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2012 - España

El milagro de Navidad

30 Minutos y 16 Personajes. Una viuda pobre y su hijo cojo reciben la visita de los Reyes de Oriente. El niño quiere entregarle el único objeto que tiene de valor: su bastón y al hacerlo recibirá él otro regalo del niño de Belén: la sanación.


EL MILAGRO DE NAVIDAD


PERSONAJES

SARA
RUBÉN
MARCOS
PASTOR 1
PASTOR 2
PASTOR 3
TOMÁS
MATÍAS
FELIPE
TIRSA
OLGA
MILKA
GASPAR
MELCHOR
BALTASAR
NARRADOR


NARRADOR. ¡Navidad, recuerdos gratos! Calor, alegría, amistad, regalos, cantos… ¡Noche mágica de Navidad! ¡Cuántos ensueños y añoranzas! Luz, color, música, poesía, dulces y frutas. ¡Amor! Todos amamos la Navidad, pero muchos en este día no tienen un plato de comida para compartir ni un dulce para aliviar las amarguras de sus penas. Sara y Rubén no tienen nada para pasar la Navidad. Ella, una viuda muy pobre. Él un niño cojo que no tiene otra cosa que las ilusiones de su fantasía infantil. ¡Oh, Navidad! ¿Qué le darás al niño cojo en esta noche? ¡Navidad! ¿Qué le daremos nosotros al Niño de Belén?
Sara y Rubén, dos almas pobres que representan a tantas familias que, como ellos, no tienen nada para comer en esta noche. Rubén, el niño cojo, representa a todos aquellos niños que anhelan ver una estrella que cambie el rumbo de su vida. ¿Qué estará mirando al cielo? ¿Por qué se ilumina su rostro infantil?

(Rubén está mirando por una ventana hacia el cielo, mientras el narrador habla, cuando el narrador termina de hablar, él sale saltando lo más rápido que puede en un solo pie, en busca de su mamá).

RUBÉN. ¡Mamá, mamacita! ¿Dónde estás?

SARA. (Viene a su encuentro.) Aquí estoy, hijo, ¿qué te sucede ahora?

RUBÉN. ¿No la viste, mamá?

SARA. ¿De qué me hablas, Rubén?

RUBÉN. ¡Allí estaba, mamacita! (Señala hacia el cielo.) ¡Yo la vi, la vi, así de grande! (Abre los brazos.) ¡Más grande aún! Es la estrella más grande que he visto, tiene una cola larga, muy larga...

SARA. ¿Inventando otro cuento, Rubén? ¿Cuántas veces te voy a decir que no debes mentir?

RUBÉN. Tal vez no es así. (Vuelve a abrir los brazos.) Pero... ¡Yo la vi! La vi en el cielo, estaba muy brillante, te lo aseguro, mamá.

SARA. ¡Ah, mi pobre Rubén! Yo creo que estás agotado y eso te hace ver cosas extrañas... Mejor te vas a la cama. Yo también estoy cansada… ¡Tanto…! (Se enjuga los ojos.)

RUBÉN. No llores, mamá, yo no tengo hambre. Además, esa estrella... Dicen que las estrellas que tienen cola larga traen buena suerte, ¿es verdad?

SARA. Tal vez para los que tienen buena suerte, pero no para una pobre viuda con su hijo enfermo. (Tocan a la puerta.)

RUBÉN. Tocan a la puerta, mamá, ¿voy para ver quién es?

SARA. Yo no oigo nada, ¿estarás oyendo visiones?

(Tocan más fuerte.)

RUBÉN. ¿Tocarán tan fuerte las visiones?

(Vuelven a tocar más fuerte.)

SARA. Ahora sí están tocando. ¿Quién podrá ser?

RUBÉN. (Saltando en un pie.) Voy a ver, mamá. (Abre la puerta.)

MARCOS. ¡Buenas noches, qué suerte que no se han acostado todavía!

RUBÉN. Buenas noches, Don Marcos, pase adelante, ya nos íbamos a la cama.

SARA. ¡Bienvenido, Don Marcos! No nos imaginábamos que fuera usted. ¿Qué milagro lo trajo por aquí?

