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2012 - España
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Toma tu cruz

18 Minutos y 8 Personajes + Extras. Una joven se hace cristiana y lleva con gusto una enorme cruz en el cuello porque está muy orgullosa de serlo. En contraste, sus amigos "cristianos" de más tiempo en la fe las esconden, o utilizan otras más pequeñas porque se avergüenzan de ellas.


TOMA TU CRUZ




PERSONAJES

NARRADOR
CARLA
SAMY HABILIDOSO
SIMÓN
MANUEL
TOMÁS
JULIA
JENNY
3 Ó 4 ADOLESCENTES


NARRADOR. Es bastante fácil ser cristiano, al menos, es fácil decir que tú eres un cristiano cuando es conveniente. Los cristianos no tienen anuncios alrededor de sus cuellos que anuncien su fe. Pero piensa en las palabras de Cristo en Marcos 8:34: “Entonces llamó a la multitud y a sus discípulos. Si alguien quiere ser mi discípulo -les dijo-, que se niegue a sí mismo, lleve su cruz y me siga.” ¿Qué sucedería si a los cristianos se les requiriera cargar cruces como símbolos obligatorios de su fe?


ESCENA 1

(Dentro de Cruces En Abundancia, una pequeña tienda en un centro comercial que vende toda variedad de cruces. Detrás del mostrador se encuentra un vendedor. Carla, una nueva cristiana entra a la tienda.)

SAMY HABILIDOSO. Hola. Pásele, pásele. ¿Cómo puedo ayudarla?

CARLA. (Con entusiasmo.) Me acabo de hacer cristiana, y me gustaría obtener una cruz.

SAMY HABILIDOSO. Bueno, has llegado al lugar correcto. Mi nombre es Samy Habilidoso, pero me puedes llamar “S” (haciendo un sonido como el de una serpiente) Soy tu amigo y sé lo que necesitas.

CARLA. ¡Grandioso!

SAMY HABILIDOSO. (Sacando una cruz de oro muy grande.) Estamos en medio de una “24 horas de ofertas”, y por solo $24.95 se puede ir a casa con esta cruz puesta que es de 24 quilates de oro. Hasta le regalamos la cadena.

CARLA. (Dudando.) Bueno… esto no es exactamente lo que estaba yo buscando.

SAMY HABILIDOSO. Entiendo. Es muy grande. Creo que sé exactamente cómo se siente (saca una cruz pequeña). Escuche, aquí hay una que puedo dársela en $19.95. La cadena es aparte, pero le doy buen precio.

CARLA. (Moviendo su cabeza, tratando de ser cortés.) No… No creo que…

SAMY HABILIDOSO. Está bien. Le incluyo la cadena pero esta oferta es solo por hoy.

CARLA. No, vea usted, estoy buscando algo más grande.

SAMY HABILIDOSO. ¡Ya le entendí! (De detrás del mostrador saca una enorme cruz con colores brillantes y chillantes.) Este estilo es muy popular, pero por supuesto es un poco más cara.

CARLA. Quizás usted no me entiende. Creo que no es el tamaño de la cruz tanto como… Bueno, cuando mis amigos se hicieron cristianos, ellos llevaban unas cruces grandes, pero eran cruces de madera, sencillas, sin pintar. Yo pensaba que ellos estaban locos, pero ahora creo que ya entendí. ¿Tiene usted algo así? ¿Quizás de este tamaño? (indicándole el tamaño).

SAMY HABILIDOSO. ¿Sabe? Teníamos de esas antes, pero se vendían tan poco que descontinué ese modelo. Casi nadie quiere comprarlas. La mayoría de la gente las renta—para esas ocasiones especiales cuando necesitan jugar el papelito, y después las regresan.

CARLA. ¿Puede decirme en qué tienda las venden?

SAMY HABILIDOSO. (Se detiene un momento, se le queda viendo a Carla cuidadosamente mientras juega con su cadena.) Bueno, creo que no debería hacer esto, pero usted parece ser una persona decidida. Le haré un mapa. Aquí es a donde puede usted encontrarlas. (Rápidamente hace un dibujo de un mapa en un papel.) Se llama “La Tienda de la Cruz”. Está en la esquina de la Quinta y la Principal. El tipo no tiene muchas ventas, pero quizás tenga lo que estás buscando.

CARLA. ¡Gracias! (Sale pasando a otras dos personas que entran a la tienda).

SAMY HABILIDOSO. Hola. Pásele, pásele. ¿Cómo puedo ayudarle?

(Se apagan las luces.)



ESCENA 2

La Tienda de la Cruz. Un mostrador con una fila de cruces de un solo tipo: grandes y de madera. Un vendedor detrás del mostrador.

SIMÓN. Hola. Mi nombre es Simón. ¿Puedo ayudarle?

CARLA. Mi nombre es Carla y me acabo de hacer cristiana. Me gustaría comprar una cruz (observa las cruces en el mostrador). Estas son perfectas… exactamente lo que estaba buscando.

SIMÓN. ¿Está segura de que esto era lo que buscaba?

CARLA. Seguro que sí. Cuando yo conocí a Jesús, me dijeron que la cruz de Cristo me traería pruebas y tribulaciones así como un gran gozo. Pero yo sé que Dios me dará la fuerza que necesito y que jamás me dejará.

SIMÓN. Parece que usted es una joven decidida. ¿Es ésta la que quiere? (Carla asiente con la cabeza y Simón le da la cruz.) Aquí tiene.

CARLA. ¿Cuánto le debo?

SIMÓN. Nada.

CARLA. ¿Nada?

SIMÓN. Nada, al menos por ahora.

CARLA. Pero acabo de estar en la tienda de “Cruces En Abundancia” y el Señor Habilidoso me dijo que…

SIMÓN. Ya lo sé. Algunas personas piensan que pueden comprar su salvación de esa menara. Se equivocan. Usted comienza a pagar cuando la cargue fuera de aquí.

CARLA. Gracias, Simón. Por cierto, ¿cómo se metió usted a este tipo de trabajo?

SIMÓN. Mi familia ha tenido este negocio por mucho tiempo. Un antepasado mío—cuyo nombre llevo yo—abrió su primera tienda en Cirene. Su primera cruz se parecía mucho a la que lleva usted.

(Si la capacidad bíblica no es la fortaleza de tu grupo, en este momento Simón puede leer Mateo 27:32: “Al salir encontraron a un hombre de Cirene que se llamaba Simón, y lo obligaron a llevar la cruz”.)

CARLA. (Pensando.) Muchas gracias, Simón.

(Sale y se apagan las luces.)



ESCENA 3

Pasillo de la escuela, de trasfondo unos casilleros. Estudiantes en el descanso. Un grupo de tres o cuatro adolescentes entran en el escenario del lado derecho cargando libros, platicando, riendo, etc. Caminan atravesando el escenario y salen por el lado izquierdo, mientras que Julia y Jenny entran por el mismo lado.

JULIA. (Entusiasta.) ¿No es emocionante? ¡Mañana es el último día de clases!

JENNY. Sí, apenas puedo esperar. Me la voy a pasar de fiesta este verano. Oye, me gusta tu blusa.

JULIA. Gracias. Me la compré ayer. Oye, ¿te llamó David anoche? Karen me dijo que iba a…

(Mateo y Tomás entran e interrumpen.)

TOMÁS. Oigan, ¡no hablen de la gran fiesta de esta noche sin incluirnos! ¡Qué onda!, ¿cómo están?

JULIA. Pues aquí, hablando de la fiesta y el reventón (empuja a Tomás jugando). ¿Ya oyeron que Carla se hizo cristiana? No puedo creer que alguien que vivió como ella pueda ser lo suficientemente buena como para ir a nuestra iglesia.

MANUEL. He escuchado que está muy en serio con esto. Uno de mis amigos la vio en la Tienda de la Cruz. ¿Qué creen que hizo? Primero Car…

TOMÁS. (Interrumpiendo.) ¡Shh! Ahí viene.

(El grupo de adolescentes hace como que está haciendo otra cosa.)

CARLA. (Entra con su gran cruz.) Hola todos. Creo que ya saben que me hice cristiana.

