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2012 - España
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¿De quién son las huellas?

17 Minutos y 5 Personajes. El Sr. Bonetti anda en busca de las huellas más importantes de toda la humanidad y para eso contrata a un grupo de expertos para que le ayuden a encontrarla. A través del camino se encuentran con varias huellas de personajes famosos pero el Sr. Bonetti no está convencido. Más adelante encuentran un par de huellas luminosas, las cuales tienen muchas huellas a su alrededor ¿Serán esas las huellas que el Sr. Bonetti está buscando?





¿DE QUIÉN SON LAS HUELLAS?

David Matos y Eunices Herrera
Ministerio Teatral Alpha
Republica Dominicana




PERSONAJES

TRABAJADOR 1
TRABAJADOR 2
ARQUÉOLOGO- MR. JEFFERSON
HISTORIADOR-SRA. HERNÁNDEZ
SR. BONETTI


PRIMERA ESCENA

(Se encuentran todos afanados buscando algo en el suelo.)

TRABAJADOR 1. (Se dirige hacia Mr. Jefferson y con emoción le muestra una pequeña piedra.)

MR. JEFFERSON. (Mira la piedra con una lupa y la rechaza restándole importancia. La tira al suelo, le hace señas al Trabajador 1 para que siga trabajando.)

(Todos siguen afanados tallando y escarbando en la tierra cuando de pronto…)

TRABAJADOR 2. ¡Sra. Hernández! ¡Sra. Hernández! ¡Aquí están! Venga pronto. (Todos se amontonan para ver.)

SRA. HERNÁNDEZ. Permiso, por favor. (Tratando de abrirse paso entre los demás se agacha) A ver qué tenemos por acá… (Se quita las gafas.) ¡Ajá! (Se pone de pie.) Aquí están las preciadas huellas, son unas huellas grandes. (El Sr. Bonetti se acerca.) Se nota que son las huellas de un explorador de mares, alguien cuyo nombre trascendió varias décadas, e incluso centenarios… Sr. Bonetti, creo que hemos encontrado lo que buscábamos.

SR. BONETTI. ¿Está usted segura?

SRA. HERNÁNDEZ. Bueno, señor. (Dudando.)

SR. BONETTI. ¿Está segura? (Con énfasis.)

MR. JEFFERSON. No, no podemos hacer ninguna afirmación definitiva (mira a la Sra. Hernández) por lo menos hasta que hagamos los estudios de lugar y confirmemos si estas son las huellas que usted busca.
SR. BONETTI. Está bien, pero recuerden que no estoy en cualquier tipo de huellas, tienen que ser huellas exclusivas y especiales por lo tanto no descansaremos hasta obtenerlas.

SRA. HERNÁNDEZ. Claro, claro, usted no tenga la menor duda de que haremos todos los esfuerzos posibles para encontrar esas huellas.

SR. BONETTI. Eso espero… Bueno pero, ¿qué estamos esperando? Analicemos mejor estas huellas para así darnos cuenta si realmente valen la pena.

MR. JEFFERSON. Lo que tenemos que preguntarnos es qué tienen estas huellas de especiales.

SRA. HERNÁNDEZ. Bueno… Como dije antes, son huellas grandes y además parece que tienen mucho tiempo de antigüedad, alrededor de 600 años.

SR. BONETTI. Sí, son grandes, pero no creo que porque sean grandes sean especiales; simplemente pudo ser una persona con pies grandes.

SRA. HERNÁNDEZ. Pero Sr. Bonetti…

SR. BONETTI. Señor nada, le recuerdo nuevamente que no busco cualquier par de huellas.

MR. JEFFERSON. Calma, calma, por favor, apenas hemos encontrado éstas, no hemos buscado más. Busquemos más; si encontramos otra podemos compararlas y así podremos determinar cuáles son las más especiales, ¿de acuerdo?

SR. BONETTI. Claro, claro, estoy completamente de acuerdo. No importan los esfuerzos que se tenga que hacer o el tiempo que gastemos. Estoy decidido a encontrar esas huellas.

MR. JEFFERSON. ¿Y usted, Sra. Hernández, está de acuerdo?

SRA. HERNÁNDEZ. (No muy convencida.) Sí, sí, no hay problema.

SR. BONETTI. (Le pone la mano en el hombre a la Sra. Hernández.) ¡Ánimo, Sra. Hernández! Encontraremos esas huellas, estoy completamente seguro.

SRA. HERNÁNDEZ. Si usted lo dice...

(En ese instante el Trabajador 2 grita.)

TRABAJADOR 2. ¡Vengan por aquí! ¡Encontré otras!

MR. JEFFERSON. A ver (con la lupa). Aquí tenemos un par de huellas similares a las anteriores, no son tan grandes pero están un poco más marcadas en la tierra. Eso significa que el autor de las mismas tenía gran liderazgo. Parece ser que fue un artífice de la guerra, que conquistó muchas naciones con mano dura.

SRA. HERNÁNDEZ. (Riéndose con satisfacción.) Bueno, Sr. Bonetti, creo que ahora sí hemos encontrado esas huellas tan especiales que usted buscaba. Mire aparte de las huellas grandes hay alrededor otros pares de huellas que las siguen. Creo que estas son las huellas que usted busca.

SR. BONETTI. Yo no estaría tan seguro…

SRA. HERNÁNDEZ. Pero, ¿qué dice? Sí, ahí están las evidencias (señalando las huellas). El autor de estas huellas fue un líder mundial, tenía a muchos bajo su mando, las huellas a su alrededor lo indican.

SR. BONETTI. Sí, pero no creo que el ser imponente e indolente con sus enemigos sea signo de admirar o de premiar. Además, esas huellas que usted dice que están alrededor se desaparecen más adelante.

MR. JEFFERSON. Estoy de acuerdo con usted, Sr. Bonetti, creo que un verdadero líder es aquel a quien los demás siguen por convicción, no por miedo y si las huellas ya no están significa que dejaron de seguirle.

SR. BONETTI. ¡Claro que sí! ¿Verdad, Sra. Hernández?

SRA. HERNÁNDEZ. Bueno...Yo no estoy de acuerdo. Yo creo que lo importante es ser líder, lo demás es secundario.

SR. BONETTI. ¿Secundario? ¿Y en dónde queda la compasión, la libertad de expresión y el respeto hacia los demás?

(La Sra. Hernández se aleja del grupo con cara molesta. Se acerca al Trabajador 1 quien está buscando algo.)

MR. JEFFERSON. Pienso igual que usted. (Dirigiéndose al Sr. Bonetti.) Esas cualidades son muy importantes en un líder.

TRABAJADOR 2. ¡Encontré otras, vengan!

(La Sra. Hernández se dirige rápidamente hacia el Trabajador 3 y le hace señas para que haga silencio.)

MR. JEFFERSON. ¿Dónde están?

SRA. HERNÁNDEZ. No pasa nada, sólo ha encontrado unas huellas pequeñas a la orilla del camino, algo sin importancia.

SR. BONETTI. De todos modos, me gustaría verlas.

SRA. HERNÁNDEZ. La verdad no creo que sea necesario, sólo perdería el tiempo.

SR. BONETTI. Insisto.

MR. JEFFERSON. Deja que las vea y que él mismo dé su opinión.

SRA. HERNÁNDEZ. De acuerdo. (No muy convencida se retira a un lado y lo deja pasar.)

SR. BONETTI. ¿Me prestaría su lupa?

MR. JEFFERSON. Claro, claro, acá la tiene. (Le da la lupa.)

SR. BONETTI. Muchas gracias. (Se agacha.) A ver...

SRA. HERNÁNDEZ. ¿Ve lo que le dije? ¿Qué son sólo unas huellas sin importancia?

MR. JEFFERSON. (Le hace señas a Hernández de reprobación y silencio.)

SR. BONETTI. No pienso igual que usted, Sra. Hernández, acérquese Mr. Jefferson (le da la lupa) ¿Qué ve usted?

MR. JEFFERSON. Déjeme ver, ¡ohh estás huellas tienen algo diferente! Es como si irradiaran luz.

SRA. HERNÁNDEZ. ¿Irradiar luz? ¡Eso es ridículo!

MR. JEFFERSON. Acérquese usted misma y compruébelo.

SRA. HERNÁNDEZ. (De mala gana.) A ver… (Con la lupa.)

SR. BONETTI. ¿Ve la diferencia?

SRA. HERNÁNDEZ. Sí, pero no creo que eso sea relevante, simplemente estas huellas se pueden encontrar en un ángulo en donde la luz del sol entra con más facilidad.

MR. JEFFERSON. No estoy de acuerdo, no creo que eso tenga nada que ver.

TRABAJADOR 2. ¡Mire, Mr. Jefferson! Las huellas no terminan aquí, siguen avanzando.

MR. JEFFERSON. ¡Es cierto!

SR. BONETII. Esto es maravilloso, estas huellas son únicas.

SRA. HERNÁNDEZ. No creo que sea para tanto, además son muy pequeñas para poder considerarse especiales y mucho menos únicas.

SR. BONETTI. Al principio eran pequeñas pero mire, (señalando) a medida que avanzan se van haciendo más grandes.

TRABAJADOR 2. Y no sólo eso, señor, hay pares de huellas alrededor de estas huellas.

MR. JEFFERSON. Es como si esas pequeñas huellas que están alrededor las estuvieran siguiendo…

SRA. HERNÁNDEZ. ¿Y qué? Las anteriores si mal no recuerdo tenían también huellas alrededor, ¿o no?

