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2012 - España

Los guardianes de la noche

25 Minutos y 2 Personajes. Este es el drama de dos soldados romanos que cuidan la entrada de la tumba de Jesús. Uno de ellos teme y cree en las palabras de Jesús mientras que el otro lo rechaza e intenta convencer a su compañero de su incredulidad.

LOS GUARDIANES DE LA NOCHE
Daniel Nelson

PERSONAJES

DOMICIO
LUCIO

(Una piedra grande cubre el sepulcro que está al fondo del escenario- detrás de la piedra todo debe estar listo para iluminar gradualmente, la luz sólo se verá surgir alrededor de la piedra, nunca se ve el fondo de la tumba. Al frente del escenario una fogata, unos platos con frutas y vasos de agua. Hay una gran oscuridad. Sonidos de insectos. Las luces de la fogata suben; ésta será la única luz para la escena. Domicio, en uniforme de soldado romano, está parado junto a la fogata. Siempre se le ve con una actitud de intranquilidad y temor. Levanta la cabeza y trata de ver en las sombras a su alrededor. Una pausa pequeña. Empieza a darle vuelta a las brazas con su lanza. Mete su lanza al fuego y atraviesa un pedazo de madera. Pausa. Domicio levanta su lanza, pero tiene la madera clavada a la punta. Lo intenta otra vez. Trata de quitar la madera con el pie -empieza a mostrar pánico-, pero después se trata de calmar. Pausa. Se escucha un búho, pero se distingue más la voz humana que el sonido de un pájaro –más adelante se notará que era Lucio quien hacía esta imitación mala de búho-.)

DOMICIO. (Trata de ver a través de las profundas sombras.) ¿Lucio. . .? (Ve a su alrededor con ansias. De repente se llena de pánico porque no tiene lista su arma. Empieza a torcer su lanza para quitar la madera. Pausa. Se oye el ladrido de un perro. Levantando la cabeza.) ¿Lucio. . .? ¡Basta de comedia! (Pausa.) ¿Lucio. . .? (Otra vez buscando en las sombras. Se ríe un poco y se nota nervioso, habla para él mismo.) Lucio siempre se comporta como un payaso. (Domicio saca su lanza de la madera y levanta la punta para revisarla. Otra vez ladra el perro). Lucio, responde, ¡basta de tonterías…! (Con voz más baja, de nuevo habla para sí.) Este lugar me pone nervioso. . .

(Se escucha un misterioso “por acaaaaá”. Domicio da vuelta rápido para mirar atrás. Se oye otro ruido hacia la derecha. Domicio da vuelta para enfrentarlo con su lanza lista. Lucio, también vestido con uniforme de soldado romano, salta de las sombras por el lado izquierdo.)

LUCIO. ¡Por acá!

(Domicio da vuelta rápidamente, su lanza por poco corta el estómago de Lucio.)

LUCIO. (Con humor.) ¿Un poco tenso esta noche, Domicio?

DOMICIO. (Respirando rápido.) ¡Un poco! (Pausa.) ¿Por qué siempre me haces eso? Este no es un teatro, Lucio. Estamos de patrulla. ¿Dónde te fuiste?

LUCIO. Estuve patrullando el perímetro, amigo. Estaba espiando nuestros alrededores.

DOMICIO. Oh… ¿Y los sonidos de animales?

LUCIO. Señales, Domicio. ¿Sabes lo que estoy pensando? Necesitamos unas señales, ¿sabes de lo que hablo, verdad? Bueno, escucha: yo me escondo en aquellos arbustos, como lo estaba haciendo, y me espero. Y cuando los vea te hago la señal. . . (Hace el sonido de búho) así, ¿lo tienes?

DOMICIO. ¿Cuando veas a quiénes? ¿A quiénes estamos buscando?

LUCIO. (Acercándose misteriosamente.) Los. . . ¡Ángeles, Domicio! ¡Eso es, una manada de ángeles va a venir por encima de esa colina!

DOMICIO. Muy chistoso.