JULIA. Sí ¡Qué bien! (Se escucha el pensamiento de Julia con una voz fuera del escenario.) No puedo creer que esté cargando esa cruz tan fea.

TOMÁS. Estamos muy contentos por ti (se escucha el pensamiento de Tomás con una voz fuera del escenario). Tengo que irme de aquí antes de que todos me vean con ella y se burlen de mí.

MANUEL. Tienes que venir al grupo de jóvenes de la iglesia. (Se escucha una voz fuera del escenario). Espero que decida ir a una iglesia distinta.

JENNY. Escuché la mala noticia de Carlos. Debió de haber sido muy difícil terminar con él porque no es cristiano. (Se escucha una voz fuera del escenario) Quizás ahora él me invite a salir.

CARLA. Sí, fue muy difícil. Pero fue lo mejor. Espero que él también sea cristiano. Quizás ustedes le puedan testificar.

TODOS. Claro, claro (se escucha una voz fuera del escenario). De ninguna manera. Nos sentiríamos como unos tontos.

CARLA. Hablando de testificar, ¿a dónde están sus cruces?

(Todos muestran unas cruces pequeñas, las sacan de lugares escondidos, a excepción de Manuel que sigue buscándola por unos momentos y finalmente se rinde y deja de buscarla.)

CARLA. ¡Qué bonitas! Pero… ¿que no es difícil que la gente las vea?

JULIA. Bueno… Puede ser… Pero si la gente ve bien, las podrán ver.

TOMÁS. Además, no queremos que la gente se lleve una mala impresión.

MANUEL. Cuando nos hicimos cristianos por primera vez, todos teníamos cruces como la tuya, Carla, pero era muy difícil compartirle a nuestros amigos porque esas enormes cruces los irritaban mucho. Nuestros amigos nos evadían, o se burlaban de nosotros.

JENNY. O las dos cosas.

TOMÁS. De esta manera si no deseamos que algunas personas sepan que nosotros somos… bueno, podemos compartir nuestra fe cuando lo deseemos... Tú sabes, cuando el tiempo sea el correcto.

(Todos menos Carla asienten con la cabeza en un acuerdo. La campana suena y todos corren dejando a Carla parada sola y confundida. Se apagan las luces).



ESCENA 4

Un gran cartelón de trasfondo que dice FIESTA, con una flecha apuntando fuera del escenario, a la derecha. Un cartelón más pequeño que dice ESTACIONE SUS CRUCES POR $.50 Manuel, Tomás, Julia y Jenny entran del lado izquierdo del escenario y se paran en medio.

TOMÁS. (A Manuel.) Oye, se ve tu cruz.

MANUEL. Ah, gracias. Se me había olvidado (se mete la cadena dentro de su camisa).

CARLA. (Se acerca con su gran cruz.) ¡Hola amigos!

JULIA. Mira Carla, ¿por qué no dejas tu cruz afuera antes de que entremos a la fiesta? Se vería… este… mucho mejor.

CARLA. ¿Qué quieres decir?

JULIA. Bueno, quizás podamos tomar algo... este... Tú sabes, alcohol, o haya alguna otra cosa…

CARLA. ¿Quieren decir que ustedes van a…

JENNY. Solo vamos a divertirnos en la fiesta. Todos nuestros amigos están ahí. Esa cosa (señalando a la cruz) puede molestar a algunas personas. Puede intervenir en algunas cosas.

(Otro adolescente —con una cruz como la de Carla— entra por el lado izquierdo del escenario, estaciona su cruz bajo el anuncio que dice: ESTACIONE SU CRUZ POR $.50, después sale por el lado derecho hacia la fiesta.)

TOMÁS. No es tan difícil de hacer Carla. Piénsalo.

(Todos menos Carla se van hacia la fiesta.)

CARLA. (Pensando en voz alta.) Pero, ¿que no debería de ser difícil de hacer?

(Se apagan las luces.)




ESCENA 5

Al día siguiente, restaurante mexicano. Manuel, Tomás, Julia y Jenny sentados alrededor de una mesa esperando a que el mesero traiga su comida. Tomás está jugando con las salsas. Julia tiene una pistola de agua.

JULIA. Estuvo increíble la fiesta anoche, ¿no?

JENNY. ¡Estuvo súper! (A Manuel.) Oye, ¿qué te pasa?

JULIA. Creo que comió demasiada salsa picante. ¡Esto te ayudará! (Saca su pistola de agua y le dispara. Todos se ríen excepto Manuel.)

JENNY. ¿Qué te sucede? ¿Aún estás preocupado por la graduación? Escuché que el examen del profesor Sánchez estuvo súper difícil.

MANUEL. No, no es eso. Es solo que… bueno, estoy pensando en regresar a la vieja cruz.

TOMÁS. ¿Qué? ¿Esa cosa enorme de madera dura? No juegues, has estado estudiando demasiado. Creo que se te quemó el cerebro.

MANUEL. No, es en serio. He estado pensando mucho en ello últimamente.

JULIA. No nos puedes hacer esto. Tenemos un gran verano por delante los cuatro.

TOMÁS. No tenemos lugar para esa cruz y además… ahh, ya entiendo. Solo la cargarás a la iglesia y al grupo de jóvenes ¿verdad?

MANUEL. No, la quiero conmigo todo el tiempo. Sé que interferirá, pero lo tengo que hacer. He observado a Carla en estos días. Me recuerda a mí de cómo eran las cosas conmigo. Cuando yo me hice cristiano por primera vez yo me sentía orgulloso de cargar mi cruz por todos lados. No podía dejar de leer mi Biblia. No dejaba de decirles a mis amigos sobre Jesús.

JENNY. Pero tenemos nuestras cruces. Solo que son más convenientes que el modelo grande, y cumplen con la misma cosa.

MANUEL. ¿Ah sí? ¿Cuándo fue la última vez que alguien notó tu cruz, Jenny? ¿Cuándo fue la última vez que alguno de nosotros le explicó a alguien lo que significaba la cruz?

JULIA. Pero Jesús jamás dijo que la cruz tenía que ser grande.

MANUEL. Sí, pero la cruz que Jesús cargó y en la que fue crucificado no era de oro. No podía usarse en el cuello. Era pesada y tenía astillas. Le causó dolor. Le costaba trabajo cargarla. Creo que debería de ser igual con nosotros.

TOMÁS. Creo que tu cerebro se te quemó. (Las muchachas se ríen y asienten con la cabeza señalando estar de acuerdo. Se apagan las luces.)




ESCENA 6

Pasillo de la escuela al día siguiente. Manuel, Tomás, Julia y Jenny entran el escenario del lado derecho platicando. Cuando Manuel ve a Carla entrando al escenario por el lado izquierdo cargando su cruz grande, deja a los otros tres para caminar con ella. Los otros tres siguen caminando y salen del escenario por el lado izquierdo.

MANUEL. ¡Carla! Estoy contento de verte. Tengo algo que decirte.

CARLA. ¿Qué es?

MANUEL. (Tomando aire.) He decidido tomar la cruz que usaba cuando me hice cristiano por primera vez.

CARLA. No entiendo.

MANUEL. Me recuerdas a mí en la forma que solía ser cuando por primera vez conocí a Cristo. No me avergonzaba de mi fe, a donde fuera, no importaba con quién estuviera. Quiero eso de nuevo, gracias a ti, Carla.

CARLA. Yo…yo no sé qué decir. Digo... He estado pensando mucho. Por eso llegué tarde a la primera clase hoy. Me preguntaba si valía la pena cargar esta cruz. Pero decidí seguirla cargando.

MANUEL. ¿Por qué?

CARLA. Recordaba algo que Simón—este tipo que me vendió la cruz, me dijo. Me dijo algo que algún misionero alguna vez dijo: “No es tonto el que da lo que no puede guardar para ganar lo que no puede perder.”

MANUEL. Qué bueno que no te rendiste Carla.

(Suena la campana.)

CARLA. ¿Te veo este fin de semana en el grupo de jóvenes?

MANUEL. ¡No me lo pierdo por nada! (Comienza a caminar pero se detiene al escuchar lo que Carla le dice.)

CARLA. Oye (pausa). Te amo, hermano.