SR. BONETTI. Sí, tenían algunas pero muy pocas, además en vez de aumentar el número de huellas, con el tiempo estas disminuyeron hasta desaparecerse por completo.

MR. JEFFERSON. En cambio, en estas el número de huellas va aumentando. ¡Miren!

SR. BONETTI. Sí, es verdad.

SRA. HERNÁNDEZ. ¡Ay, por favor! Son sólo huellas… Miren, si quiero las puedo borrar... (Pasa el pie por encima de las huellas. Lo pasa nuevamente al ver que no se borran)

SR. BONETTI. No pudo borrarlas, es increíble.

MR. JEFFERSON. Están grabadas en la tierra.

SRA. HERNÁNDEZ. A lo mejor sólo se han calcificado debido al tiempo y a la composición del terreno. Veamos las otras.

SR. BONETTI. Mira estas se borraron. (Pasando el pie por la primera huella.)

MR. JERFFERSON. Estas también (borrando la segunda).

SRA. HERNÁNDEZ. ¡No es posible!

SR. BONETTI. Estas huellas son diferentes, ¡esto es sorprendente!


SRA. HERNÁNDEZ. Un momento, ¿qué es eso? (Señalando hacia las huellas.)

MR. JEFFERSON. ¿Qué cosa?

SR. HERNÁNDEZ. Eso que hay alrededor, más adelante.

TRABAJADOR 2. Parece sangre… Sí, es sangre.

SRA. HERNÁNDEZ. ¡Al parecer hirieron al gran líder! Y miren más adelante las huellas si se borraron y se borraron solas (con ironía).

MR. JEFFERSON. ¡No puede ser, las huellas luminosas han desaparecido! (Con tristeza.)

SRA. HERNÁNDEZ. Si no están es porque su liderazgo desapareció.

SR. BONETTI. ¡No, no es así! Miren, aunque las huellas luminosas no están, las pequeñas que están alrededor siguen la misma trayectoria.

MR. JEFFERSON. Es cierto, además más adelante aparecieron nuevamente, lo que significa que solamente desaparecieron por muy poco tiempo, al parecer máximo 3 días. No entiendo qué pudo haber pasado…

SR. BONETTI. Eso no es relevante, lo importante es que primero sus seguidores no lo abandonaron mientras las huellas no estaban y segundo: las huellas volvieron a aparecer, lo que significa que definidamente estas son las huellas que yo buscaba.

SRA. HERNÁNDEZ. Señores, reflexionemos, por favor. Ok, supongamos que sí son huellas muy especiales pero eso, ¿qué importa? ¿Qué haremos con ellas? Al ser huellas no podemos arrancarlas y llevárnoslas. ¿Qué beneficio sacaremos de este descubrimiento y sobre todo de este largo viaje? Piensen un poco… ¡Deberíamos aprovechar la oportunidad y buscar algo realmente valioso como una piedra preciosa o un tesoro!

SR. BONETTI. Esto, amiga, es un tesoro. No lo veas sólo por el lado material míralo más allá de la superficie, más allá de lo que se ve a simple vista. El autor de estas huellas fue el verdadero líder.

SRA. HERNÁNDEZ. Ok, ¡fue un líder! ¡Un gran líder! Pero, ¿quién? ¡No sabemos de quién son esas huellas!

TRABAJADOR 1. (Quien no había hablado nada quitándose el casco) ¡Yo sí sé de quién son estas huellas! Estas huellas son las huellas del Maestro, aquel que dio su vida por la humanidad, aquel que dividió la historia en dos partes: un antes y un después. ¿Ven que sus huellas desaparecieron por un tiempo? Esto fue porque como un verdadero líder se sacrificó por lo que le seguían, por los que se sumarían después y aún hasta por los que no le siguen pero notaron también que sus huellas volvieron a aparecer eso significa que al tercer día resucitó y, ¿qué pasó a partir de ahí? Sus huellas jamás volvieron a desaparecer y cada día se multiplica el número de huellas que las siguen.

MR. JEFFERSON. Vaya, nunca pensé que encontraríamos las huellas del maestro.

SRA. HERNÁNDEZ. Yo tampoco.

TRABAJADOR 1. Sí, es maravilloso pero tengan presente que para encontrar estas huellas no tienen que viajar a un lugar lejano y escondido como éste. Estas huellas se encuentran en todo el mundo. Sólo hay que mirar alrededor y darse cuenta de que toda la tierra está llena de sus huellas. Sólo basta tener el deseo de encontrarlas y no sólo de encontrarlas sino de seguirlas, que es lo importante.

SR. BONETTI. Desde que las vi supe que eran huellas especiales y no las huellas sino su autor.

SRA. HERNÁNDEZ. Yo en cambio al principio estaba renuente a aceptar al ver las huellas tan pequeñas pero me di cuenta que todo lo que ustedes decían es verdad y al saber ahora de quienes son. Las encuentro mucha más especiales y sobre todo sé que su valor es incalculable.

MR. JEFFERSON. Sí, me sorprendió sobre todo todas las huellas que había a su alrededor. Son muchas, diría que miles o quizá más.

TRABAJADOR 2. Sí, es increíble la cantidad de huellas…

TRABAJADOR 1. Sí, son muchas, diría que incontables, si quieren convencerse sigamos el camino de sus huellas más adelante.

SR. BONETTI. Sí, buena idea, vamos.

(Todos se dirigen hacia delante menos la Sra. Hernández y van maravillados observando las huellas hasta que el Sr. Hernández se queda casi sólo.)

SRA. HERNÁNDEZ. (Se queda mirando las huellas) Ciertamente estas huellas son muy especiales porque tienen el poder de transformar mentes como la mía, que entendía que lo valioso era solamente las cosas materiales pero ahora me doy cuenta que a través de estas huellas puedo encontrar algo mucho mejor que lo que me puede dar una piedra preciosa (se pone de pie y pone un pie hacia adelante). Ciertamente estas huellas transforman vidas porque esta vida, mi vida, ha sido transformada y ahora estoy decidida a seguir a sus huellas.

MR. JEFFERSON. Hernández, venga a ver ¡es verdad! Las huellas no terminan y son muchas las huellas que hay alrededor de ellas...

SRA. HERNÁNDEZ. Sí, lo sé, son muchas y sé que cada día serán más. (Se va corriendo hacia el grupo.) ¡Ey, espérenme!

Las máquinas del Siglo XXI

6 Minutos y 7 Personajes. Un hombre desesperado busca llenar su vacío espiritual por todas las opciones que le ofrece el mundo. Se da cuenta de que Jesús es el único camino pero las máquinas lo matan. El hombre piensa suicidarse pero Jesús le anuncia que Él es la resurrección y la vida.


LAS MÁQUINAS DEL SIGLO XXI
Luis Castillo Gustavo Villegas

PERSONAJES

DESESPERADO
JESUCRISTO
MÁQUINA 1 (FILOSOFÍA)
MÁQUINA 2 (POLÍTICIA)
MÁQUINA 3 (DINERO)
MÁQUINA 4 (ALCOHOL)
MÁQUINA 5 (DROGAS)

(Las Máquinas entran como robots al escenario y se ubican en una fila, una al lado de otra. Con una posición estática miran al frente y tienen su brazo derecho levantado hacia el frente, pegado al torso y flexionado, como si fuera una palanca. Desesperado sale del público pidiendo ayuda y buscando una solución a sus problemas. Desesperado llevará en su espalda una carga pesada que representará los problemas, su vacío espiritual y su angustia)

DESESPERADO. (Pide ayuda al público pero nadie puede ayudarlo. Llega al escenario casi arrastrándose, en una actitud de que ya no puede más con su carga, hasta que ve a las máquinas.) ¡Máquinas! ¡Máquinas del Siglo XXI! ¡Ustedes son la solución a mis problemas, porque ya no puedo más con esta carga tan pesada! Máquina, tal vez tú puedes ayudarme. (Llega hasta la primera máquina y le baja el brazo.)

(Cada máquina, al bajarle cobra vida.)

MÁQUINA 1. Creo que tengo la solución a tus problemas. La Filosofía puede ayudarte. Las religiones son tu solución, la hechicería, el ocultismo, la nueva era. ¿Sabias que tú desciendes del mono? La Filosofía es tu solución. ¡La Filosofía! ¡La Filosofía! ¡La Filosofía! (La máquina se retira a su posición original susurrando estas palabras.)

DESESPERADO. (Mientras la máquina habla, él recibe esa solución susurrando su nombre en voz de baja. Pero luego que la máquina vuelve a su posición original, él grita.) ¡No! ¡La Filosofía no es la solución! Pues pasé por todas esas cosas y sólo conseguí vivir engañado. (Pide ayuda a la Máquina 2.) Máquina, tal vez tú eres la solución a mis problemas, porque no puedo más con esta carga tan pesada. (Baja el brazo a la Máquina 2.)

MÁQUINA 2. Yo tengo la respuesta a tus problemas: la política. Esa es tu solución. Tendrás mucho poder. Dominarás a mucha gente. Podrás alcanzar altos niveles en la sociedad. Afíliate a mi partido y verás que esa es la solución. (Se retira a su posición original mientras susurra.) ¡La política! ¡La política! ¡La política!

DESESPERADO. (En un principio recibe muy contento la solución pero luego dice…) ¡No! ¡La política no es la solución! Pasé por todos los partidos pero ninguno cumplió lo que me prometió. (Se vuelve hacia la máquina 3.) Máquina, tal vez tú eres la solución a mis problemas. (Baja el brazo a la Máquina 3.)