MARCOS. (Sacando un lindo bastoncito.) Vine a traerle este bastón a Rubén, pensé que tal vez podrá caminar mejor con él. También les traigo este pan y algunos alimentos. Me acordé que su esposo me pidió que no los abandonara, tal vez he esperado mucho para cumplir su voluntad...

SARA. Dios se lo pague, Don Marcos. Ha llegado usted muy a tiempo.

MARACOS. ¡Que tenga una buena noche! Y les prometo que volveré pronto.

RUBÉN. (Lo acompaña hasta la puerta usando el bastón.) Gracias, Don Marcos, ahora puedo caminar sin cansarme tanto.

MARCOS. Me alegro mucho, Rubén, hasta pronto y pórtate bien. (Se va.)

RUBÉN. ¿No te lo dije, mamá? ¡Es la estrella, la estrella de la buena suerte!

SARA. Siempre quieres ganar, Rubén, vamos para que comas algo y te acuestes.

(Salen.)



SEGUNDA ESCENA

(Aparecen los tres pastores sentados.)

NARRADOR. Y he aquí, se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los rodeó de resplandor; y tuvieron gran temor. Pero el ángel les dijo: “No temáis; porque he aquí os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo. Que os ha nacido hoy en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor. Esto os servirá de señal: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre. Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios y decían: (Un coro de voces repite) ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!"

(Coro canta: “Se oye un canto en alta esfera”.)

TOMÁS. ¿Por qué no vamos hasta Belén y vemos esto que ha sucedido y que el Señor nos ha manifestado?

FELIPE. Me parece una buena idea, pero ¿quién se quedará con nuestras ovejas?

MATÍAS. Alguien viene, siento voces de personas que hablan animadamente.

(Tirsa, Olga y Milka se acercan a los pastores hablando animadamente.)

OLGA. Tomás, hemos venido porque sentimos algo extraño... vimos una luz muy brillante y oído un canto que parecía bajar del mismo cielo. Sentimos un gran temor y hemos venido a ver qué piensan ustedes.

TOMÁS. No teman. Un ángel del Señor se nos apareció y nos cercó de resplandor y al mismo tiempo una multitud de las huestes celestiales cantaba, eso fue lo que ustedes vieron y oyeron.

TIRSA. ¿Y ustedes no se asustaron?

FELIPE. Al principio tuvimos gran temor, pero el ángel nos dijo que venía a darnos nuevas de gran gozo.

MILKA. ¿Y qué noticias les dio? Esto parece algo maravilloso.

MATÍAS. Nos dijo que hoy nació en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor.

TOMÁS. También nos dijo que la señal era que encontraríamos al niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.

MILKA. ¿Y qué esperan para ir y ver todo esto que está sucediendo en Belén?

FELIPE. No sabemos cómo dejar a nuestras ovejas.

OLGA. Si es por eso que no se han ido, ya pueden estar saliendo. Nosotras las cuidaremos.

TIRSA. Claro que sí, ojalá que yo pudiera ir también, pero me conformo si ustedes van y luego nos cuentan.

MILKA. Vayan en paz y que la estrella del Señor los guíe.

TOMÁS. Gracias, iremos a prisa.

(Se despiden y salen los tres.)

OLGA. ¡Un Salvador, que es Cristo el Señor! ¡Qué maravillosa noticia!

TIRSA. Todo esto es maravilloso, pero no comprendo por qué, si ese niño es el Salvador de Israel, tiene que estar acostado en un pesebre. Nunca he oído decir que un rey haya nacido en semejante lugar…

MILKA. ¡Oh, Tirsa! ¿Es que tú no lees lo que los profetas han dicho acerca del Mesías que ha de venir?

TIRSA. Sí, pero... Todo esto me parece muy extraño.

OLGA. Milka tiene razón, Tirsa. El profeta Isaías dice que "subirá cual renuevo" y que "como raíz de tierra seca no hay parecer en él, ni hermosura, lo veremos, mas sin atractivo para que lo deseemos".