MANUEL. Te amo a ti también. (Los dos se abrazan y salen. Se apagan las luces)

(Una voz fuera del escenario con un micrófono lee Marcos 8:34-38: Entonces llamó a la multitud y a sus discípulos. --Si alguien quiere ser mi discípulo --les dijo--, que se niegue a sí mismo, lleve su cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa por el evangelio, la salvará. ¿De qué sirve ganar el mundo entero si se pierde la vida? ¿O qué se puede dar a cambio de la vida? Si alguien se avergüenza de mí y de mis palabras en medio de esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles.)

Los dos ladrones

5 Minutos y 2 Personajes. Diálogo de los dos ladrones en la cruz.


LOS DOS LADRONES
Héctor López


PERSONAJES

LADRÓN 1
LADRÓN 2

ESCENARIO

En el escenario una cruz tamaño natural centrada al fondo y dos sillas en ¾ una a cada lado de la cruz.

VESTUARIO

Sacos sucios con una amarra a la cintura. Lucen embarrados, transpirados y desastrados.



SONIDO

Canto gregoriano o un violín o un redoble de tambor, como el de un fusilamiento. Comienza antes de entrar y baja hasta antes del primer parlamento.



(Los actores entran por detrás del público, dando resoplidos de cansancio.)

LADRÓN 1. ¿Porqué absurda razón del destino tenía que tocarme vivir los últimos momentos de mi vida contigo? ¡Precisamente contigo! (Se sienta en una de las sillas airado.)

LADRÓN 2. ¿Y qué esperabas: morir acaso, al lado de un rey?

LADRÓN 1. (Se pone de pié sarcástico.) ¿Un rey? Tú no eres precisamente un rey. ¿Sabes lo que nos harán? ¿Sabes lo que nos harán? Nos atravesarán las manos con un clavo... las dos manos, y luego los pies. Se acerca la fiesta solemne de los judíos y no nos dejarán colgando de ese madero. Tú eres débil y puede que mueras el primer día. Yo soy más fuerte que tú y tardaré más en morir. ¿Y sabes lo que los soldados van a hacer entonces? ¡Me van a quebrar las piernas para que muera desangrado!

LADRÓN 2. (Temeroso, luego desesperado.) ¿Por qué me dices eso? ¿Quieres aumentar el miedo que me produce todo esto? ¿Cómo salir de aquí? ¿Y ustedes, qué miran, vinieron a ver el espectáculo? ¿Cómo poder huir? ¿Cómo salir de aquí?

LADRÓN 1. (Reflexivo.) Dos poderosas fuerzas luchan en mi interior. Una me hace negar todo aquello en que creí cuando era un niño, quitándome la fe. La otra en cambio me seduce con lazos de amor, derramando piedad y misericordia, sólo reclamándome fe.

LADRÓN 2. ¿No crees que es muy tarde ya para arrepentirte? Mejor es que ruegues porque esto termine pronto, así dejaremos de sufrir y seremos nada.

LADRÓN 1. (Desilusionado.) ¿Rogar? Para rogar hay que humillarse y reconocer quién eres y qué has hecho.

LADRÓN 2. (Parado frente a la cruz.) ¡Basta! ¿Cómo poder huir? ¡Ey, tú! Si eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros... Dicen de ti maravillas: que caminaste sobre el agua, que multiplicaste panes y peces y que resucitaste muertos. ¡Ja, ja, ja! Mírate ahora, ¡sólo! ¿Dónde están los que te seguían? Sólo veo algunas mujeres allá lejos ¡Contesta! ¿Dónde está tu Dios? ¿Eh? ¡Contesta! ¿Eh? ¿Eh?

LADRÓN 1. ¿Ni aún temes tú a Dios estando en la misma condenación? Nosotros justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos pero éste ningún mal hizo.

LADRÓN 2. Escuché que el concilio lo halló culpable y que Pilatos lo azotó y lo condenó. He ahí su culpa. ¿Y qué sabes tú acerca de éste, acaso lo conociste?

LADRÓN 1. (Para si mismo.) Sí, lo conocí...

LADRÓN 2. (Burlón.) ¿No me digas que escuchabas al predicador...?

LADRÓN 1. (Comienza pensativo y termina desesperado.) Sí... No... Les robaba a esos pobres ilusos. Estaban todos en silencio escuchando a ese profeta. Fue entonces cuando sus ojos se clavaron en mí. Su mirada era tan penetrante... entonces dijo esas palabras, él dijo: “Bienaventurados los de limpio corazón”. Después dijo: “El que no nace de nuevo no puede entrar en el Reino de los Cielos” ¡Esas palabras me quebraron! Fue como si de repente mi conciencia cargara con toda la maldad que cometí en mi vida... ¡Entonces huí, huí lejos...! Tenía tanto a qué renunciar...

LADRÓN 2. Lo que pasa es que tú eres uno de esos débiles que necesitan aferrarse a algo en los momentos difíciles. ¡Sé hombre y enfrenta tu muerte con dignidad “como buen ladrón” y ya, deja de mirar a éste!

LADRÓN 1. (Gritando mientras lo sacude de las solapas.) ¡Escúchame, ése es más que un simple hombre!

LADRÓN 2. (Enloquecido. Se sube a la silla que está a la izquierda y vocifera a la cruz.) Eres un cobarde. ¡Y tú! Gente como tú es la que convierte a hombres como éste en un pobre guiñapo… Si eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros... ¿No eres un rey? Vamos, contesta... Dicen que eres Dios. Si eres Dios, ¿cómo dejas que te maten? Denle agua. ¡Denle agua para que hable! ¡Vamos, contesta! ¡Si eres el Cristo, sálvate a ti mismo! ¡Bájate de esa cruz! ¡Bájate de esa cruz, charlatán!

LADRÓN 1. ¡Detén tu lengua! ¡No corrompas lo que es santo y puro! Este es más que un simple hombre... Ahora comprendo, ahora verdaderamente creo. Tus amigos desearían bajarte de esa cruz pero sé que no debes. Tu amor sobrepasa mi entendimiento y lo único que deseo es tu perdón. ¡Jesús, realmente creo en Ti! ¡Jesús, acuérdate de mí cuando vuelvas en tu Reino! Señor mío... y Dios mío...
(Estalla en furia mientras se sube a su silla. Durante sus primeras palabras el otro ladrón sufre la crucifixión con gran dolor de pié en la silla, luego va sufriendo la propia, pero con sumisión, hasta que con gran dulzura dice sus últimos parlamentos.)

(Quedan ambos crucificados de pié en cada silla.)

Volvió otra vez


50 Minutos y 20 Personajes. Historia de la conversión del apóstol Pablo.

VOLVIÓ OTRA VEZ


PERSONAJES

SAULO DE TARSO
JOEL. El joven rico
DAFNE. Prima de Joel
CLOE. Sierva de Joel
ESTEBAN. Protomartir del cristianismo
SARA. Madre de Esteban
FABIO. Decurión Romano
VINICIO. Soldado Romano
VOZ DE CRISTO. Que habla a Saulo en el desierto
ANANÍAS. Cristiano de Damasco
DIONISIO. El areopagita
DÁMARIS. Mujer griega
Ocho Comparsas


ACTO PRIMERO

ESCENOGRAFÍA

(La sala de una casa judía. En el extremo derecho y en el primer plano aparece una mesita llena de papeles y rollos (libros). En el centro del escenario un canapé, y a la cabecera del mismo un frutero lleno. Dos taburetes más en cualquier lado completan el mobiliario. Las paredes están revestidas de ricos tapices. En el fondo a la derecha hay una cortina que sirve de puerta a las habitaciones interiores. En el primer plano a la izquierda hay unos cortinajes más gruesos que sin duda comunican a la puerta de la calle. Los términos derecha e izquierda se refieren al actor y no al espectador. Al abrirse el telón aparece un joven, Joel, recostado en el canapé, comiendo frutas y revisando cuidadosamente los escritos de un rollo. Entra Dafne, una joven como de unos veinte años. Viene de las habitaciones interiores y trae en sus manos unas telas de diversos colores. Se dirige a la calle. Los vestuarios son de la época del Apóstol Pablo.)