MAQUINA 3. ¡Claro que yo tengo la solución! El dinero es la solución. Con el dinero podrás tener muchas mujeres, muchos placeres. Podrás comprar la amistad de las personas. Te respetarán. El dinero es la solución. (Se retira a la posición original mientras susurra.) ¡El dinero! ¡El dinero! ¡El dinero!

DESESPERADO. (Recibe la solución con alegría, pero luego dice...) ¡No! ¡El dinero no es mi solución! Tuve mucho dinero. Tuve muchos deleites pero sólo conseguí un gran vacío en mi corazón. (Se vuelve a la máquina 4 para pedir su ayuda; le baja el brazo.)

MAQUINA 4. (Cobra vida, y en actitud de ebriedad ofrece la solución.) Pero mi amigo, ¿por qué no acudiste a mí? Ven a tomar un trago. Esta es la solución. Mira, podrás emborracharte y olvidarte de tus problemas. Toma, amigo mío. El alcohol es la solución. (Vuelve a la posición original mientras susurra.) ¡El alcohol! ¡El alcohol! ¡El alcohol!

DESESPERADO (Recibe la solución en un principio, como en las otras ocasiones, pero luego dice…) ¡No! ¡El alcohol no es mi solución! Yo amanecía bebiendo por días… por semanas. Por ello perdí a mis hijos. Por ello perdí mi hogar. El trago sólo arruinó mi hogar. No es la solución. (Se dirige a la máquina 5. Pide ayuda y le baja el brazo.) Máquina, tal vez tú eres la solución a mis problemas.

MAQUINA 5. (Cobra vida; actúa de manera errática.) ¡Claro que tengo la solución! ¡Las drogas! ¡Toma, prueba! (Saca una pastilla y se la da.)

DESESPERADO. (Rehuyendo.) ¡No! ¡Esa no es mi solución! Pasé por las drogas. A raíz de ello perdí mi trabajo, al no tener dinero comencé a vender las cosas de mi casa al venderlo todo me dediqué a robar.

MAQUINA 5. (Se dirige al público.) ¡Mira cómo se ríen! Eres un despreciado de la sociedad. Mira, nadie te quiere, pero yo te voy a dar la solución definitiva: ¡Suicídate! ¡Suicídate! ¡Suicídate!

(Vuelve a su posición original susurrando esta palabra.)

DESESPERADO. (Empieza a llorar desesperadamente, mientras dice…) ¡El suicidio es mi solución! (Se arrodilla y pone los brazos sobre la cabeza mientras se inclina hasta el suelo.)

JESUCRISTO. (Sale al escenario, y se ubica en el centro, frente al público, con las manos levantadas dando la espalda a las máquinas.) YO SOY EL CAMINO, Y LA VERDAD, Y LA VIDA. NADIE VIENE AL PADRE SINO POR MÍ.

(Las máquinas caminan hasta situarse frente a Jesucristo. Las máquinas 1 y 5 clavan las manos de Jesús. Las máquinas 2 y 4 clavan sus pies, y la tercera máquina le coloca una corona de espinas imaginarias. Luego regresan a su posición original. Jesucristo cae muerto al suelo.)

DESESPERADO (Mientras las máquinas crucifican a Jesús, él grita…) ¡Máquinas! ¿Qué están haciendo? ¡Noooooooooooo! (Una vez que Jesús cae al suelo, él todavía en el suelo y de rodillas, haciendo mucha lamentación y acusándoles de haber matado a Jesús, dice.) ¡Han matado a Jesús! ¡Han matado a mi única solución! ¡Ustedes han matado a Jesús con sus pecados y rebeliones! ¡Máquinas asesinas! (Luego se dirige a Jesús.) Jesús, eras mi única solución. Ahora no tengo nada más que suicidarme.

JESUCRISTO. (Se levanta con las manos levantadas.) YO SOY LA RESURRECCION Y LA VIDA, EL QUE CREE EN MÍ AUNQUE ESTÉ MUERTO VIVIRA. (Juan 11:25)

(Al comunicar Jesús estas palabras, las máquinas se doblan de la cintura, como muertas. Se quedan en esa posición hasta el fin.)

FIN

Camino al País de la Vida

50 Minutos y 16 Personajes + Extras. Obra alegórica en la que un peregrino avisado por la carta del Rey del País de la Vida es avisado de la destrucción que se avecina al país en el que vive: el País de Destrucción. Emprenderá el camino hacia el País de la Vida y en él se encontrará con varios personajes que le alentarán a que avandone. Al final, después de muchas vicisitudes, podrá llegar a su feliz destino.


CAMINO AL PAÍS DE LA VIDA

PERSONAJES

PEREGRINO
CRISTIANO
MUNDANO
VOLUBLE
ESPERANZA
CARIDAD
FE
ENEMIGO
FIEL
VANIDAD
CODICIA
SOBERBIA
JUEZ
LUJURIA
LOCUAZ
VIOLENCIA
Extras



PEREGRINO. ¿Qué voy a hacer? Acusado, condenado a muerte, agobiado por esta carga que me abruma. Y mi ciudad va a ser destruida y nadie me hace caso. Me tratan de loco, se ríen de mí, mis padres y hermanos se me burlan y me desprecian. Nadie quiere creer que es verdad cuanto dice, y bien claro, esta carta del rey... No me queda más remedio que marcharme, huir de mi desventura, a desahogar en la soledad la pena de mi corazón… (Solloza, sentado, con la cabeza entre las manos.)

CRISTIANO. ¿Qué tienes? ¿Por qué lloras?

PEREGRINO. Esta Carta me dice que voy a ser juzgado, que estoy condenado a muerte, y que mi ciudad, por orden del rey, va a ser destruida de un momento a otro con todo lo que contiene. Y yo, ni estoy dispuesto para el juicio, ni quiero morir, ni quisiera abandonar mi ciudad, donde está todo lo que tengo en esta vida. Pero nadie ha querido creerme, ni siquiera los míos me han escuchado.

CRISTIANO. Has hecho tu deber al advertir a los tuyos de tan grave peligro. Lo que dice la carta es verdad. Soy un emisario del Rey y te lo puedo garantizar. ¿Por qué no te pones a salvo y evitas todos esos males?

PEREGRINO. ¿Adónde voy a ir? Temo que esta carga que llevo sobre mí, y que no ha cesado de crecer desde mi infancia, me arrastre a una vida peor que la muerte. Y si no estoy dispuesto para ir al juicio, lo estoy menos para la cárcel, y muchísimo menos para el tormento. ¿No quieres pues que me desespere?

CRISTIANO. Mira, lee bien. Tu carta dice cómo librarte de todo eso. Al dorso hay un plano que te indica cómo llegar antes del juicio a la ciudad del rey. Si llegas antes de expirar el plazo, eres libre.

PEREGRINO. ¡Dios lo quiera! Eso ya lo entiendo pero, ¿dónde ir y por dónde llegar a tiempo?

CRISTIANO. ¿Ves allá a lo lejos una casa aislada con una puerta muy estrecha?

PEREGRINO. No, no veo nada.

CRISTIANO. ¿No ves allá lejos el resplandor de una pequeña luz?

PEREGRINO. ¡Ah, sí!

CRISTIANO. No la pierdas de vista. Ve derecho hacia ella y hallarás una puerta estrella. Llama y allí te dirán lo que has de hacer.

(Llegan deprisa Mundano y Voluble.)

MUNDANO. ¡Eh, peregrino, espera!

PEREGRINO. ¿A qué habéis venido?

VOLUBLE. A que te vuelvas con nosotros.

PEREGRINO. Imposible, Voluble. Estoy condenado a muerte y sólo puedo ser liberado si llego a tiempo a la ciudad de la vida. Quedarme sería una locura. Además, la ciudad en donde vivís y donde yo he vivido hasta ahora va a ser arrasada. Me consta por esta carta del rey que os he leído hasta la saciedad. Lo que debéis hacer es venir también conmigo.

MUNDADO. ¡Insensato! ¿Tú crees que nosotros vamos a dejar por una alarma como esa nuestras casas, nuestros bienes y nuestros amigos?

PEREGRINO. Todo lo que tengáis que abandonar no es nada, comparado con lo que el Rey nos promete.

VOLUBLE. ¡Lo que el Rey te promete…! A saber si será verdad. ¿Y tú eres capaz de dejarlo todo por ir a buscarlo?

PEREGRINO. ¡Oh, voluble! ¿Qué no sería yo capaz de dejar a cambio de mi libertad? Amo la vida. Y quiero disfrutarla en un país que no será jamás contaminado ni destruido. Eso dice la carta. Leedla y os convenceréis…

MUNDANO. Necedades. Déjate de cartas y de tonterías. ¿Quieres o no volverte con nosotros de una vez?

PEREGRINO. Nunca, Mundano. Mi decisión está tomada.

MUNDANO. Vámonos pues, Voluble, y dejémoslo estar. Hay una clase de locos como éste que cuando se les mete una manía en la cabeza no hay manera de hacerlos razonar. El Rey del que tú hablas, jamás vino a la ciudad en vida nuestra. Y en cuanto a sus amenazas y a tu condena… olvídate de ellas, jamás las cumplirá.