LUCIO. ¡O peor! (Nuevamente en tono misterioso, como si estuviera contando un cuento de terror a niños) Quizá vea esos disciiiípulos, amigo. Quizás vendrá una banda de ellos para atacarnos, (ahora cambia el tono a burla) como lo hicieron allá en Getsemaní. (Se ríe con desprecio.) Cobardes. . . (Pausa.)

DOMICIO ¿Me pregunto dónde están ahora? ¿A dónde habrán ido?

LUCIO. ¿Quiénes?

DOMICIO. Los discípulos, la ciudad entera, por el amor de Dios. Ese hombre tenía la ciudad entera gritando y alabando su nombre.

LUCIO. Oh sí, bueno, pues una crucifixión tiene el extraño poder de frenar causas populares. Por eso lo hacemos. (Lucio toma un pedazo de pan y empieza a comerlo.)

DOMICIO. Pero eso fue hace sólo una semana. ¡Tú escuchaste al pueblo! Se podía oír hasta Roma. Parecía que Zeus había bajado de las nubes.

LUCIO. Esta gente pensaba exactamente eso. Un dios. (De nuevo con burla sonríe.) Bueno, al menos algunos de ellos. Eso te muestra con qué tipo de gente estamos tratando.
Imagínate: si ese es el mejor dios que pudieron encontrar, ¡con razón siempre les ganamos en la guerra! ¿No lo ves? Nuestros dioses parecen hombres, pero vienen montados en carros tremendos o en caballos alados. . . siempre de maneras espectaculares. Pero este hombre vino al pueblo en un burro. ¿Has oído de eso? ¡En los lomos de un burro! ¿Puedes creer esa falta de educación?

DOMICIO. Pero, ¿cuándo has escuchado que uno de nuestros dioses realmente haya hecho un milagro?

LUCIO. (Riéndose, ahora se burla de su compañero.) ¡Domicio, hijo de Jacob! ¿Que ya brincaste la cerca? ¿Eres ahora uno de ellos? Estoy seguro que les encantaría tener un soldado en sus sinagogas.

DOMICIO. Ese hombre hizo milagros, Lucio. Nadie ha podido refutar las cosas que él hizo.

LUCIO. Ni las han podido comprobar tampoco. Cuando la gente se emociona, cree cualquier cosa. Así trabaja la religión y la política, ¿no? (Pausa, ahora parece más cansado y fastidiado.) ¡Hacer guardia en una tumba es ridículo! ¡Relájate! En un rato llegará la mañana y tú y yo podremos ir a casa y dormir bien. ¿Nos dijeron que sólo tres días, verdad?

DOMICIO. Sí, tres días.

(Una pausa larga.)

LUCIO. Déjame decirte esto, si mi familia se diera cuenta que ingresé al ejercito para cuidar de la tumba de un miserable judío, no dejarían de burlarse de mí. Mi padre estuvo en el ejército por toda su vida. ¡Nunca creería esto! ¡Así es el ejército!

DOMICIO. Ya casi amanece. Lo puedo oler. Casi es tiempo de irnos.

LUCIO. Has estado diciendo eso desde la medianoche. ¿Realmente quieres salir de aquí? (Ahora cambia el tono a complicidad de amigos.) ¿Tienes a alguien esperándote?

DOMICIO. No, ¡es que este lugar me da escalofríos!

LUCIO. ¡No me digas! ¿Por eso no dejaste de hacerme reír tanto? (Le ofrece un trozo de su pan) ¿Quieres comer?

DOMICIO. No… No tengo hambre.

LUCIO. No comiste ayer y tampoco hoy. ¿Estás enfermo?

DOMICIO. No, sólo es que no tengo hambre.

LUCIO. Yo lo sé… Son nervios… (Se ríe.)

DOMICIO. ¡Yo no dije eso!

LUCIO. ¡Mira soldado! ¡Necesitaremos toda nuestra fuerza cuando esos ángeles nos caigan encima! (Saca su espada.) ¡Los atacaremos como Don Quijote y Sancho Panza!