JOEL. ¿Adonde vas, prima?

(Dafne se vuelve.)

JOEL. Parece que te has comprado nuevos vestidos.

DAFNE. Sí, Joel, esta mañana me trajeron estas ricas telas que le había encargado a Lidia de Tiatira. Cuestan muy caras, pero son de buena calidad, ¿no te parece?

JOEL. Sí, Dafne, son muy finas (las palpa). Perdóname que no te atienda, pero es que estoy revisando estas cuentas.

DAFNE. ¿No te enfadas porque las haya comprado, Joel?

JOEL. (Volviéndose a ella.) ¡Oh, prima, qué cosas se te ocurren! ¿Por qué habría de enfadarme? Tú sabes que el dinero se hizo para gastarlo, y por mi parte, todo lo que te haga feliz a ti, siempre será muy bueno para mí.

DAFNE. Gracias, Joel, ya sé que eres todo corazón.

(Entra Cloe por las cortinas de la izquierda.)

CLOE. Hay un joven en la puerta que dice que quiere verlos.

JOEL. ¿Quién podrá ser?

DAFNE. Voy a ver. Y tú, Cloe, ve a la cocina para que sigas preparando la cena.

(Sale Dafne mientras Cloe cruza el escenario hacia las habitaciones interiores. Dafne regresa rápidamente tomada del brazo de un joven de muy buena presencia y aspecto distinguido.)

DAFNE. (Gritando todavía en el momento de trasponer las cortinas.) ¡Joel! ¡Adivina quién viene aquí!

JOEL. (Con mucha alegría.) ¡Saulo! ¡Qué sorpresa! (Se abrazan y luego se separan.) ¿Donde te habías metido en tanto tiempo?

SAULO. (Sonriente.) Sigues siendo el mismo de siempre, Joel, los años no pasan sobre ti.

DAFNE. (Solicita.) Siéntate, Saulo, y cuéntanos qué ha sido de tu vida.

SAULO. (Mientras todos se sientan.) Dafne, me alegra encontrarte con el buen humor de siempre. Cualquiera diría que ustedes dos son hermanos.

JOEL. Vamos, Saulo, ¿no nos digas que desconoces nuestra historia?

SAULO. No, Joel, aunque he estado lejos de aquí he sabido todo lo que sucedió.

DAFNE. (Con gesto de tristeza.) Mis padres regresaban felices de Roma en aquel fatídico barco, yo los esperaba con mucha alegría y cuál no sería mi dolor al recibir la noticia del naufragio.

JOEL. Desde entonces Dafne ha vivido en mi casa.

SAULO. (Dirigiéndose a Dafne.) Puedes creer que me sentí profundamente apenado por lo que les sucedió a tus padres. Y también por ti, muchacha.

JOEL. Pero no todo ha sido tristeza, Saulo: nos hemos llevado tan bien que los dos estamos muy contentos.

DAFNE. Joel es el único familiar con que contaba, y además es el albacea de todos los bienes que me dejaron mis padres al morir. Debo decirte que antes, Joel, como es joven y rico, no paraba en casa… Pero ahora como tiene que cuidarme, se esta quietecito aquí.

(Entra Cloe con una toalla y ungüento y empieza a ungir los pies de Saulo.)

JOEL. ¿Piensas quedarte mucho tiempo en Jerusalén?

SAULO. He venido porque tuve noticias de que un hombre que se decía el Cristo fue crucificado.

DAFNE. (Interrumpiendo.) ¿Te refieres al Nazareno?

SAULO. ¿Lo conocían?

DAFNE. No se habla de otra cosa en Jerusalén.

SAULO. He venido para destruir a todos los seguidores de ese hombre. Ustedes saben que como fariseo, yo soy muy celoso de mi religión.

(Joel queda pensativo)

DAFNE. ¿No nos digas que vienes a encarcelar a todos los que creen en Él?

SAULO. Precisamente. Y si es necesario estoy dispuesto a llevarlos hasta la muerte.

DAFNE. Pero, ¿por qué Saulo, si ellos no han hecho nada malo?

SAULO. ¿Es que tú también has creído en Él? ¿No te das cuenta de que es necesario cortar de tajo ese tumor maligno antes de que pueda afectar a nuestro judaísmo?

JOEL. (Recobrándose e incorporándose a la conversación.) Ciertamente, Saulo, yo te aconsejaría que dejaras todo esto a un lado.

SAULO. ¿Por qué?

JOEL. (Pensativo, como mirando al infinito.) Hará poco más de un año el Nazareno venía de Galilea con rumbo a Jerusalén. Yo regresaba de unos negocios que había arreglado cuando lo encontré. Había sabido también de Él. Conocía de sus milagros: cuando alimentó a la gran multitud. Supe de sus curaciones a paralíticos. Me contaron que sanó a endemoniados y resucitó a la hija de Jairo. ¿Conoces a Jairo?

SAULO. No, espera. Creo que he oído acerca de Él. ¿No es acaso el príncipe de la Sinagoga de...? Bueno, eso no tiene importancia. Continúa.

JOEL. La gente decía que el Nazareno había andado sobre la mar, y otros muchos milagros más; total, Saulo, que yo estaba profundamente impresionado. Ese día cuando lo vi, corrí hacia Él y le dije: "Maestro bueno, ¿qué bien haré para poseer la vida eterna?" Él entonces me dijo "¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino solo uno, Dios". Me dejó desconcertado… En realidad, nunca supe qué quiso decir.

DAFNE. Cuéntale lo que sucedió después.

JOEL. Se me quedó viendo con aquella mirada tan dulce que después llegué a conocer perfectamente… Sus ojos parecían hablarme de un amor infinito hacia los pecadores; yo no sabía qué responder… ¡Tan impresionado estaba! Él entonces me dijo: “¿Sabes los mandamientos? No mataras, no adulteraras, no defraudaras, no dirás falsos testimonio, honra a tu padre y a tu madre." Yo le dije: "Maestro, todo eso lo he guardado desde mi niñez".

SAULO. Por lo menos respetaba la Ley.

DAFNE. Si el Nazareno nunca estuvo contra la Ley. Oye lo que le dijo a Joel después.

JOEL. (Reanudando sus remembranzas.) Se inclinó hacia mí, me acarició los cabellos y me dijo: "Una cosa te falta, ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo y ven, sígueme, tomando tu cruz."

SAULO. (Con una carcajada estrepitosa.) ¡Ja, Ja, Ja! ¡Muy listo el Nazareno! Hacía favores a los pobres, pero con el dinero de los demás.

DAFNE. Por favor, Saulo, no te rías y sigue escuchando a Joel.

JOEL. Yo al oír aquello me entristecí bastante, porque tenía demasiadas riquezas. No solo las mías, sino que tenía que cuidar las de Dafne. Me levanté de allí y seguí con mucho pesar mi camino. Al alejarme oí que decía a sus discípulos: "De cierto, de cierto os digo, ¡cual difícilmente entrará en el reino de Dios los que confían en las riquezas!

SAULO. Pero, ¿quién se cree Él?

JOEL. Según sus discípulos, el Hijo de Dios.

SAULO. (Gritando y poniéndose de pie.) Cuidado, Joel, no digas blasfemia. Nuestra Ley afirma que es blasfemia compararse con la Divinidad.

DAFNE. No te alteres, Saulo. Joel solo te está diciendo lo que creen sus discípulos.

JOEL. Óyeme, Saulo, tú fuiste mi mejor amigo y un gran orador en la Universidad de Tarso. Te respeto mucho y respeto tus ideas religiosas, pero este Nazareno era un verdadero maestro de religión. Como orador, convencía a las multitudes, porque hablaba como quien tiene autoridad y no como ustedes los fariseos.