VOLUBLE. No te precipites, espera. ¿Quién sabe si será verdad lo que mi amigo Peregrino dice? Si lo fuera, vale mucho más lo que él busca que lo que nosotros poseemos, creo que me conviene seguirle. ¿Te imaginas lo horrible que ha de ser, perecer abrasados, por sorpresa, en medio de la ciudad?

MUNDANO. ¿Cómo? ¿Más necios aún? No seas estúpida y vuélvete conmigo. ¡A saber adónde te llevará este iluminado! Vámonos antes de que pierda la paciencia.

PEREGRINO. No hagas caso, Voluble. Acompáñame, y alcanzarás no sólo la vida de que te he hablado sino muchas cosas más. Y si no crees mi carta a pesar de estar firmada con la sangre de su autor, te diré que el hombre con quien os encontrasteis al verme, era un emisario suyo que me ha confirmado cuanto la carta decía.

VOLUBLE. Mundana, vete. Estoy decidida, voy a seguir a Peregrino y voy a escapar a esa horrible destrucción que tú, tan insensatamente desprecias. Pero (dirigiéndose a Peregrino) ¿sabes tú el camino que nos ha de llevar al lugar que buscamos?

PEREGRINO. Me ha indicado la dirección un enviado del Rey llamado Cristiano. Además, aquí tengo marcada, en la carta, la ruta a seguir. Debemos alcanzar antes de la noche aquella luz que se ve a lo lejos. Y allí, en la Casa de la Puerta Angosta, nos ayudarán a seguir nuestro camino.

VOLUBLE. Pues, adelante, marchemos.

MUNDANO. Necios, vais a vuestra ruina.

VOLUBLE. Adiós, Mundano. Algún día te arrepentirás de tu obstinación.

PEREGRINO. Adelante. (Se pone en marcha. Voluble se detiene y hace detenerse a Peregrino.)

VOLUBLE. Peregrino, ¿tú sabes lo que nos espera? ¿No será todo esto muy arriesgado?

PEREGRINO. No sé, pero tengo confianza en lo que dice la carta.

VOLUBLE. Pero, ¿cómo puedes saber que es verdad lo que dice ahí? ¿Y si de todos modos el Rey cambia de idea?

PEREGRINO. El rey no puede jugar con la vida de sus súbditos. Conoces la entereza de su carácter y es el Rey en persona quien la ha escrito…

VOLUBLE. Perdona, pero tengo miedo…

PEREGRINO. (Leyendo.) … Y si llegas a tiempo a la ciudad de la vida tendrás libertad para siempre y tu vida en ella no tendrá fin…

VOLUBLE. ¡Es maravilloso! ¿Será verdad? ¿Y cómo vamos a llegar a tiempo?

PEREGRINO. No hemos de hacer más que seguir adelante este camino.

VOLUBLE. ¡Oh, Peregrino! Pues sigamos y apresuremos la llegada. ¿Y si nunca encontramos ese país?

(Salen.)



ESCENA 2. EN EL PANTANO DE LA DUDA

PEREGRINO. (Cayéndose.) ¡Voluble, el terreno se hunde bajo mis pies!

VOLUBLE. ¡Dios mío! ¿Dónde nos hemos metido? (Cae también.)

PEREGRINO. Hemos caído en un pantano de arenas movedizas. No puedo salir del cieno. ¡Oh, si no fuera por esta pesada carga…!

VOLUBLE. ¡Quiero salir! ¿Es esta la felicidad que me prometías hace un instante? Si esto es lo que tenemos al principio del viaje, ¿qué podemos esperar para el final? Eso si no se termina aquí todo…

PEREGRINO. No comprendo cómo ha podido pasarnos esto…

VOLUBLE. Yo sí. Comprendo que Mundano tenía razón y que he sido una necia siguiéndote. Si salgo de aquí, puedes estar bien seguro de que gozarás tú sólo de las delicias de ese país tan magnífico con el que me has engañado.

PEREGRINO. ¡Oh, Señor, sácanos de aquí!

VOLUBLE. Por fin. Menos mal que me quedé cerca de la orilla. ¡Uf! Ahí te quedas, imbécil.

PEREGRINO. ¡Voluble, ayúdame, por favor!

VOLUBLE. Ya saldrás como puedas, maldito engañador, estúpido ignorante. ¡Que te saque tu Rey!

PEREGRINO. ¿Será posible que abandones aquí? No, no puedo pasar aquí toda la noche. No puedo avanzar ni retroceder. Este peso me arrastra cada vez más abajo. Es inútil seguir luchando. Nunca podré llegar así a la otra orilla. ¡Señor! ¿Debo aceptar que todo ha terminado?

ESPERANZA. ¿Quién va por ahí? (Entra con una linterna.)

PEREGRINO. ¡Ayúdame, por Dios!

ESPERANZA. ¿Cómo has venido a parar aquí?

PEREGRINO. Un hombre llamado Cristiano, enviado del Rey, me señaló esta dirección como la más corta para alcanzar la Casa de la Puerta Estrecha. Seguí sus consejos y caí aquí donde me ves.

ESPERANZA. Y, ¿cómo no viste que te metías en el Pantano de la Duda?

PEREGRINO. Venía hablando con mi amiga Voluble y sus palabras distrajeron tanto mi atención que no me di cuenta y no vi dónde ponía los pies. Y en esto cayó la noche.

ESPERANZA. Sí, ya comprendo. Si hubieses estado alerta o hubieses pasado de día, o en todo caso hubieses llevado una luz, hubieras visto las piedras colocadas para pasar. Forman un puente bastante sólido para cruzar sin peligro.

PEREGRINO. Era tal el temor que se apoderó de mí que sin reparar en nada eché por lo que me parece un atajo y caí en este lodazal.

ESPERANZA. Vamos, dame la mano. Estás al lado de las piedras.

PEREGRINO. Gracias, Dios mío. Y tú, ¿quién eres?

ESPERANZA. Mi nombre es Esperanza.

PEREGRINO. Esperanza… Ojalá te hubiera encontrado antes en mi camino… Dime, ¿por qué si éste es el único lugar de paso entre la ciudad de destrucción y la casa de la Puerta Estrecha, no manda el Rey cegar este pantano para evitar que caigan en él los pobres viajeros?

ESPERANZA. Es imposible. Es el lodazal adonde afluyen todas las heces e inmundicias de la ciudad de destrucción. A partir de aquí el terreno sube cada vez más alto, por lo que las aguas turbias se juntan y se estancan en este lugar. El Rey ha querido sanearlo, y sus obreros han estado trabajando aquí por espacio de muchos años. Han hecho todo lo que se podía para quitarlo. ¡Y con cuanto esfuerzo y peligro para sus propias vidas! Pero ni se ha podido lograr hasta hoy ni se logrará nunca. El Pantano de la Duda subsiste y subsistirá. Lo único que se podía hacer se ha hecho: se han colocado de una parte a otra estas grandes piedras, por donde se puede pasar sin dificultad. Pero a veces el lodazal se agita, una capa de fango cubre las rocas, y los viajeros, perdiendo de vista el camino a seguir no ven el paso y caen en el fango… Ahora, aquí al otro lado, ya no tienes nada que temer. El terreno es firme. Y mira, ¿ves esa luz? Es la casa de la Puerta Estrecha.

(Salen.)



ESCENA 3. EN LA CASA DE LA PUERTA ESTRECHA


PEREGRINO. Esta es la puerta pero está cerrada. ¿Me dejarán entrar en este estado? (Llama.)

CARIDAD. ¿Quién llama? (Desde dentro.)

PEREGRINO. Soy un pobre viajero que busca refugio.

CARIDAD. (Abriendo.) ¿Qué se te ofrece? ¿De dónde vienes?

PEREGRINO. Vengo de la ciudad de Destrucción, y me dirijo a la ciudad del Rey, en el país de la Vida, para escapar a mi condena. Un enviado del Rey me dijo que en esta casa me podéis ayudar a continuar mi viaje.

CARIDAD. ¿Llevas la carta del Rey?

PEREGRINO. Aquí está.

CARIDAD. Entra. Te informaron bien. Esta puerta se abre a todo el que quiere entrar y en especial a los fugitivos de la ciudad de Destrucción. Nuestra misión es la de acogerlos y ayudarles a llegar a salvo al país de la Vida. Pero… ¿Cómo es que vienes sólo?

PEREGRINO. Nadie ha querido seguirme, amable joven. Nadie cree que el peligro que amenaza mi ciudad es un peligro real.

CARIDAD. No conseguiste traer ni tan siquiera a tus padres o tus hermanos…

PEREGRINO. Ni siquiera a ellos. Sólo Voluble, una amiga de mi infancia, me acompañó unas horas pero ser volvió atrás al llegar al Pantano de la Duda.

CARIDAD. ¡Pobres desgraciados! No saben lo que hacen. Dichoso tú que has logrado escapar a una muerte tan segura.

PEREGRINO. Grande favor ha sido para mí el que, después de todo, me hayáis admitido en este lugar.

CARIDAD. A nadie ponemos jamás dificultades, cualquiera que sea su procedencia o su vida anterior. Ven ahora conmigo, Peregrino, y te indicaré dónde puedes descansar hasta la mañana. Ya sabes que muy pronto tendrás que ponerte en marcha. El camino a seguir es largo y el tiempo corto.

PEREGRINO. ¿Por dónde deberé continuar?

CARIDAD. Mira hacia delante. ¿Ves ese camino estrecho? Síguelo, sin desviarte ni a la derecha ni a la izquierda.