DOMICIO. (De repente.) ¿Sabes por qué no puedo comer? ¡Porque tus tontos chistes me enferman! ¡Ya estoy harto! Desde que nos pusieron dieron la guardia no has dejado de hacer tus chistes de judíos, chistes de fantasmas o chistes de ángeles. Te he pedido que dejes de molestar. Ya estoy harto ¡cállate la boca!

(Pausa incómoda. Lucio silba bajo.)

LUCIO. ¡Está bien, está bien! (Hace un sonido impaciente.) De todos los soldados en Jerusalén, me tocó ser guardia con el Teniente Me Falta Sentido del Humor.

(Una pausa larga.)

DOMICIO. Mira, Lucio. . . es que no me gusta estar aquí. Lo que estoy diciendo, es que en las barracas está bien que seas chistoso, pero no frente a una tumba. Bueno, no frente a Su tumba, al menos.

LUCIO. Una tumba es una tumba, Domicio. Es igual a cualquier otra. Y huele igual también. ¿De qué tienes miedo?

DOMICIO. ¡No tengo miedo! Estoy. . . incómodo.

LUCIO. ¡Incómodo! (Lucio ahora se nota enojado.) No has comido en dos días. ¡Mírate!
Estás apuntando esa lanza a cualquier cosa que respire… (Alejando la lanza.) Incluyéndome a mí. Estás tan nervioso que. . . brincas cuando oyes un ratón eructar. Eso no es estar incómodo, Domicio, estás aterrorizado. ¿De qué tienes miedo? (Pausa.) ¿De él?

(Pausa.)

DOMICIO. Bueno, pero, ¿no te incomoda a ti?

LUCIO. ¡No! Morir yo me incomodaría, amigo, pero los muertos no… No lo puedo creer… ¿Qué haces en el ejército si te incomoda estar cerca de los muertos?

DOMICIO. ¡No es eso! Yo estuve allí, en la crucifixión ¿no? (Pausa. Lucio no le responde, se e nota molesto, parece que sabe algo que le incomoda, parece que está a punto de decir lo que le molesta.)

DOMICIO. (Insiste.) ¿No es cierto?

LUCIO. Claro. Y corriste al pie de la colina a vomitar.

DOMICIO. ¿Quién te dijo eso? (Avergonzado.)

LUCIO. Nadie lo dijo. Lo vimos. Todos te vimos.

DOMICIO. Es que no me sentía bien, eso es todo.

LUCIO. Eso no es todo. Este ex-Rey de los judíos te llenó de pánico desde que lo arrestaron. Domicio, por si no lo has notado… está muerto. (Pausa.) A menos que pienses que no está muerto.

DOMICIO. (Rápidamente y a la defensiva.) ¡¿De qué estás hablando?!

LUCIO. ¡De qué estoy hablando! ¿De qué estoy hablando, ah? Te estoy preguntado si estás incómodo porque tú crees que no está muerto. (Lucio sonríe, cruza el escenario y se acerca a la piedra.)

DOMICIO. (Con la lanza lista en voz baja.) ¡Qué estás haciendo, Lucio! ¡Aléjate de allí!

LUCIO. (Inclinándose hacia la piedra.) ¡Hola! ¡Ah, disculpa!

DOMICIO. ¡No hagas eso!

LUCIO. Escucha, ¿estás vivo allí adentro o algo así?

DOMICIO. ¡Esto no tiene gracia! ¡No me estoy riendo!

LUCIO. Mira, es que mi amigo. . . Domicio. . .

DOMICIO. ¡No digas mi nombre!

LUCIO. Es que él piensa que quizás no has. . . cruzado al otro lado todavía.

DOMICIO. (Enojándose.) Te estoy advirtiendo, Lucio…

LUCIO. Parece que tiene miedo de que tú solo eches a un lado esta piedra.

(Domicio corre hacia él.)

DOMICIO. ¡Ya me has cansado! ¡Me tienes harto!