TIRSA. Bueno, oiga, yo debo creer todo esto por la fe. Quiera Dios que el Niño de Belén sea en realidad el Salvador y nos libre del odioso yugo de los romanos. Odio a Roma y a todos los romanos que nos aprisionan.

MILKA. Ese no es el espíritu correcto, Tirsa, después de todo nosotros tenemos la culpa por haber sido rebeldes a los mandatos divinos. Si nos hubiésemos apartado de todo pecado, en lugar de apartarnos de Dios como lo hemos hecho, el Señor no nos hubiera entregado en poder de los romanos.

TIRSA. Ustedes tienen toda la razón, quiera Dios que el Niño de Belén transforme nuestras vidas.

OLGA. Hoy es un día glorioso para Israel. Cantemos con júbilo, el Señor se ha acordado de su pueblo y nos ha enviado un Salvador que es Cristo el Señor. Vamos a guardar las ovejas y corramos a dar las nuevas a nuestros vecinos y parientes.

MILKA. Vamos, una noticia tan grande no se puede guardar, hay que decirlo. ¡El Salvador del mundo ha nacido! ¡Él nos libertará!

(Salen las tres muy alegres.)

(Canto del coro: "Al mundo paz".)



TERCERA ESCENA

(Aparece Sara acostada durmiendo.)

RUBÉN. (Viene saltando a donde está su madre). ¡Mamá, mamá! ¿Me puedes escuchar esta vez?

SARA. (Se despierta asustada.) ¿Qué sucede ahora, mi pequeño Rubén?

RUBÉN. Están tocando a la puerta. ¿Voy a ver quién es?

SARA. Yo no he oído nada, pero si quieres, ve para que sepas que no es más que ilusiones tuyas, hijito. (Rubén va saltando, abre la puerta un poquito y la cierra de nuevo, vuelve donde está su madre.)

RUBÉN. Mamá, hay tres hombres a la puerta con barbas muy largas, parecen hombres muy ricos y no son de por aquí. Creo que vienen de muy lejos, deben viajar en camellos... Tal vez son unos reyes que nos vienen a visitar esta noche...

SARA. ¿Estás despierto, Rubén? ¿No estarás inventando otra de tus fantásticas historias?

RUBÉN. Te lo aseguro, mamá, no estoy inventando nada, por favor, ven para que los veas con tus propios ojos...

(Tocan de nuevo.)

SARA. Ahora sí están tocando, ve a ver quién es Rubén, pero no vuelvas a inventar historias. Recuerda que debes decirme siempre la verdad y sólo la verdad. ¿Lo oyes?

RUBÉN. Sí, mamá, te lo prometo. (Va, abre un poquito más y se queda mirando).

SARA. ¿Quién es, Rubén?

RUBÉN. ¡Aquí están, mamá, son los hombres ricos que te dije!

SARA. (Se levanta rápidamente y va a la puerta). ¡Oh, perdonen! Yo estaba tan rendida que no escuché cuando tocaron. No soy digna de mandarlos pasar. ¡Es tan pobre mi casa!

GASPAR. No se preocupe, señora, sólo queremos que nos permita pasar para descansar un rato, aunque sea en un rincón de su casa.

SARA. ¡Pasen, pasen, esta casa es de ustedes!

RUBÉN. ¿No te lo dije, mamá?

SARA. ¡Phsss, cállate, niño!

MELCHOR. Gracias, señora. La paz de Dios sea en esta casa. (Entran.)

SARA. No tengo nada que ofrecerles, pero iré a casa de unos amigos, que son pastores de ovejas, tal vez ellos me puedan dar algo para brindarles de comer. Acomódense, yo vuelvo enseguida. Y tú, Rubén, mejor te vas a la cama, no quiero que molestes a nuestros visitantes.

RUBÉN. ¡Te lo prometo, mamacita! Yo me porto bien. No me mandes a la cama, no tengo sueño.

SARA. ¡Ah, mi pequeño Rubén, eres el más curioso de todos los niños! Hasta luego, recuerda que no debes hacer preguntas, vuelvo enseguida. (Sale.)