PEREGRINO. ¿No se cruza nunca con otros, de modo que pueda confundirme y perderlo?

CARIDAD. Sí. Hay muchas encrucijadas y muchas tortuosidades que se cruzan con él a cada instante. Pero la regla para distinguir siempre el verdadero sendero es ésta: el camino que lleva al país de la vida es recto y estrecho.

PEREGRINO. ¿Podéis aquí aliviarme de la carga que llevo sobre los hombros? Si no soy liberado de ella, me será imposible llegar hasta el final. Podrá conmigo la fatiga, y no llegaré a tiempo…

CARIDAD. Nosotros no podemos hacer nada para quitártela. Pero no te desanimes. Sólo tendrás que esperar a alcanzar aquella montaña. Allí cuando menos lo pienses te verás libre de ella, pues por sí misma caerá. Aquella cruz tiene un poder especial… Y ahora descansa un poco, y que el Señor te acompañe…

PEREGRINO. Él te bendiga.

(Salen.)



ESCENA 4. AL PIE DE LA CRUZ

(Peregrino avanza con mucha dificultad, como fatigado por un largo viaje, abrumado por su carga. Al llegar al pie de la cruz sobrecogido, cae de rodillas. Una melodía se acerca y se aleja después. Al cesar la música, Peregrino se incorpora. Levantándose la carga cae de sus hombros.)



ESCENA 5. DE NUEVO EN LA CASA DE LA PUERTA ESTRECHA

PEREGRINO. ¡Perder la carta del Rey! ¿Cómo es posible? Insensato y miserable de mí. La noche es oscura y no sé hacia dónde dirijo mis pasos. Nunca debí dejarme dominar por el sueño en un lugar desconocido, en pleno día y en medio de tantos peligros. Llevo toda la noche andando pero no sé en qué dirección. No sé dónde me encuentro. ¡Oh sueño funesto! Tú vas a ser la causa de mi perdición. Esperaré al lado de esta casa a que amanezca. Mas… Creo reconocer esta puerta… (Llama.) ¡Abrid! ¡Abridme, por favor! (Llama con insistencia.) ¡Abrid! ¡Abridme! (Golpea la puerta con desesperación.)

FE. ¿Qué ocurre? ¿Quién llama a estas horas?

PEREGRINO. Abridme, por lo que más queráis. Soy un peregrino perdido en la noche.

FE. Pasa. ¿Adónde vas a estas horas?

PEREGRINO. Voy camino de Sión. La noche me sorprendió en el camino y he perdido la ruta. No sé dónde me encuentro.

FE. Confía. Estás en un refugio para viajeros: la casa de la Puerta Estrecha.

PEREGRINO. ¡Oh! ¿Es cierto? Entonces he desandado el trayecto de todo un día… ¡Cuánto tiempo perdido!

FE. ¿Cómo pues has vuelto atrás?

PEREGRINO. Me dejé rendir por el sueño al pie de la montaña de la Cruz, y durmiendo, no sé cómo dejé caer la carta del Rey. Al despertar en el anochecer, sobresaltado por lo avanzado de la hora, no me di cuenta de que no la llevaba conmigo. Y cuando quise orientarme con ella, constaté con pesar que la había perdido. Buscando a tientas el camino he llegado hasta aquí, y aquí me tenéis, avergonzado y rendido.

FE. Da gracias al cielo de haberte encaminado hacia esta casa. Procuraremos ayudarte.

CARIDAD. ¿Quién ha venido, hermana?

FE. Un peregrino. La noche le ha cogido en el camino y está muy fatigado. Como se encuentra extraviado pregunta si se le podrá dar hospedaje aquí.

CARIDAD. Siempre podemos arreglarnos para darle un lugar. Un momento… (Mirando fijamente a Peregrino.) Creo reconocerte. ¿No estuviste aquí ya, hace unos días?

PEREGRINO. Así es, en verdad. Pero me ha ocurrido una gran desgracia. Un descuido imperdonable, más bien. Perdía la carta del Rey, y no sé cómo seguir. Y ya sabes que mis horas están contadas. ¡Tengo que llegar cuanto antes!

CARIDAD. Grande ha sido tu negligencia, en efecto. Pero no temas. No todo está perdido. Para orientar a los viajeros ha sido edificada esta casa. Te hospedaremos lo mejor que podamos, y en cuanto amanezca, te mostraremos el camino a seguir. Ayer pasó por aquí un joven que decía conocerte. Le pregunté su nombre y me dijo que se llamaba Fiel.

PEREGRINO. ¡Oh, le conozco! Viene de mi misma ciudad. Es vecino y amigo mío. Me alegro tanto de poder encontrarlo en el País de la Vida. Y dime, ¿cuánto me habrá adelantado? ¿Me será posible alcanzarlo?

CARIDAD. Debe estar pasando el Valle de Sombra de Muerte…

PEREGRINO. ¿Qué dices? ¿Qué lugar es ése, con tan siniestro nombre? ¿También yo tendré que pasar por él?

FE. El camino que lleva al País de la Vida no es un camino fácil. El enemigo de nuestro rey se ha esforzado por rodearlo de peligros para que nadie se le escape. Pero no temas, si realmente quieres llegar al final de tu viaje, nada ni nadie te lo podrá impedir. Peligroso es sin duda atravesar el Valle Sombra de Muerte. Y muy difícil pasarlo sin tropiezo. Por eso, será conveniente que te protejas con armas a toda prueba. Sólo así estarás seguro de salir indemne en caso de ser atacado. Ayudadme, hermanas. Traedle todas las armas que necesita.

PEREGRINO. No sé cómo agradeceros cuanto hacéis por mí…

FE. No hacemos más que cumplir con nuestro deber. Recuerda que la lucha más dura tendrás que enfrentarla contra ti mismo, contra tu temor, contra tus propias debilidades. Y para esa lucha, tienes que procurarte tú mismo tus propias armas… Aquí tienes un escudo para defenderte de los ataques del enemigo. Al Gran Enemigo le gusta atacar de lejos, y por sorpresa. Estate bien alerta pues muchos de sus dardos son invisibles. Y quizá alguno te alcance…

CARIDAD. Toma la espada del Espíritu. Cuando te encuentres en peligro, agredido por alguien que creas superior a tus fuerzas, ten por seguro que si la usas bien serás invencible. Pero no la pierdas como perdiste la carta. Sería tu ruina definitiva…

ESPERANZA. Si llevas puesto este yelmo, ningún golpe, por fuerte que sea, te podrá derribar. Es quizá la clave de tu salvación…

PEREGRINO. ¡Esperanza! ¡Qué sorpresa, encontrarte de nuevo aquí!

FE. Recuerda que no tienes ninguna protección en la espalda, y por lo tanto, volverla ante el enemigo sería tu perdición segura. Tienes que enfrentarlo siempre de cara. Si tienes valor y te mantienes firme, en el Valle de Sombra de Muerte no tendrás nada que temer.

CARIDAD. Está amaneciendo.

ESPERANZA. ¿Quieres descansar un poco o te encuentras dispuesto para seguir?

PEREGRINO. Vuestra ayuda me ha devuelto la confianza. Creo que no me faltará valor para continuar mi camino, aunque tenga que enfrentarme con el Gran Enemigo en persona. Quiero partir cuanto antes.

FE. Está bien. Me satisface ver recobrada tu ánimo. Pero no confíes demasiado en tus fuerzas ni olvides a quién te las da.

CARIDAD. No te detengas más, pues te queda un largo viaje y el tiempo es corto. Nuestras oraciones te seguirán adonde vayas.

PEREGRINO. Gracias, Caridad. Dios os pague a cada una con creces vuestra bondad para conmigo.

ESPERANZA. Él te acompañe.

(Sale Peregrino y telón.)



ESCENA 6. EN EL VALLE DE SOMBRA DE MUERTE

ENEMIGO. ¡Hola, amigo! ¿Qué haces tú por aquí?

PEREGRINO. He abandonado la ciudad de Destrucción y me dirijo al País de la Vida.

ENEMIGO. Lo cual quiere decir que eres uno de mis súbditos, porque tu ciudad me pertenece y yo, sábelo bien, soy tu rey. ¿Cómo tienes la osadía de abandonar tu patria? Si no fuera porque confío que me vas a servir mucho tiempo aún, te aplastaría en el acto, por prófugo y desertor.

PEREGRINO. Es verdad que he sido tu siervo hasta hace muy poco; pero tu servicio era tan pesado y tu paga tan miserable que he decidido salir de allí. El Rey del País de la Vida se ha ofrecido para darme asilo y librarme así de la pena de muerte que me espera si sigo a tus órdenes. Además, ¿cómo quieres que me quede en tu ciudad sabiendo que va a ser muy pronto destruida?

ENEMIGO. ¡Oh, sabes muchas cosas! Pero no creas que voy a conformarme tan fácilmente a perder mis súbditos, por poco que valgan. Y particularmente has de saber que no estoy dispuesto a perderte a ti. Puesto que te quejas del servicio y de la paga, te prometo, si te vuelves otra vez bajo mi mando, mejorar mucho tu condición y darte todo lo que me pidas.

PEREGRINO. Tú no me puedes dar lo que yo busco. Nada de lo que me puedes ofrecer me interesa. Estoy al servicio de un Rey más poderoso que tú, y no quiero por nada del mundo volver a ser tu esclavo.