LUCIO. (Volteando rápidamente.) ¡Suelte la lanza, Domicio! (Pausa. Domicio baja su lanza. Lucio se acerca amenazante.) No, tú no estás harto, ¡yo estoy harto! Estoy hasta aquí de tus supersticiones. Tú bien sabes que él está tan muerto como un muerto pueda estar. Tú viste su ejecución. Estuviste presente en ese sangriento evento, al menos hasta que te fuiste a vomitar entre los arbustos. Viste cuando el capitán hasta le clavó una lanza en su corazón para asegurarse que estuviera bien muerto. Viste cuando bajaron su cuerpo. ¿Y ahora piensas que de repente va a saltar con vida y que va a salir de esa cueva sólo para asustarte? A menos que ya te hayas convertido y ahora también creas en esas maravillas sobrenaturales, puedes callar tus temores imbéciles. ¿Me comprendes?

(Pausa.)

DOMICIO. No, no estoy inventando esto, sabes. Él dijo que regresaría de los muertos.

LUCIO. ¿Quién lo dijo?

DOMICIO. Te lo acabo de decir. Él lo dijo.

LUCIO. ¿Dónde escuchaste eso? (Se ríe.) ¡Que basura! Mira, uno de esos seguidores suyos probablemente inventó eso. Él les había lavado el cerebro para que creyeran y proclamaran cualquier cosa.

DOMICIO. ¿Por qué piensas que el gobernador Pilato nos puso de guardia? Esos sacerdotes judíos dijeron a Pilato que cuando estaba vivo él decía que regresaría de los muertos. Lucio, Él hasta sabía que iba a morir.

LUCIO. ¿Qué les pasa a todos los que causan problemas y alborotos, ah? No tenías que ser adivino para saber dónde iba a terminar. Y acerca de regresar de los muertos: el gobernador Pilato nos puso aquí por si a uno de esos benditos discípulos se les metía la brillante idea de abrir esa tumba y robarse ese cuerpito santo. Tú conoces a esta gente. Ahora, de eso debemos cuidarnos. Debería preocuparnos cualquiera que aparezca con ideas brillantes, una cuerda y un saco. Entonces puedes usar esa lanza que tanto mueves… Ahora, cálmate y terminemos nuestro turno sin problemas.

(Los grillos dejan de sonar. En la distancia canta un gallo. La luz de la mañana empieza a mostrarse… Pausa.)

DOMICIO. Ya viene la madrugada. Ya casi estamos en casa. Ya casi. (Pausa.)

LUCIO. ¿Cuándo dijo el Rey de los judíos que regresaría de los muertos? (Domicio no contesta.) Oye, Domicio, tú sabes todo acerca de él, ¿no? ¿Cuándo era? ¿De aquí a un año? ¿Diez años? Bueno, diez años, ¿verdad? Para entonces todos se habrán olvidado de él.

DOMICIO. (Habla bajo, como meditando.) Al tercer día.

LUCIO. ¿Tercer día de qué?

DOMICIO. Al tercer día después de morir.

LUCIO. (Empieza a verse preocupado.) ¿De qué estás hablando, Domicio? (Pausa.) Eso sería hoy.

(Domicio empieza a llenarse de pánico viendo la preocupación de Lucio.)

DOMICIO. ¡Lo sé! Por eso estoy. . .

LUCIO. No te exaltes, hombre. Sólo estoy tratando de aclarar las cosas. Hoy es el tercer día. ¿Pero qué importan los días si estás pregonando una mentira?

DOMICIO. Tienes razón. No tiene sentido.

LUCIO. ¡Pues claro! (En la distancia ladra un perro. Los soldados les ponen mucha atención.) ¡Perros tontos! La ciudad está llena de esos perros. (Pausa, la mañana sigue subiendo.) Mira, voy a dar unas vueltas. ¿Estás bien? Llámame si necesitas algo.

DOMICIO. ¿Qué quieres decir?

LUCIO. ¿Como que “qué quieres decir”? Sólo llámame si ves algo. Recuerda nuestra señal… (Domicio hace el ruido de un búho.) Eso es. (Lucio se mete en las sombras. Pausa larga. Domicio empieza a caminar. A la distancia canta un gallo.)