RUBEN. (Se sienta cerca de los tres magos. Los mira atentamente y por fin les habla.) Yo quiero portarme bien, no soy un niño desobediente... Pero me gusta saber cómo se llaman las personas... ¿No se molestan si les pregunto cómo se llaman ustedes?

GASPAR. (Toma la mano de Rubén.) Parece un niño muy inteligente... ¿Cómo se llama tu mamá?

RUBÉN. Mi mamá se llama Sara, y yo me llamo Rubén. ¿Cómo se llama usted?

GASPAR. Me llamo Gaspar. ¿Te gusta mi nombre?

RUBÉN. Me gusta mucho su nombre. ¿Cómo se llaman los otros dos?

GASPAR. (Señalando a cada uno.) Este es Melchor y aquel se llama Baltasar. Los tres somos muy buenos amigos.

RUBÉN. ¡Qué interesante! Nunca había oído esos nombres... Yo tenía un papá muy bueno, señor, pero él murió cuando yo era pequeño. Ahora dice mi mamá que somos muy pobres. La única vaca que teníamos la vendió cuando yo me enfermé y ahora no tenemos ni leche para beber y yo no puedo hacer mucho para ayudar a mi pobre madre, pues esta pierna no me ayuda, a causa de esa terrible enfermedad quedé cojo para toda la vida; dice el médico que no tengo cura.

BALTASAR. ¿No dejó tu padre alguna herencia?

RUBÉN. Lo poco que tenía se fue con él, Señor. Mi madre gastó todo en médicos y medicinas.

GASPAR. Tú no eres el único niño pobre, Rubén.

RUBÉN. Yo era pobre, señor Gaspar, pero esta noche yo vi una estrella, una estrella tan brillante y tan bella... ¡Ah, qué linda cola tenía...!

(Los tres magos se ponen en pie sorprendidos.)

GASPAR. ¿Una estrella? ¿Dónde la viste, Rubén?

RUBÉN. (Señalando hacia el cielo.) Allá en el cielo, rumbo a Belén. Mi madre dice que son ilusiones mías, pero yo la vi, la vi en el cielo, así de grande...

(No termina de hablar, los magos están sorprendidos, pero antes de poder decir nada llega Sara.)

SARA. Estas son mis amigas, señores, sus esposos son pastores, pero no están aquí, ellos salieron para Belén.

GASPAR. ¿A Belén?

OLGA. Sí, a Belén. Estando ellos en el campo guardando las ovejas, un ángel del cielo les apareció y los cercó un gran resplandor...

MELCHOR. ¿Y qué les dijo el ángel?

OLGA. Que tenía nuevas de gran gozo para todo el pueblo. Que nació en Belén un Salvador, que es Cristo el Señor.

MELCHOR. ¿Les dijo dónde lo podrían hallar?

MILKA. Sí, les dijo que al llegar a Belén encontrarían al Niño envuelto en pañales acostado en un pesebre.

BALTASAR. ¡Bendito sea Dios! Nosotros vimos la estrella y la estamos siguiendo, la vimos en Oriente, pero nadie nos ha dado razón del Niño, ni los sacerdotes, ni el mismo rey saben nada. Ustedes son las únicas personas que hablan del acontecimiento más grande de la historia. ¡Ha nacido el Redentor del mundo!

RUBÉN. ¡Esa era mi estrella, mamá! ¿No te lo dije?

SARA. Sí, mi querido Rubén, tú tenías razón.

TIRSA. También un coro de ángeles cantaba, ellos lo oyeron: "Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz y buena voluntad para con los hombres".

OLGA. Mejor nos vamos, tenemos que dar las nuevas, no podemos callar una noticia tan grande.

GASPAR. Vayan con Dios. (Se van.)

SARA. Todo esto es maravilloso, no comprendo lo que significa esa estrella. ¿Pueden decirme de qué se trata?

MELCHOR. ¿No ha leído usted lo que los profetas han dicho? Balaam, refiriéndose al Mesías que habría de venir dijo: "Saldrá estrella de Jacob y se levantará cetro de Israel".

RUBÉN. Yo quisiera ver a ese Niño. ¿Será tan lindo y brillante como la estrella que yo vi en el cielo?