ENEMIGO. Has obrado neciamente cambiando un mal por otro peor. Pero no le temo en absoluto a tu Rey. Sucede de ordinario que los que un día aceptaron ser sus siervos, como es tan exigente, al poco tiempo se le escapan, y vuelven a servirme con mayor sumisión que antes. Hazlo tú también, desde ahora y saldrás ganando.

PEREGRINO. Sé lo que me espera a tu servicio, ¡gran engañador!: La muerte. Sabes muy bien que la ciudad va a ser destruida y te esfuerzas porque nadie se escape para que todos perezcamos contigo.

ENEMIGO. ¡Qué ingenuo eres, Peregrino! No quiero discutir sobre ese asunto, que veo ignoras. Pero si temes esas supuestas amenazas de destrucción, te aconsejo que no les prestes oídos: son cosas de tu Rey, para llevarse a mis súbditos haciéndoles miedo. Y ahora, dejemos el asunto. Vuélvete enseguida y no me hagas perder la paciencia.

PEREGRINO. He dado palabra al Rey de la Vida de cumplir fielmente todas sus órdenes. Y no me volveré atrás por nada del mundo, y menos aún para servirte a ti, maldito farsante.

ENEMIGO. Un momento, no te exaltes. A mí también me juraste fidelidad y me has traicionado. Y sin embargo estoy dispuesto a perdonarte si entras en razón.

PEREGRINO. No insistas. Prefiero al Rey de la Vida. Su servicio, su paga, su gobierno, sus súbditos y su compañía me gustan más que los tuyos. Y por si fuera poco, le debo mi vida. No pierdas pues el tiempo intentando persuadirme: he tomado el camino de su Reino y lo seguiré hasta el final.

ENEMIGO. ¡Necio! Escucha bien lo que vas a encontrar si sigues por donde vas: dificultades, esfuerzos, peligros, necesidad, obstáculos, soledad. Todos los que lo siguen son unos desgraciados. Muchos incluso son víctimas de una muerte atroz. Y ninguno ha vuelto para contar las excelencias de ese Reino, ninguno. Además, si el servicio de ese rey es mejor que el mío, ¿por qué nunca hasta el día de hoy, ha salido de dónde está para rescatar de mis manos a los suyos? Yo, por el contrario ¡cuántas veces, según puede atestiguar el mundo entero, sea por la fuerza, sea por astucia, sea por fraude, o sea por engaño, a los míos caídos en sus manos, los he librado de su poder! ¡Y si tú quieres, también te libraré a ti!

PEREGRINO. El único fin desgraciado que me puede esperar es el de quedarme a tu lado. Lo que tú llamas una muerte desgraciada en los seguidores del Rey de la Vida, no ha sido más que el principio de una vida gloriosa. Y tú lo sabes bien, porque la vida que ellos pierden no es comparable a la que ganan. Y en cuanto a la liberación que me ofreces… bien sabes que hasta tú mismo estás condenado a muerte por el Gran Rey, a causa de tus muchos crímenes, y que tu ejecución no tardará.

ENEMIGO. Cállate. Te prohíbo que me hables de eso. Y no me menciones más a ese rey. Soy su enemigo mortal. Aborrezco su persona, sus leyes, su pueblo, y sobre todo a su hijo… He salido a tu encuentro con el propósito de impedirte el paso y lo conseguiré.

PEREGRINO. Mira bien lo que haces. Estoy armado.

ENEMIGO. ¡Ja, ja, ja, ja, ja! ¿Vas a creer que puedo tener miedo de esas bagatelas? Está bien. Tú lo has querido con tu tozudez. Prepárate para morir, porque te juro que del Valle de Sombra de Muerte no has de salir. (Ataca a Peregrino, quien se defiende con el escudo. Al principio parece que gana Peregrino, pero un golpe del Enemigo le tira al suelo la espada. Se entabla una lucha cuerpo a cuerpo. Enemigo derriba a Peregrino al suelo, saca un puñal y va a clavárselo, pero en esto Peregrino encuentras en el suelo su espada.)

PEREGRINO. ¡Dios mío, mi espada!

ENEMIGO. Ya eres mío.

(Peregrino ataca al Enemigo con la espada.)

PEREGRINO. ¡Gracias, señor!

ENEMIGO. ¡Maldición! ¡Maldita espada, maldito peregrino y maldito rey! (Huye.) Me has vencido esta vez, pero prepárate. Me las arreglaré para destruirte…

PEREGRINO. (De rodillas.) ¡Oh, Señor! ¿Qué extraño poder tiene mi espada? Ahora empiezo a comprender las palabras que en la Casa de la Puerta Estrecha me enseñaron a orar: “Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo”.

(Telón.)



ESCENA 7: ENCUENTRO CON FIEL

(Peregrino y Fiel conversan, sentados al borde del camino.)

PEREGRINO. Fiel, amigo mío, no sabes cuánto me alegro de haberte alcanzado y de que Dios me haya concedido la gracia de poder andar contigo el resto del camino. Saliste después que yo, y me has adelantado.

FIEL. Y ahora eres tú el que me alcanzas. Mejor hubiera sido venir juntos desde Destrucción, pero tú me ganaste en decisión, saliste antes y he tenido que venir solo.

PEREGRINO. Creo que este viaje lo hacemos todos solos… Y dime, ¿cuánto tiempo permaneciste en la ciudad antes de ponerte en ruta?

FIEL. Hasta que no pude aguantar más. Desde que saliste, la ciudad no ha cesado de hablar de la hecatombe que se avecina. ¿Sabes? Tus palabras y tu salida causaron gran revuelo…. Ellas me animaron a venir a mí…

PEREGRINO. Aun así, sólo tú has venido…

FIEL. Tengo la impresión de que aunque todos hablan del fin que se avecina, muy pocos lo creen de veras. O quizá piensen que aún hay tiempo para escapar más tarde, como creía yo…

PEREGRINO. ¿Sabes algo de Voluble?

FIEL. Sí. Sé que se fue detrás de ti. Y aunque no quiso decir nada del porqué de su regreso, todos vimos que volvía encenegada, como si hubiera caído dentro de un pantano. Desde su vuelta ha sido objeto de burla y de desprecio. Como es tan variable, nadie le tiene confianza. Ahora está sombría, como presa de una angustia, de una carga o de una culpa, que la abruma.

PEREGRINO. ¿Hablaste con ella?

FIEL. Cuando decidí emprender mi viaje, fui a verla. Era nuestra amiga y tenía esperanzas de que me siguiera. Ella había tenido siempre muchos amigos, pero ahora todos la desprecian. Y ¡cosa extraña! En cuanto le dije que había decidido seguir tu ejemplo y huir de la ciudad de destrucción, se puso a sollozar, como desesperada, pronunciando tu nombre. Y se alejó sin contestar a mis preguntas. Hice lo que pude para convencerla, sin ningún resultado: perecerá en la ruina de la ciudad. No tiene la fuerza de voluntad suficiente para aguantar frente al peligro. Su amistad con Mundano acabará por hundirle en la perdición. Por seguir la corriente…

PEREGRINO. ¡Dios se ampare de ellos!

FIEL. Y pensar que Mundano casi me convenció a mí también para que me quedase…

PEREGRINO. ¿A ti también?

FIEL. Al principio casi le creí. Me decía que para un hombre es vergonzoso, bajo y mezquino abandonar su ciudad, dejando en ella a los suyos, aunque fuera cierto lo de la amenaza de destrucción. Después empezó a hacerme dudar acerca de los propósitos del Rey de la Vida, diciendo que hacer caso a esas alarmas anunciadas por carta por un rey al que nadie en la ciudad ha visto jamás, ni nadie conoce, es hacer prueba de pobreza de espíritu y de una Credulidad impropia de un hombre inteligente. Objetó también, que ninguno de los poderosos, ricos y sabios del país es de nuestra opinión, y que ninguno de ellos se ha arriesgado a perderlo todo por seguir un camino que lleva a algo que nadie sabe lo que es.

PEREGRINO. Y, ¿qué le contestaste?

FIEL. No sabía qué decir. Empecé recordándole cómo el Hijo del Rey había dado su vida por nosotros, en manos de los crueles esbirros del Gran Enemigo, por venir personalmente a avisarnos de sus malvados planes. Habiendo hecho eso por nosotros, no puede por menos que merecer nuestra confianza y nuestra gratitud. Por eso le dije a Mundano que pensaba seguir las instrucciones del Gran Rey, aunque yo fuera el único en el mundo. No puedo despreciar su sacrificio por mí, sobre todo, sabiendo que si lo hago, lo que me espera es una muerte segura.

PEREGRINO. Así es, amigo mío. Mundano, y todos los que son como él, no sólo son unos ingratos, sino, en el fondo, unos suicidas. ¡Y sin embargo, con cuanto empeño se esfuerzan en que nadie se marche de la ciudad! Yo mismo, tuve muchas dificultades para deshacerme de Mundano. Y aun después de salir, me persiguió molestándome con sus insinuaciones, y hablándome mal de las flaquezas de los que un día decidieron obedecer al Rey de la Vida. Cuando vio que conmigo perdía el tiempo, me dejó, no sin antes maldecirme con soeces blasfemias.

FIEL. Hiciste bien en no escucharle, Peregrino. Lástima que convenza a otros más débiles, como a nuestra amiga Voluble.

PEREGRINO. Hicimos todo lo que pudimos para convencerla… Y dime, ¿tuviste algún contratiempo en tu viaje?