DOMICIO. Mañana. Ya casi es hora. (Pausa. Camina hacia la piedra, con precaución.) Sólo quiero que usted sepa que yo no tuve nada que ver con su -- ejecución --, sabe. Yo en realidad pensaba que usted era un hombre bueno. ¡Inocente! ¡Usted no se merecía lo que le hicieron! ¿Sabe algo? Pienso que Pilato tenía esa misma opinión. ¡En verdad! Él no es mala persona, y yo desearía haber podido ayudarle de alguna manera. ¿Se acuerda de mí? Yo le traje agua. . .

(Se escucha como un crujido de un temblor. Una luz aparece detrás de la piedra; brillante, blanca.)

DOMICIO. Usted dijo que tenía sed y yo agarré agua… (Se da cuenta de la luz y el ruido.) …Para usted… (Da un paso para atrás. La luz es más brillante detrás de la piedra. Domicio ve a su alrededor lleno de pánico. Trata de hacer el ruido de un búho, pero sólo sale aire de su boca. Da unos pasos para atrás. Gira con la cara llena de terror.) ¡Lucio!
¡Luuuuuucioooo!

(Lucio regresa al centro de la escena, la cara llena de pánico. De pie busca con la mirada la explicación a ese evento. Suelta su espada.)

DOMICIO. ¡Lucio! ¿Qué está pasando?

LUCIO. ¿Qué hiciste?

DOMICIO. ¿Ángeles? Lucio, ¡son los ángeles! (La luz y los truenos siguen creciendo.)

LUCIO. (Avanza adelante.) No puede ser. . . está muerto. Yo lo vi morir.

DOMICIO. (Como loco.) ¡Me voy de aquí! ¿Me estás escuchando? Él sabe mi nombre. ¡TÚ LE DIJISTE MI NOMBRE! (Empieza a huir.)

LUCIO. (Con voz severa.) ¡Quédate donde estás, soldado!

DOMICIO. (Paralizado, casi llorando.) ¡Lucio! ¡Pídele perdón! ¡Señor, nos arrepentimos!

LUCIO. ¡Sólo estábamos siguiendo órdenes!

(Domicio cae de rodillas, todavía sosteniendo su lanza.)

DOMICIO. Ven aquí, Lucio. ¡Arrodíllate! ¡Le pediremos misericordia!

(Lucio se acerca a Domicio y con cuidado e incredulidad se arrodilla.)

LUCIO. (En voz baja.) Esto es un truco. . . tiene que ser. . .

DOMICIO. ¡Tenga misericordia de nosotros! ¡Nos arrepentimos!

LUCIO. ¡Suelta tu lanza, Domicio! ¡Suéltala!

(Domicio tira su lanza a un lado.)

DOMICIO. Me siento mal. . . mi cabeza. . .

LUCIO: ¡No te desmayes! (Agarra a Domicio.) ¡No me vas a dejar solo. . .! (Domicio se desmaya. Lucio lo deja caer al suelo.) Esto no puede estar sucediendo. Yo lo vi morir. ¡Yo vi. . . que usted murió! (La luz y los truenos ya están al máximo. Lucio alza sus manos sobre su cabeza, como soldado que se da por vencido.) He sido un hombre bueno. ¡Sólo estaba siguiendo órdenes! Yo intenté. . . soy bueno. . . intenté. . ¡Soy un buen hombre! Sólo estaba siguiendo órdenes. . . órdenes. ¡SÓLO ESTABA SIGUIENDO ÓRDENES!

(Sonido y luz al máximo y de repente: OSCURIDAD COMPLETA)

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola, pertenezco a la iglesia bautista El Calvario, en La Habana, y pertenezco al ministerio teatral. Quería agradecer por esta obra, que usamos en la Semana Santa, y que fue de mucha bendición. Muy original, diferente y efectiva.
¡Gracias! ¡Dios les bendiga mucho por esta página tan especial!

Marúa Carla

Luis MARTINEZ dijo...

Tiene algunos errores pero que se salen de epoca como don quijote y Sancho panza y la parte que dise que le clavan una lanza en el corazón cuando en realidad fue en el costado entre otros con esas correcciones estaria perfecta.