DAFNE. Yo siempre que sabía que Él andaba en Jerusalén, salía a verle. Era majestuoso dentro de su humildad. Su rostro, hermoso, era el prototipo del Amado que relata el Cantar de los Cantares: (Soñadora.) "Mi amado es blanco y rubio, señalado entre diez mil. Su cabeza, como oro finísimo, sus cabellos crespos, negros como el cuervo. Sus ojos como palomas junto a los arroyos de las aguas que se lavan con leche, y a la perfección colocados. Sus mejillas, como una era de especias aromáticas, como fragantes flores. Sus labios, como lirios que destilan mirra que trasciende. Sus manos como anillos de oro engastados de jacintos; su vientre como claro marfil cubierto de zafiros; sus piernas como columnas de mármol fundadas sobre basas de fino oro; su aspecto como el Líbano, escogido como los cedros…

(Cloe ha terminado de ungirle los pies a Saulo y sale. Al rato entra con cualquier pretexto, parece interesada en la conversación.)

SAULO. (Impaciente.) Espero que nunca tenga que apresarlos a ustedes. Veo que están maravillados con Él. Pero les advierto que si se vuelven sus seguidores, no vacilaré en venir a buscarlos y encarcelarlos.

JOEL. ¿Harías eso con tus amigos?

SAULO. Lo haré si es necesario. Y para que no se les olvide, los invito al juicio de Esteban que se celebrará mañana en las afueras de la ciudad.

DAFNE. ¿Lo van a matar? ¿Y como lo sabes tú, si no lo han juzgado?

SAULO. Tenemos testigos preparados y nuestro juicio ya está dado de antemano. Esteban debe morir.

JOEL. (Furioso se le encara.) ¡Lo mismo que hicieron con el Nazareno! Saulo, yo siempre te he admirado. ¿Recuerdas que yo también quise ser sacerdote? (Arrastrando las palabras.) Pues me avergüenzo de ello. ¡Abomino de todas sus sucias canalladas! Tú has sido mi amigo hasta hoy, pero si sigues en ese camino, no quiero volver a oír de ti. ¡Vete! ¡Vete antes de que pierda la paciencia!

(Saulo sale y los dos primos se quedan muy contrariados. Cloe se les queda viendo interrogante.)

CLOE. Señora, yo también creo en Cristo.

DAFNE y JOEL. ¿Qué dices?

CLOE. Cuando lo crucificaron yo estaba en el Calvario entre toda la multitud. Oí sus palabras de perdón. Después, todos corrimos por la tempestad que se desató. Más adelante supe que se había roto el velo del Templo en el momento de su muerte. Días después fui a la casa de la madre de Juan Marcos porque vi mucha gente congregada afuera y quise ver qué pasaba y...

JOEL. ¿Tú eres amiga de Juan Marcos?

CLOE. Sí, él es un joven muy curioso, como yo. Me contó que la noche cuando apresaron a Cristo en el huerto de Getsemaní, él lo vio todo: los soldados ya casi lo agarraban, se les desprendió dejándoles la sábana con que iba cubierto y se fue huyendo desnudo.

DAFNE. Juan Marcos siempre ha sido muy inquieto. Cuéntanos qué pasó en la casa de él.

CLOE. Yo vi la multitud y me di cuenta de que en el aposento alto de la casa había más de cien personas orando, y sobre sus cabezas había unas como llamitas de fuego, y hablaban lenguas bien extrañas. La gente decía que estaban borrachos, pero de pronto Pedro, el pescador, se puso de pie y empezó a hablar tan limpio que la gente se quedó asustada porque conocían que Pedro era un hombre ignorante y sin letras y resultó hablando tan bien...

JOEL. ¿Y qué decían?

CLOE. Decía muchas cosas de mi Señor Jesucristo. Cuando terminó casi toda la gente se hizo creyente. Muchos le preguntaban qué debían hacer para ser salvos, y Pedro decía; "Arrepentíos y bautícese cada uno en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados y recibiréis el don del Espíritu Santo.

DAFNE. ¿Y tú qué hiciste?

CLOE. Yo también me bauticé. Juan Marcos se sintió feliz porque él también había creído en Cristo.

JOEL. (Mirando interrumpe a Dafne) ¿Qué hacemos?

DAFNE. Que no lo sepa Saulo, porque se la lleva a la cárcel. (Persuasiva.) Mira, Cleo, está bien que hayas creído en Él, pero tienes que guardar el secreto.

CLOE. (Valiente.) ¿Y por qué? Yo siempre que tengo oportunidad voy a oír a los apóstoles. Conozco a uno que era fariseo, llamado Nicodemo. Él dice que por mucho tiempo fue discípulo secreto de Jesús, pero que después ya no pudo estar callado. A Pedro lo apresaron y le dijeron que lo soltaban si dejaba de hablar de Cristo y entonces, él contestó: "Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres. No podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.” No señora, yo también quiero ser valiente como ellos y si me matan o me encarcelan, ¿qué tiene de más? Después de todo a mi Maestro también lo apresaron y lo crucificaron. Yo no soy más que una humilde sierva y Él... ¡Él era el Hijo de Dios!




ACTO SEGUNDO

ESCENOGRAFÍA

(Al fondo están dibujados un arenal desértico y unos cuantos árboles a lo lejos. En el suelo habrá piedras, palos y otras cosas propias de un terreno vacío. En el extremo izquierdo y a lo lejos, se nota una parte de la muralla de Jerusalén. Cuando se abre el telón aparece por la izquierda un joven que viene siendo empujado por una multitud furibunda. Este joven es Esteban, su traje esta hecho jirones y la cara con moratones, pero su mirada es tierna y limpia y muestra decisión. Un rictus de amargura se dibuja en sus labios.)

(Para este segundo acto, deben haber más personas actuando sin hablar: unos por curiosidad y otros cristianos que llevan arrestados.)


COMPARSA 1. (Mientras empuja nuevamente a Esteban, que va a caer al extremo derecho del escenario.) ¡Vamos, habla! Sigue con tu mentido discurso.

COMPARSA. Sí, que hable, queremos oír sus mentiras antes de matarlo.

TODOS. ¡Habla, perro sarnoso!

ESTEBAN. (Sobreponiéndose y levantándose con dignidad.) Tuvieron nuestros padres el tabernáculo del testimonio en el desierto, como había ordenado Dios, hablando a Moisés que lo hiciese según la forma había visto. El cual recibido metieron nuestros padres también con Josué en la posesión de los gentiles que Dios echó de la presencia de nuestros padres hasta los días de David; el cual halló gracia delante de Dios y pidió hallar tabernáculo para el Dios de Jacob. Mas Salomón le edificó casa. Si bien el Altísimo no habita en templos de mano como el profeta dice: “El cielo es mi trono y la tierra es el estrado de mis pies". “¿Qué casa me edificareis?” Dice el Señor; o “¿cuál es el lugar de mi reposo? ¿No hicieron mis manos todas estas cosas?”

COMPARSA 1. ¡Ya basta! ¡Matad al perro creyente!

TODOS. (Recogen piedras mientras Saulo está en el primer plano a la izquierda oyéndolo todo con mucha atención.) ¡Sí, sí! ¡Hay que acabar con estos revoltosos!

ESTEBAN. Duros de Cerviz e incircuncisos de corazón y de oídos, vosotros resistís siempre el Espíritu Santo; Como vuestros padres, así también vosotros. ¿A cuál de los profetas no persiguieron vuestros padres? Mataron a los que antes anunciaron la venida del Justo, del cual vosotros ahora habéis sido entregadores y matadores. Que recibisteis la Ley por disposición de ángeles y no la guardasteis.

COMPARSA. No perdamos tiempo, quitaos las capas para que no os estorben.

(A tiempo que se quita la suya y la pone junto a los pies de Saulo, todos le imitan.)

ESTEBAN. (Tranquilo, mira al cielo y una inmensa paz inunda su rostro.) He aquí veo los cielos abiertos y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios.

TODOS. (Dando gritos y tapándose los oídos.) ¡Matadle! ¡Matadle!

(Empiezan a apedrearlo.)

ESTEBAN. (Mientras va cayendo.) ¡Señor, recibe mi espíritu!

COMPARSA 1. Matadle, no tengáis compasión de él.

ESTEBAN. (De rodillas.) Señor, ¡no les tomes en cuenta este pecado! (Cae muerto.)

(Cuando Esteban cae los comparsas 1 y 2 corren a verlo.)

COMPARSA 1 y 2. Ha muerto el malvado.

(Todos se van y solo queda Saulo.)