FIEL. No demasiados, por ahora. Lo más peligroso, el Valle de Sombra de Muerte, lo recorrí a la luz del sol, y por lo tanto, no me encontré con el Gran enemigo. Parece que él ataca de preferencia en la oscuridad.

PEREGRINO. ¡Dichoso tú! Yo me lo encontré cara a cara. El combate fue tan duro y tan reñido que pensé que acabaría muriendo en sus garras. No sé cómo encontré fuerzas suficientes para coger mi espada y ahuyentarlo. Aún me duelen las heridas. Pero gracias al cielo, estoy con vida, y vuelvo a recobrar mis fuerzas.

CRISTIANO. (Entrando.) La paz sea con vosotros.

FIEL. Bienvenido, Cristiano. Ideal compañía para estos pobres peregrinos.

CRISTIANO. Mucho me alegro de veros, compañeros. Veo que tras las pruebas habéis alcanzado la victoria, y que a pesar de vuestras faltas y flaquezas, habéis seguido en el camino de la vida hasta hoy. Muy cerca está ya la patria de nuestro rey. ¿Veis aquellas montañas? Sólo os falta cruzarlas para llegar al país donde estaréis seguros.

PEREGRINO. ¿Vendrás con nosotros?

CRISTIANO. Lo haría con gusto. Pero debo ayudar a otros a llegar hasta aquí. Ya casi estáis fuera del País del Enemigo. Pero tengo que advertiros que a pocas millas de este lugar, y muy cerca de la frontera, el enemigo tiene una ciudad, permanentemente en feria, que se llama Vanidad. Es seguro que allá intentarán reteneros, os instarán a que os quedéis, y si proseguís adelante, puede incluso que intenten mataros. Más de un viajero ha sellado su fidelidad y valentía con su sangre. Pero si sois fieles, si hiciera falta hasta la muerte, el rey os dará la verdadera vida. Quiero veros en la patria eterna, confío pues que os portéis como valientes y que sabréis luchar por lo que vale la pena. Defendeos con todas vuestras fuerzas. Pero confiad, Dios os protegerá.

PEREGRINO. Y, ¿no podemos evitar esa peligrosa feria?

CRISTIANO. El camino de la ciudad celestial pasa forzosamente por esa población. El enemigo la ha situado de manera que no se pueda llegar allá de otra manera. Hasta el Hijo del Rey, cuando estuvo entre nosotros, tuvo que pasar por ahí para encaminarse a vuestro país. El mismo enemigo dirigía entonces la feria, y tuvo la osadía de invitarle en persona a quedarse, o por lo menos a comprar algunas de sus vanidades. Aún más, le propuso hacerlo dueño de la feria, con sólo que aceptase hacerle una reverencia cada vez que pasara por delante del Gran Enemigo. Pero el Hijo del Rey no escuchó los ardides engañosos de ese farsante, y pasó de largo.

PEREGRINO. ¡Ojalá nosotros podamos pasar como él!

CRISTIANO. No tenéis por qué temer. Si habéis vencido al enemigo una vez, podréis vencerlo otra. Sólo puedo daros un consejo: no os entretengáis en nada. Pasad adelante, y atravesad la feria sin deteneros. Y ahora… debo marchar. Que Dios sea con vosotros.

FIEL. Que Él te acompañe.



ESCENA 8: EN LA FERIA DE VANIDAD

PEREGRINO. Asombrosa ciudad. Tentadora feria. La apariencia no es de peligro. Todo el mundo parece feliz…

FIEL. Cuidado, Peregrino. No te detengas. Recuerda el consejo de Cristiano: el peligro está en detenernos.

PEREGRINO. Estoy asombrado. No creo que nos ocurra nada sólo por ver, por mirar, por saber de qué se trata. Eso no nos va a tomar mucho tiempo…

FIEL. ¿Sabes tú acaso del tiempo de que dispones? Estando tan cerca del Reino, no debemos alargar innecesariamente nuestro viaje. Quizá una hora aquí represente el no poder entrar en el Reino nunca…

(La gente los mira, los interrumpe, les ofrece cosas.)

VANIDAD. ¿Sois extranjeros, gentiles caballeros? Mucho me asombran vuestros… modestos vestidos, y más aún me maravilla vuestro modo extraño de hablar. No hay quien os entienda. Pero si ponéis un poco de buena voluntad de vuestra parte, creo que podremos entendernos perfectamente. ¿Me permitís esta danza…?

CODICIA. Malditos peregrinos. No sé a qué habrán venido a esta feria, si no compran nada. Maldito el poco caso que hacen de mis preciosas mercancías. Ni siquiera se toman la molestia de mirarlas. ¿Qué queréis demonios comprar?

FIEL. Dejadnos, por favor. No nos interesa nada de lo que podéis ofrecernos.

CODICIA. ¡Orgullosos! ¡Imbéciles! ¡Espías! ¡A ellos la justicia!

(Vendedores, bebedores, danzarinas, intentan detenerlos y seducirlos. Ellos, especialmente Fiel, se niegan a sus invitaciones. Peregrino, a veces duda. Arrastrado un poco por Fiel, intentan avanzar y deshacerse de los feriantes.)

SOBERBIA. ¿Qué hacen aquí estos extranjeros? ¡Llamad a los guardias! No queremos intrusos.

CODICIA. ¡Que no se escapen!

VIOLENCIA. ¡Cogedlos! ¡Duro con ellos!

(Los cogen, los maltratan. Llegan los guardias, con el juez y calman a la multitud.)

JUEZ. ¡Silencio todos! Vamos a ver. Vosotros, ¿quiénes sois? ¿De dónde venís y adónde vais y qué hacéis aquí con esa facha?

FIEL. Somos peregrinos que venimos de la ciudad de Destrucción, y nos dirigimos al país de la Vida. No comprendemos el por qué de este alboroto, pues no hemos hecho ningún motivo para que vuestros súbditos nos traten así, y nos detengan en nuestro viaje.

SOBERBIA. Han venido a perturbar el orden de la fiesta.

LUJURIA. Nuestros visitantes son pacíficos y sobrios, y a lo que veo, no intentan hacer mal a nadie. ¿No los encontráis muy apuestos y agradables? Dejadlos, no les hagáis daño. Nosotras nos ocuparemos de darles posada, de cambiarles de ideas y de procurarles un lecho donde pasar la noche…

VOCES. ¡Ja, ja, ja, ja, ja!

PEREGRINO. Gracias, pero lo único que necesitamos es que nos dejéis continuar nuestro camino.

LUJURIA. ¡Ingratos! ¡Insolentes! ¿Así pagáis mi bondad desinteresada?

VOCES. ¡Ja, ja, ja, ja, ja!

JUEZ. Calmaos. ¿De qué acusáis a estos hombres?

CODICIA. Dejadme hablar a mí primero. Son perturbadores y enemigos de nuestro comercio. Alborotan la ciudad, perturban el orden público y soliviantan al pueblo en contra de nuestras leyes.

FIEL. ¿Puedo hablar?

JUEZ. Habla. Quizá sea por última vez.

FIEL. Señor, ni hemos promovido disturbios ni merecemos las acusaciones que vuestros súbditos nos hacen. Somos hombres de paz y si hemos transgredido las leyes de vuestra ciudad, sabed que fue por fidelidad a las leyes del Rey supremo, al que nosotros servimos y al que serviremos pase lo que pase.

JUEZ. Insolente. ¿Te atreves, de ese modo desafiante, a defender tu conducta delante de mí, cuando acabas de confesar que eres siervo del enemigo de nuestro rey?

LOCUAZ. Pues aún no lo sabéis todo, Señoría. Además de injuriar a nuestro rey, han insultado a importantes personajes de la ciudad. Yo misma les he oído despreciar las palabras de personas tan respetables como el Señor Codicia, o las señoras Vanidad y Lujuria…

VOCES. ¡Es verdad, es verdad…!

JUEZ. ¡Basta ya! Y tú, renegado, espía, traidor, ¿has oído lo que estos respetables señores testifican contra ti? Abjura de tus ideas y abandona el servicio de nuestro enemigo de tu propio grado porque no te vamos a dejar que te escapes a su país.

FIEL. No puedo hacerlo, señor. He jurado fidelidad al rey de la Vida, y no pienso intimidarme por vuestras amenazas.

JUEZ. ¿Así me respondes? ¡Desvergonzado!

VIOLENCIA. ¡Toma! ¡Así aprenderás a respetar a nuestro juez! (Lo golpea.)

FIEL. Deteneos. No me hagáis ningún mal. Nuestro rey os castigará si lo hacéis. Escuchadme: vuestro actual señor, el Gran Enemigo, os tiene engañados. La feria de Vanidad va a ser destruida en breve. Abandonadla y venid con nosotros al país de la Vida…

JUEZ. ¡Basta ya, embustero! ¡Malvado enemigo! No mereces vivir ni un momento más. Tú eres el que vas a ser destruido, y en el acto. Y tú también, miedoso canalla (dirigiéndose a Peregrino.)

PEREGRINO. Yo no, Señor, estáis en un error. Yo no soy como este hombre. Dejadme, os prometo que… soy como vosotros. Os lo probaré, pero no me hagáis nada. Dejadme…

FIEL. Peregrino…

JUEZ. Está bien, gallina. Vete. Y si me mientes, te juro que te descuartizo con mis propias uñas. Atad a este miserable (Fiel). Preparad los látigos… Y bien, ciudadanos. Aquí tenéis al que alborota nuestra pacífica ciudad. Acabáis de oír lo que estos dignos caballeros y damas han testificado contra él. También habéis escuchado sus propias palabras. Ahora, a vosotros os toca decidir. Hablad. ¿Alguien quiere seguirle… al País de la Vida? ¡Ja, ja, ja!

