdad que ya no iré al colegio hasta el año que viene?

LAURA. Claro, niña, ahora estamos en Navidad. Vamos, saluda a tía Rita, ¿qué modales son esos para una señorita?

HIJA. Hola tía Rita.

RITA. Hola Vanesa, estás muy guapa.

HIJA. Mamá, y ¿qué es la Navidad?

LAURA. Bueno, la Navidad es... una fiesta donde te regalan muchas cosas. ¿Te gusta?

RITA. Todos los niños bombardean con las mismas preguntas.

LAURA. Bueno Vanesa, vete a jugar con nani.

DONCELLA. ¡Vaya fiestas que me esperan! Es agobiante. No sé si podré aguantarla. Cuando empieza a preguntar es una pesada.

(El reportero, que hay presenciado la escena desde una ventana, no resiste más el espectáculo y se va.)



ESCENA 7

(Va hacia la zona donde vive la mujer pobre que entrevistó. Al llegar allí hace intención de llamar al timbre, pero no le hace falta para saber lo que está pasando dentro. Se oye a la mujer pobre en medio de un gran follón intentando hacerse oír por encima del barullo que arman varios borrachos y un montón de niños.)

MUJER. ¿Dónde estará ese borracho de marido que tengo? Desgraciado, todo el año borracho, y en Navidad para variar, también. Si lo cojo... ¡Maldita Navidad! Todo el mundo se cree que es felicidad y vaya porquería que es la Navidad. ¡Si al menos fuéramos ricos! Esos si que se pasan bien la Navidad. ¡Esos si que son felices! Y mira el José, le toca la bonoloto y ya le hemos visto. Si me tocara a mí me iría lo más lejos posible, a un sitio donde nadie me conociera. Pero claro, ¿cómo voy yo a ganar la lotería con la mala suerte que tengo?

INVITADO. Isabel, ven ya por aquí a limpiar el suelo que el guarro de tu hijo ha tirado el champán por el suelo.

MUJER. Maldito niño. Tan pequeño y ya sigue los pasos de su padre. Borracho a los trece años. Así lo pillase un tren. Que no sirve para nada más que para gastar y romper.



ESCENA 8

(El reportero abandona el lugar y camina cabizbajo por la calle. De pronto ve a alguien que se dirige a él.)

BORRACHO. ¿Quiere un trago? Ande, acompáñeme. Sí, es a usted.

GONZÁLEZ. No, gracias, no bebo.

BORRACHO. Ah, claro, a usted no le hace falta. Lleva sus zapatos bien lustrados. Su corbata bien puesta y seguro que un montón de dinero en su bolsillo.

GONZÁLEZ. ¿Cómo es que usted no está con su familia celebrando la Navidad? ¿O es que usted tiene algo que olvidar? No me parece usted un hombre corriente.

BORRACHO. ¿Quién diablos es usted?

GONZÁLEZ. Vamos, siéntese. Se va a caer.

BORRACHO. Déjeme. Estoy bien, muy bien.

GONZÁLEZ. Usted necesita alguien que le cuide. ¿Por qué está así? ¿Qué intenta usted arreglar con la bebida?

BORRACHO. ¿Qué sabe usted de mi vida? ¿Quién se cree que es usted para darme órdenes? Mire, yo no creo en la Navidad. Todo es como un, un, un hechizo que la gente se cree durante tres o cuatro días. Pero nada de eso es cierto. La gente come bien mientras otros pasan hambre, se divierten y ríen mientras otros están muertos o luchando por un país que nunca les dio nada ni nunca les dará a no ser que seas alguien respetable a quien todo el mundo quiera imitar aunque por dentro estés corrompido por el poder, el odio o el dinero. ¿Sabe una cosa? Yo no siempre fui así. Recuerdo las Navidades que pasaba de pequeño y aún siento nostalgia. Creo que la Navidad fue creada para los niños. Yo era el menor de mi familia. Mi padre, aunque algo mayor se había casado con mi madre por un acuerdo establecido por mi abuelo. Mi abuelo había fundado un gran imperio, que legó a mi padre. En mi vida había comodidad, bienestar, y yo diría bastante lujo. Poseíamos casas, coches y propiedades. Pero nunca fuimos una familia como las demás. Mi padre nunca amó a mi madre. Sólo la respetaba porque era la madre de Esteban, mi hermano mayor. Mi padre nunca fue un hombre demasiado cariñoso con nosotros. Pero con Esteban era diferente. Adoraba a mi hermano, tenía puestos en él todos sus sueños. Además de ser el primogénito, mi hermano era el ser más comprensivo y dulce de todos nosotros. Al contrario que yo que siempre tuve un carácter difícil que mi padre nunca supo comprender. En Navidad solíamos esquiar. Teníamos una pequeña cabaña. Yo había insistido en ir. Mi hermano había accedido no de muy buena gana, pero él se desvivía por complacerme. Sabía que yo no conseguiría nunca recibir de mi padre lo que él había recibido sin el menor esfuerzo. Un alud cayó sobre nosotros mientras esquiábamos, y mi hermano murió dos días después de la noche de Navidad. Desde aquel día mi vida cambió por completo. Mi padre no sólo me despreciaba, sino que también me odiaba. Deseó que yo hubiese muerto en su lugar, pero yo sólo tenía una pierna rota y la cabeza abierta, demasiado poco en comparación con Esteban. ¿Dónde estaba Dios? Dígame, ¿dónde estaba? Yo no pude ni siquiera ayudarle, no me dejaron ni verlo. Me prometí a mí mismo ser como el, pero aunque estudié en los mejores colegios, me gradué, fui a la universidad, hice carrera militar y me condecoraron, él nunca valoró mi vida. Siempre me censuró e incluso me comparó con él. Cuando le presenté a Feli, mi novia, se enfadó mucho conmigo. Nunca quiso que me casara con ella. Él ya había preparado mi matrimonio como habían hecho con él. Nunca supe que era un alcohólico hasta que murió. El alcohol lo había matado. El Dr. Nos contó a mi madre y a mí, que había estado bebiendo desde la muerte de mi hermano. Nunca me perdonó ni tampoco se arrepintió de nada antes de morir. Me dijo: tu hermano nunca habría dejado que tú murieses. Sentí una profunda lástima por él. Deseé haber muerto aquella Navidad y que mi hermano aún viviese. Entonces él hubiera sido feliz, pues comprendí que su vida había sido dura. Nuestro imperio se vino abajo. El alcohol no sólo acabó con él sino también con todo nuestro dinero. Tuvimos que pagar muchas deudas que había dejado pendientes. ¿Comprende ahora por qué no me gusta la Navidad? No creo en ella como tampoco creo en un Dios salvador. ¿Dónde estuvo y dónde está? ¿Sabe una cosa? Lo peor de todo es que no soy mejor de lo que fue mi padre.

(El reportero se queda sin respuesta. Sus ojos están fijos en él y en su mente hay una historia de su artículo de Navidad. Pero en su corazón hay un sentimiento de ahogo e impotencia. En el camino de vuelta a casa, pensativo se oye su voz en Off.)

GONZÁLEZ. Parece que además de terminar el artículo tendré que arreglar algo que lleva años sin funcionar y que debería hacerlo de nuevo. ¿Cómo estarán? Sólo es una llamada...

(Al llegar a su casa se le oye marcar un número de teléfono.)

GONZÁLEZ. Hola cariño. ¡Feliz Navidad!