SAULO. ¡El primero que cae en esta batalla! ¡Tendrán que caer muchos más, lo juro por el Templo de Jerusalén!

(Saulo se va. A los pocos minutos llega un grupo de creyentes acompañados por Dafne y Cloe. Todos lloran por él.)

CLOE. No llore, señora, (dirigiéndose a Dafne) él ya ha descansado en los brazos del Señor. Ahora nos toca a nosotros seguir adelante.

DAFNE. (Levantándose.) Tienes razón, Cloe, pero esta muerte quedará escrita en los anales de la historia, así como también la de todos aquellos que tengan que morir por Jesucristo.

(Se van y después de unos segundos entra Sara acompañada de tres niños. Todos se arrodillan mientras Sara llora sobre el cuerpo inerte de Esteban.)

SARA. ¡Hijo mío, hijo mío! ¿Qué te han hecho? ¡Oh, Dios de los cielos, Tú que juzgas a los vivos y a los muertos! ¡Mira este pecado!

(Los niños lloran asustados y de pronto aparece Saulo acompañado por dos soldados.)

SAULO. ¡Daos presos en nombre de Moisés!

SARA. Por favor, señor, si queréis llevadme a mí a la cárcel, pero tened piedad de mis hijos.

SAULO. ¡¡¡No!!! ¡Voto a tal! Esta maldita secta la arrancaremos de tajo, ¡no dejaremos ni siquiera a los niños! ¡Venid todos!

SARA. (Casi arrastrándose mientras suplica.) ¡Os lo ruego, señor! ¡Dejad ir a mis hijos!

SAULO. (Sin compasión.) ¡Vosotros, soldados, apresad a los niños!

FABIO. Nosotros soldados romanos somos, señor, y no debemos atropellar a gente indefensa.

VINICIO. Es cierto, señor, no queremos tener problemas con nuestros superiores.

SAULO. ¡Cobardes! Ya os enseñaré yo.

(Saulo toma a los niños por las manos y por los cabellos y los estrella a los pies de los soldados y estos los recogen.)

SARA. (Lanzando un grito y tratando de proteger a sus hijos.) ¡Llevadme a mí pero dejad a mis hijos! No temo a la muerte, soy hija de Dios...

SAULO. ¡Callad, blasfema! (Le propina un manotazo en la boca.)

(Los soldados han tomado a los niños cuando llega Cloe y se queda viendo aquella escena.)

CLOE. Señor, le ruego que deje a estos niños… ellos no son culpables.

SAULO. ¿Quién eres tú para darme órdenes a mí? ¡Ah, sí! Ya recuerdo... Tú eres la sierva de Joel, ¿no me digas que ese cobarde te ha mandado aquí?

CLOE. (Valiente.) No, señor, yo he venido sola porque he visto vuestra cobardía. Yo también soy creyente y si te place mátame, que no le temo a la muerte.

SAULO. (A los soldados.) ¡Arrestadla! Que no quede uno solo de ellos libre. Tenemos que acabar con esta plaga de sabandijas.

(Los llevan a todos casi a rastras.)




ACTO TERCERO

ESCENOGRAFÍA

(En el fondo un desierto y a lo lejos una cuidad amurallada. Algunas palmeras adornan el paisaje; en el centro del escenario, nada, excepto unas cuantas piedras y unos pequeños matorrales. Al abrirse el telón aparece Saulo de pie, en actitud reflexiva.)

SAULO. ¡Qué sol tan fuerte! Esta expedición por el desierto me está dejando exhausto. Menos mal que mi misión está llegando a su final. Con la persecución que haga en Damasco habré dado un buen golpe a esos perros creyentes.

(Se acercan soldados.)
VINICIO. Señor, vuestro caballo está ya descansando. Tú ordenas cuándo podemos continuar nuestro camino.

FABIO. Todos mis soldados se encuentran listos para cuando tú ordenes.

SAULO. Gracias, decurión Fabio, pero no tengo prisa. Ved, (señalando la muralla) estamos a menos de una hora de Damasco; cuando baje un poco la fuerza del sol proseguiremos nuestro camino.

VINICIO. Por lo visto, queréis entrar con la fresca de la tarde, señor.

SAULO. Así es, Vinicio. Voy a entrar a esa cuidad cabalgando mi corcel blanco. Quiero que todo el mundo se impresione y me tema. Así mi tarea será más fácil.

FABIO. Vuestra entrada será como la entrada de los emperadores a Roma, cuando vienen triunfantes de la batalla. ¿Te gustaría, quizá, imitar la entrada victoriosa de Julio Cesar cuando regresó triunfante de las Galias?

VINICIO. ¿O cuando Escipión el Africano venció a Anibal, el cartaginés?

SAULO. Sea como sea, mi entrada quiero que sea muy vistosa. Llevo aquí plenos poderes de los sacerdotes de Palestina para apresar a cuanto fanático de... “el Camino”, encuentre. Voy a darles un escarmiento.

FABIO. Señor, a veces pienso si no estaremos procediendo mal. Hemos andado contigo porque nos asignaron a vuestro servicio; pero nosotros siendo recios soldados romanos, consideramos indigno de nuestra profesión andar apresando a esa gente que ni se defiende...

VINICIO. A mí lo que me ha impresionado es la fe de esa gente; saben muy bien que la llevamos a la muerte y sin embargo... cantan himnos y perdonan a sus enemigos. ¿En qué consiste su poder? Todavía no consigo explicármelo.

SAULO. ¡Son fanáticos, eso es todo!

FABIO. Sin embargo, el fanatismo no puede dar nunca ese espíritu de casi resignación que hemos encontrado en ellos. Yo soy veterano de más de veinte batallas en varias partes de nuestro imperio. He visto muchos fanáticos, y os juro, señor, que no se parecen a estos.

VINICIO. El fanatismo engendra en algunos casos resignación. Pero lo que estas gentes tienen no se eso. El que se resigna muere echando maldiciones y denuestos contra sus matadores, mientras que estos no.

SAULO. Vosotros sois gente de armas y no podéis comprender estas cosas tan simples.

FABIO. ¿Tú sí las comprendes?

SAULO. Yo... sí (miente con aplomo). Regresad al oasis para que preparéis todo y partamos antes de una hora. He decidido terminar esto cuanto antes.

(Los soldados se retiran. Saulo se queda solo y más confundido que nunca.)

SAULO. Yo sí las comprendo... ¡Mentira! Yo nunca podré entender a estos fanáticos. ¿Cuál es el poder que los alienta? ¿Por qué no se resisten cuando son capturados? Sus rostros reflejan absoluta paz, confianza en algo o en alguien. Pero... Saulo, ¡despierta! Tú no puedes admitir que ellos tengan razón. Tú eres fariseo de fariseos, de la tribu de Benjamín, circuncidado al octavo día.

(De pronto una luz que ha ido en aumento llega a su clímax. Sonidos de truenos hacen retemblar la tierra mientras una voz poderosa resuena por las dunas del desierto.)

VOZ. Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?

SAULO. (Volviéndose al oír la voz a sus espaldas. Mira hacia lo alto, se cubre los ojos que ha abierto desmesuradamente, se tambalea y finalmente cae a tierra) ¿Quién eres Señor?

VOZ. (Tarda unos segundos en responder. Después habla despacio, con voz impresionante y profunda, con autoridad.) Yo soy Jesús a quien tú persigues.

(Saulo queda mudo y estupefacto ante aquella terrible declaración, se retira arrastrándose como queriendo huir de ese lugar. Se oye la voz que prosigue implacable.)

VOZ. Dura cosa te es dar coces contra el aguijón.

SAULO. (Ha quedado pasmado. Acezando mientras sigue queriendo cubrir el resplandor con la mano, y después de unos segundos de lucha consigo mismo se rinde ante la evidencia y responde) Señor... ¿Qué quieres que haga?
(Vuelve el rostro hacia el suelo, como rendido por completo y humillado.)

VOZ. Levántate y entra en la cuidad y se te dirá lo que debes hacer.

(Saulo trata de incorporarse pero por más que lucha no lo consigue; por fin se desploma como vencido.)