GASPAR. Nosotros también lo queremos ver. Aquí tenemos los regalos para él. Oro, incienso y mirra.

SARA. ¿Oro, incienso y mirra? ¿Los necesita el Salvador del mundo?

BALTASAR. Señora, ¿ha conocido usted alguna vez a un niño tan pobre, tan pobre que no haya tenido una almohada donde recostar su cabeza?

SARA. Yo conozco un niño tan pobre, tan pobre que muchas veces se acuesta sin comer, pero nadie le regala oro, incienso y mirra. El único regalo que ha recibido es un pequeño bastón para que pueda andar, ese niño es mi pequeño Rubén.

GASPAR. ¿No ha escuchado usted de un niño que siendo rico se hizo pobre, para que nosotros, con su pobreza, seamos enriquecidos?

SARA. No, mi pequeño Rubén nunca fue rico, pero él es mi tesoro, es todo lo que tengo en esta vida.

GASPAR. Señora, el Niño de Belén, ese que buscamos para adorarle y ofrecerle nuestros dones, es el Hijo de Dios, el Salvador del mundo. Él ha dejado su trono en el cielo para venir a nosotros y darnos salvación, la salvación eterna.

RUBÉN. Señor Gaspar, yo creo en ese Niño y quiero mandarle un regalo. ¿Usted se lo lleva, por favor?

GASPAR. Por supuesto que sí, con mucho gusto lo haré.

SARA. ¿Qué podrás ofrecerle tú al Rey del cielo, hijo mío? Eres el niño más pobre que jamás he conocido. No podrás ofrecerle nada al Niño de Belén.

RUBÉN. Sí, mamá, aquí lo tengo. (Le muestra el bastón.) Es todo lo que tengo, pero quiero dárselo a él, estoy seguro de que lo aceptará. Por favor, señor Gaspar, yo quiero que usted se lo lleve en mi nombre. (Le entrega el bastón.) Y dígale al Niño que es todo lo que poseo en este mundo.

GASPAR. El Niño lo aceptará, estoy seguro de eso, es lo mejor que tienes, lo único que posees...

SARA. ¡Oh, por favor! El Niño de Belén no podrá hacer nada con ese bastón y sin él mi pequeño Rubén no podrá caminar mucho sin cansarse.

RUBÉN. Si yo puedo, mamita, mira. (Comienza a saltar con un pie y luego afirma el otro y sale corriendo y saltando, todos miran sorprendidos.) ¡Puedo, puedo, puedo correr y saltar! ¿No lo ves, mamita? El Niño de Belén me ha sanado.

BALTASAR. ¡La salvación ha llegado a esta casa!

SARA. (Se postra.) ¡Oh, Señor, perdona mi falta de fe! Yo no tengo nada para darle al Niño, pero por favor, toma mi corazón, te lo ruego.

MELCHOR. Señora, ese es el don más precioso que se puede ofrecer al Niño de Belén. El lo aceptará con gozo.

RUBÉN. Señor Melchor, ahora que puedo andar yo quiero ir con ustedes a Belén. Te lo prometo, mamá, me portaré bien y regresaré pronto.

GASPAR. ¿Lo podemos llevar, señora?

MELCHOR. Lo cuidaremos mucho. No tenga miedo de dejarlo ir.

SARA. Es mi único tesoro, mi pequeño Rubén, pero, ¿cómo puedo negarme que vaya a Belén para adorar al que dejó su gloria para venir a darle la salud a este pobre niño que no posee más que un bastón? Por favor, les ruego que lo cuiden como si fuera hijo de ustedes.

RUBÉN. Gracias, mamacita, te prometo que no voy a hacer muchas preguntas.

MELCHOR. Debemos partir antes del amanecer, tenemos que seguir la estrella.

SARA. Vayan con Dios. (Se despiden y salen. Sara se queda sola y se sienta a meditar en alta voz.) ¡Bendito sea el Señor! Mi hijo, mi pequeño Rubén puede andar. No tengo dudas, el Niño de Belén es el Mesías, el Salvador del mundo.

(El coro canta "Noche de paz".)