VOZ. Levántate y ponte sobre tus pies, porque para esto te he aparecido, para ponerte por ministro y testigo de las cosas que has visto, y de aquellas en que apareceré a ti: Librándote del pueblo y de los gentiles, a los cuales ahora te envío para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios, para que reciban, por la fe que es en mí, remisión de pecados y suerte entre los santificados.

SAULO. (Dominándose a duras penas y ciego) Señor, Tú sabes que yo he encerrado en cárcel y he herido por las sinagogas a los que creen en ti y... cuando se derramaba la sangre de Esteban, tu testigo, yo también estaba presente, y consentía en su muerte y guardaba la ropa de los que le mataban.

VOZ. (Terriblemente autoritaria e inflexible.) ¡Ve porque yo te tengo que enviar a los gentiles!

(Poco a poco la luz va menguándose. Saulo quiere incorporarse pero no puede. Está ciego. Dos soldados y un civil corren a levantarlo.)

CIVIL. ¿Qué ha pasado, Señor?

VINICIO. Vimos un gran resplandor y oímos como un murmullo recio, pero no pudimos entender nada.

(Saulo de pie empieza a caminar.)

SAULO. Llevadme a Damasco.

SOLDADOS. ¡Señor, está ciego!

(El civil se lleva a Saulo mientras que los soldados se quedan atrás y murmuran.)

VINICIO. Pobre Saulo. Un príncipe de los fariseos que quería entrar montado en brioso caballo blanco, como un gran conquistador...

FABIO. Ahora entrará siendo llevado de la mano por nosotros, como un pobre ciego. ¿Qué sería lo que sucedió?

VINICIO. No sabría decírselo, señor. Yo también estoy desconcertado.



ACTO CUARTO

ESCENOGRAFÍA

(En el interior de una casa judía bastante modesta. Los muebles son escasos y burdos. Parece que Saulo ha querido esconder su desgracia o lo que sea, al menos mientras recobra la vista y puede reflexionar más hondamente sobre lo que le ha sucedido. Al abrirse el telón, Pablo está solo, silencioso. Tanteando por las paredes logra llegar a un pequeño banco, donde se sienta y queda con la cara hundida entre las manos. De pronto entra un hombre como de unos cincuenta años de edad.)

SAULO. (Levando la cabeza pero sin dirigirla a ningún sitio determinado.) ¿Quién anda ahí?

ANANÍAS. Hermano Saulo, el Señor Jesús que te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recibas la vista y seas lleno del Espíritu Santo.

(Le pone las manos sobre la cabeza y Saulo se frota los ojos. De pronto los abre y queda asombrado. Se ve las manos y luego se vuelve a ver a Ananías.)

SAULO. ¿Cómo te llamas?

ANANÍAS. Ananías. ¿Qué tienes en las manos?

SAULO. Son como escamas que me cayeron de los ojos... Pero dime, ¿por qué estás aquí?

ANANÍAS. Yo estaba en mi casa cuando oí que el Señor me llamaba y le respondí: "Heme aquí, Señor" Y el Señor me dijo: "Levántate y ve a la calle que se llama Derecha, y busca en casa de Judas a uno llamado Saulo de Tarso; porque he aquí él ora, y ha visto en visión a un varón llamado Ananías que entra y le pone las manos encima para que recobre la vista".

SAULO. ¿Fue entonces cuando viniste?

ANANÍAS. No, yo tenía miedo de venir pues había oído tu fama. Quise rebelarme contra aquella orden del Señor y le dije: "Señor, he oído de muchos acerca de este hombre, cuánto mal ha hecho a tus santos en Jerusalén; y aun aquí tiene autoridad de los principales sacerdotes para prender a todos los que invocan tu nombre".

SAULO. ¿Y qué respondió el Señor?

ANANÍAS. Ve, porque instrumento escogido es éste, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, de reyes, y de los hijos de Israel; porque yo le mostraré, cuánto le es necesario padecer por mi nombre".

SAULO. Entonces... Debo padecer.

ANANÍAS. Sí, hermano Saulo. El Señor sabe que has perseguido a su iglesia y va a usarte para que la defiendas de aquí en adelante.

SAULO. Hermano Ananías... Si el Señor así lo ha decidido, no tengo más remedio que obedecerle. No puedo ser rebelde a la visión celestial.

ANANÍAS. El Dios de nuestros padres te ha escogido para que conozcas su voluntad y veas al Justo y oigas la voz de su boca.

SAULO. No podré entender jamás su gracia maravillosa al perdonarme todos mis pecados, como tampoco podré entender por qué me escogió a mí.

ANANÍAS. Porque serás testigo suyo a todos los hombres de lo que has visto y oído.

SAULO. En verdad, su gracia es maravillosa. Yo venía a esta ciudad con el propósito de acabar con todos los que profesan su nombre. Yo odiaba a este Jesús sin siquiera conocerlo y ahora... ahora lo amo. Llegué a la casa de Judas completamente ciego y ahora Él me devuelve la vista. He estado reflexionado profundamente y he pasado estos últimos tres días sin comer ni beber.

ANANÍAS. Ahora pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados invocando su nombre.

SAULO. Ananías... Quiero conocer todo lo que se refiera a mi Divino Maestro. Muy poco me ha interesado su persona pero ahora quiero saberlo todo.

ANANÍAS. Cristo, nuestro Señor, fue muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación. Después ascendió a los cielos, y desde la diestra de Jehová intercede por nosotros.

SAULO. (Pensativo.) Pero eso no es todo, Ananías. Él murió, resucitó, subió a los cielos, fue glorificado Y… VOLVIÓ OTRA VEZ. Volvió otra vez cuando se me apareció a mí en el desierto.

ANANÍAS. Tienes razón, hermano Saulo, Jesucristo volvió otra vez. Creo que si fuera necesaria su presencia aquí en la tierra, no dudaría ni un momento en descender del cielo para protegernos.

SAULO. Sí, el Señor escuchó el balido de sus ovejas indefensas en Damasco y como el Buen Pastor que da su vida por sus ovejas, se interpuso en el camino del lobo, que era yo, para defenderlas.

ANANÍAS. Tienes razón. Su muerte sola basta para salvar a la humanidad, pero su amor es tan grande que si tuviera que morir mil veces y mil veces sufrir los escarnios, la burla y maldición de la gente, Jesucristo no vacilaría en volver a tomar la copa de la muerte.

SAULO. Por lo tanto, yo, preso suyo, no me avergüenzo del Evangelio, porque es potencia de Dios para salvación de todo aquel que cree.




ACTO QUINTO

ESCENARIO

(Aparece en el fondo del escenario unas columnas de los edificios propios de Atenas. En el extremo derecho hay un estrado. Al abrirse el telón hay una multitud hablando entre sí.)

COMPARSA 3. ¿Qué querrá decir este palabrero?

DEMÁS. Parece que es predicador de nuevos dioses.

COMPARSA 5. Ciertamente habla acerca de un dios llamado Resurrección. ¿Será como nuestra Afrodita, la diosa de la belleza?

COMPARSA 4. También habla de un tal Evangelio. ¿Quiénes serán esos dioses?

(Entra Saulo por la izquierda acompañado por otro grupo de personas.)

COMPARSA 4. ¿Podremos saber qué es esta nueva enseñanza que habla?

COMPARSA 5. Traes a nuestros oídos cosa extrañas.

COMPARSA 3. Queremos pues saber qué quiere decir esto.

(Pablo sube al estrado y empieza a hablar.)

PABLO. Carones atenienses, en todo observo que sois muy religiosos porque pasando y mirando vuestros santuarios hallé también un altar en el cual había esta inscripción: "AL DIOS NO CONOCIDO". A aquel, pues, que vosotros honráis sin conocerle, a ese os anuncio yo. El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en el hay, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos de manos humanas ni es honrado por manos de hombres como si necesitase de algo; pues Él da a todos vida y respiración y todas las cosas. (Murmullos de admiración.) Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habitasen sobre la faz de la tierra, y les ha prefijado el orden de todos los tiempos, y los limites de su habitación; para que busquen a Dios; si en alguna manera palpando le hallen, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros. Porque en Él vivimos, y nos movemos y somos; como algunos de vuestros poetas dijeron también: "Porque linaje de éste somos nosotros también."

GENTE. ¡Cierto! ¡Tiene razón!

PABLO. Siendo pues linaje de Dios, no debemos pensar que la Divinidad sea semejante a oro, plata, piedra, escultura de arte o de imaginación de hombre.

(Todos se miran asombrados entre sí.)

PABLO. Empero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar que se arrepientan.

GENTE. ¿Por qué? ¿Por qué?

PABLO. Por cuanto ha establecido un día en el cual ha de juzgar al mundo con justicia, por aquel Varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos.

(Pablo baja del estrado y todos se arremolinan junto a él.)

COMPARSA 3. Tus dioses son muy ridículos, Pablo. ¿Quién es ese dios llamado Resurrección?

COMPARSA 4. Te oiremos acerca de esto otra vez, por ahora no nos interesa.

(Se retiran unos, mientras otros quedan ahí.)

DIONISIO. Yo soy Dionisio el encargado del areópago. He oído a muchos filósofos disertar aquí, pero ninguno ha podido ser tan claro como tú, y tampoco han dicho lo que tú has predicado. ¿Qué es necesario para ser salvo?

PABLO. Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo.

DIONISIO. Creo firmemente.

(De pronto se acerca una mujer y cae a los pies de Pablo arrodillada.)

PABLO. (La levanta.) Levántate, mujer, yo también soy pecador como tú. Solo ante el Señor te inclinarás y a Él sólo servirás.

DÁMARIS. He vivido sola todo este tiempo. Hubo una vez que quisieron hacerme Vestal, pero me da asco. Después mi alma languideció porque no me sentí feliz nunca. He sufrido mucho, Señor, mucho... Y hoy estoy conmovida ciertamente, pero de alegría. Una enorme felicidad embarga mi alma, porque por fin he hallado la Verdad, y la Verdad es el Cristo que tú vienes anunciando.

PABLO. ¿Crees en Cristo de todo tu corazón?

DÁMARIS. Creo y siento que Cristo salva, guarda y satisface, plenamente el corazón humano.

PABLO. Vete en paz, mujer. Que la Gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean contigo, hermana.

(Dámaris se aleja y surge Joel de en medio de la multitud.)

JOEL. !Saulo, por fin te encuentro!

SAULO. (Poniendo cara de alegría y de asombro a la vez.) ¡Joel, qué alegría, muchacho! (Se abrazan.)

JOEL. Ha pasado mucho tiempo, Saulo, pero al fin nos hemos vuelto a encontrar.

PABLO. (Separándose con una sonrisa.) Ya no me llamo Saulo, ahora soy Pablo, el pequeño. Porque soy el ultimo de los apóstoles, el mas pequeño de todos los santos, el primero de los pecadores.

JOEL. ¡Pablo! En realidad no te conozco. ¡Has cambiado tanto, tanto! Desde que supe que te habías hecho cristiano, te he buscado por todas partes.

PABLO. ¿Cristiano?

JOEL. Sí, cristiano. O sea, pequeño Cristo. En Antioquía han empezado a llamar cristianos a los creyentes; parece que empezó como burla, pero de todos modos el nombre nos viene bien.

PABLO. ¿Nos viene? ¿Es que tú también eres cristiano?

JOEL. Desde hace bastante tiempo. Esa doctrina está cundiendo con fuerza por todo el Imperio Romano y ha llegado hasta África.

PABLO. ¿Y Dafne?

JOEL. (Con gesto de tristeza.) No la he vuelto a ver desde hace mucho tiempo. ¿Recuerdas cuando mataron a Esteban? (Pablo hace un gesto de asentimiento.) Ese día Dafne regresó profundamente impresionada a la casa. Y mi sierva Cloe no cesaba de hablarle de Cristo.

PABLO. ¿Cloe? Sí, la recuerdo. Yo mismo la mandé a la cárcel.

JOEL. Sí y allí murió víctima de los maltratos más brutales que imaginarse pueda. Dafne sufrió mucho por ella hasta que un día me dijo que iba a convertirse al cristianismo. Vendió todas sus posesiones, puesto que ya tenía edad para hacerlo, y el dinero lo llevo a los pies de los apóstoles para que sirviera de ayuda a las necesidades de los cristianos que estaban siendo perseguidos.

PABLO. (Profundamente conmovido.) Ciertamente la persecución ha sido cruel y espantosa.

JOEL. Dafne fue firme en sus creencias, y cuando fueron esparcidos, ella juntamente con todos los demás iban por todas partes predicando la Palabra.

PABLO. Es cierto, todos los creyentes a través de los años cuando mayor es la persecución, más fuerte es su congregación. Y si somos apresados eso no detiene la fuerza de este mi evangelio, porque la Palabra de Dios no está presa: es viva y eficaz, y más penetrante que una espada de dos filos, que alcanza hasta partir el alma, el espíritu, y aun las coyunturas y el tuétano.

JOEL. (Recordando.) Cuando Dafne se fue y Cloe murió, yo no pude estar tranquilo pensando en lo que podría ser de mí si esa doctrina fuera cierta y yo sin creer en ella. Muchas veces recordaba aquello de: "¿Qué aprovechará el hombre si ganare todo el mundo y perdiere su alma?” Otras veces pensaba que "El Reino de los cielos se hace fuerza, y únicamente los valientes lo arrebatan". Llegué a la conclusión de que yo tenía que ser valiente, y por fin me decidí: vendí mis posesiones, las di a los pobres y aquí me tienes.

PABLO. Ciertamente, Joel, el amor al dinero es la raíz de todos los males. Yo también me deshice de todo lo que tenía, hasta de mi título de fariseo. He reputado perdida todas las cosas, por el eminente conocimiento de nuestro Señor Jesucristo, por amor del cual lo he perdido todo y téngolo por estiércol para ganar a Cristo.

JOEL. ¿Y no has pasado hambre?

PABLO. He aprendido a contentarme con lo que tengo. Sé estar humillado y se tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para hartura, como para hambre.

JOEL. ¿Y si te falta algo?

PABLO. Mi Dios suple todo lo que me falta conforme a sus riquezas en gloria. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.

JOEL. (Cambiando el tema.) ¿Sabes, Pablo? Ahora ya sé lo que quiso decir Jesús cuando me dijo: “¿Por qué me llamas bueno?” El quería sondear mi alma y probar mi fe, saber si yo creía en Él como el Hijo de Dios y no como un simple Maestro.

PABLO. En verdad, Joel, el Señor siempre nos prueba para ver qué tan acrisolada está nuestra fe.

JOEL. Dime una cosa, Pablo, ¿cómo fue que cambiaste tanto?

PABLO. Yo creía sinceramente que era mi deber exterminar el cristianismo; pero nunca imaginé que en el centro de él estaba nada menos que el Hijo de Dios; y por lo tanto, aunque hubiera removido el infierno y la tierra, jamás hubiera logrado mi propósito. Cuando Cristo me salvo, no tomó en cuenta mi maldad por cuanto lo hice en ignorancia, y como está escrito:" El justo por fe vivirá" asó yo creí y fui salvo.

JOEL. Yo también estoy justificado.

PABLO. Justificados pues por la fe tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.

JOEL. Y ahora, ¿cuál es el rumbo de tu vida?

PABLO. Te lo diré: Después de haber reflexionado hondamente y por muchos años en lo que me sucedió en el camino a Damasco, he llegado a la conclusión de que este evangelio ha de ser predicado hasta los confines del mundo. Y así como antes serví para el mal, ahora quiero servir para el bien.

JOEL. ¿Por eso has hecho esos viajes misioneros?

PABLO. Sí, por eso. Porque está escrito que todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo. Pero dime, Joel, ¿cómo invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?

JOEL. (Sin poderse contener.) ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian el evangelio de la paz, de los que anuncian el evangelio de los bienes!

PABLO. En cuanto a mí, Joel, yo sé en quién he creído, y estoy cierto que es poderoso para guardar el depósito de mi alma hasta aquel día final, cuando venga en gloria con sus santos ángeles.

(Pablo y Joel se separan, abrazándose.)

PABLO. No te olvides, Joel: Todo lo podemos en Cristo que nos fortalece.