TODOS. ¡No, no, fuera, fuera!

JUEZ. Podéis condenarlo o salvarle la vida…

CODICIA. Este hombre es un enemigo peligroso para la ciudad.

VANIDAD. Fuera de aquí semejante aguafiestas.

LUJURIA. Le odio. ¿Habéis visto cómo me ha tratado?

VIOLENCIA. ¡Azotadlo! ¡Azotadlo hasta que muera!

CODICIA. Es un miserable espía. Acabemos con él cuanto antes.

JUEZ. Digno es de muerte.

TODOS. ¡Que muera! ¡Que muera!

JUEZ. Guardias, azotadlo hasta que lo hagáis pedazos. Y todos los que quieran ayudar a hacer justicia ¡duro con él!

TODOS. ¡Que muera…!

(Peregrino presencia la escena escondido. Al llegar aquí, huye desesperado.)

PEREGRINO. ¡Fiel, mi amigo…! ¡Oh, Dios mío, perdón, Dios mío…! (Sale.)




ESCENA 9: AL BORDE DEL GRAN RÍO

PEREGRINO. Miserable de mí, ¡cobarde, cobarde, traidor! Abandonar a mi amigo por miedo a la tortura… No tengo perdón. Ahora mi condena es inevitable. El rey no me perdonará nunca más. Todo mi viaje ha sido vano: en un momento de miedo, de cobardía, lo he perdido todo. Por mi cobardía, y ano podré llegar jamás al país de la Vida… NO me queda más que volverme a mi casa, a la ciudad de la Destrucción. Pero, ¿qué digo? Si no puedo llegar al país de la libertad, ¿para qué quiero llegar a mi ciudad maldita, condenada a la ruina? Lo mejor que puedo hacer es poner fin a mi vida. Bastaría con dejarme caer en lo profundo de esta sima. La muerte es mil veces preferible a vivir bajo el paso del remordimiento…
Mi lugar está ahí bajo, en el fondo la insondable sima de la Desesperación. Perdón, Señor, no quisiera ofenderte, pero te he debido defraudar tanto, que sólo desapareciendo creo que podré hacer algo para borrar mi culpa. Señor, apiádate de mi asquerosa alma…

ESPERAZA. ¡Peregrino!

PEREGRINO. Esperanza…

ESPERANZA. ¿Qué haces en este lugar? Es muy peligroso. Retírate de ahí. Bastaría muy poco para que cayeras para siempre.

PEREGRINO. Sí, bastaría muy poco para terminar de una vez…

ESPERANZA. ¿Qué dices, Peregrino? ¿Qué te pasa?

PEREGRINO. Creo que he llegado al final de mi viaje.

ESPERANZA. No has llegado aún, y tienes las horas contadas. ¿Por qué te entretienes aquí?

PEREGRINO. No puedo seguir adelante. Puesto que insistes, te lo contaré todo. Hace unas horas, en la Feria de Vanidad…

ESPERANZA. No hace falta que hables. Lo sé todo. Vengo de allí también, y sé lo que ha ocurrido con Fiel y contigo.

PEREGRINO. Entonces comprenderás por qué termino aquí mi viaje…

ESPERANZA. ¡Detente!

PEREGRINO. Aléjate de mí. No me toques. No soy digno ni siquiera de que me mires. Soy un cobarde, un traidor, un apóstata. He luchado mi última batalla y la he perdido, mejor dicho, me he rendido cobardemente al enemigo. No debo seguir viviendo. Mi viaje ya no tiene sentido. Salí en busca de libertad y perdón para conseguir la vida, pero yo mismo me he acarreado otra vez la condena y la muerte. Adiós, Esperanza. Cuando vuelvas a la Casa de la Puerta Estrecha, cuéntales a todos mi historia, para que nadie repita nunca mi experiencia. Tú misma vas a ser el único testigo de cómo terminó el viaje de un Peregrino que salió de su tierra buscando el país de la vida, pero que nunca llegó por cobarde…

ESPERANZA. Peregrino. No sabes lo que dices. ¡Qué poco conoces a nuestro Rey! ¿No fue él quién te llamó de Destrucción para librarte de la muerte? ¿Has olvidado que siempre envió a alguien en tu ayuda cuando estabas en peligro? El Rey quiere que vivas. No pudo vencerte el gran enemigo en el valle de sombra de muerte, ¿y te dejarás vencer por tu propio desaliento? Perder una batalla no es perder la guerra. Vuelve a emprender tu camino. Yo sé que tu arrepentimiento es sincero, y el Rey, me consta, te perdonará. Al otro lado de este río, ahí mismo, empieza su reino. No abandones la vida cuando la tienes al alcance de tu mano. Sólo un esfuerzo más. El tiempo apremia, y el Rey nos espera.

PEREGRINO. Jamás podré entrar. He caído tan bajo que no puedo aspirar a ningún perdón. No puedo apartar de mis ojos la mirada que me dirigió Fiel en el momento de su muerte… Era como si el Rey en persona me estuviese mirando…

ESPERANZA. ¿Y qué viste en esa mirada, viste acaso odio, hostilidad, repulsión…?

PEREGRINO. No. Sólo vi tristeza: una tristeza indescriptible, como un reproche mezclado de decepción y de amor. Y al mismo tiempo una paz…

ESPERANZA. Tú puedes tener también esa paz que aspiras, sin necesidad de tronchar tu vida. He caminado muchas leguas sin descanso para alcanzarte, y para decirte que el Rey puede perdonarte con tal que cruces el Gran Río antes de la noche.

PEREGRINO. ¿Es verdad cuanto me dices? Pero, ¿cómo podrá perdonarme otra vez el Rey cuando sepa lo miserablemente que me he portado?

ESPERANZA. Lo sabe ya. Y lo deplora, es cierto. Pero sabe que tú también detestas tu conducta, y que ahora, si el caso se volviese a presentar, jamás volverías a ser un cobarde como lo fuiste. Aquí estoy como prueba de tu perdón.

PEREGRINO. No puedo creerlo. Sería demasiado hermoso. ¿Has venido expresamente por mí?

ESPERANZA. No sabría decirlo. Yo también quiero llegar al País de la Vida. A mí también, como a ti, sólo me falta cruzar el Río. El Gran Río es profundo, frío y turbulento. Me da miedo cruzarlo sola…

PEREGRINO. Tú debes llegar al otro lado. Yo no. Los seres como yo no pueden vivir en la otra orilla. Adiós. Que alcances muy pronto la felicidad que mereces…

ESPERANZA. ¿Vas a dejar el camino cuando falta tan poco? Tu cobardía última sería peor que las anteriores. Me duele en el alma oírte hablar así. Yo estaba segura de pasar contigo el río. ¿Podrás dejarme sola? ¿Permitirás que me arrastre la corriente?

PEREGRINO. ¡Oh, no, Esperanza! Tú debes llegar a la otra orilla. Tienes que llegar, aunque tenga yo que acompañarte para asegurarme de que nada te ocurre hasta que estés a salvo. Y si es necesario, daré mi vida para salvar la tuya. Y si el río me arrastra en mi esfuerzo por llevarte al otro lado, aceptaré feliz esa muerte.

ESPERZA. Pasaremos el río, estoy segura, con tu ayuda. Démonos prisa. Ya cae la tarde y el río es ancho y turbio. El tiempo se acaba…

PEREGRINO. Esperanza, quiero que llegues. Llegarás a salvo.

ESPERANZA. Llegaremos juntos, Peregrino.

PEREGRINO. Vamos, entremos ya en el agua.

ESPERANZA. ¿Sabes? Ya no tengo miedo.

PEREGRINO. Veo la otra orilla, y no está lejos. Mira, ¿qué es ese resplandor que se acerca hacia nosotros?

ESPERANZA. ¡Es el hijo del Rey que viene a nuestro encuentro!

La ignorancia de los príncipes

7 Minutos y 3 Personajes. Esta obra nos da una idea de cómo se mueve el mundo espiritual, las luchas que existen en nuestra mente y las consecuencias que nos traen tanto las buenas como las malas decisiones.

LA IGNORANCIA DE LOS PRÍNCIPES

PERSONAJES

KEVIN. No tiene carácter, es influenciado y manipulado por sus amistades.
ABIGAIL. Es cristiana pero a medias.
NARRADOR. Kevin está soñando, o bien puede ser un ángel hablándole.


(Entran en escena Kevin y Abigail platicando muy emocionados.)

KEVIN. Hombre, no manches, esto estuvo bien cool, ¡qué bueno que me convenciste! Nunca había ido a una fiesta como ésta, aunque ¡oohh, men! Te pasas… Mira las horas que son: 4:30a.m.
Ya me amenazó el jefe. (Kevin imita burlonamente la actitud del jefe) Señor, venga para acá, un retraso más y no lo quiero ver por aquí, está advertido. Si me corren, tú me vas a buscar trabajo.

ABIGAIL. ¡Ah! ¿Yo por qué? Ni creas.

KEVIN. ¿Quieres saber por qué? Bueno, ¿quién es la que me mueve como robot para todos lados, eh, eh, eh?

ABIGAIL. ¡Ay! Ya estás grandecito, ya sabes lo que haces, si bien que te gusta, no te hagas...

KEVIN. No, fíjate que no, lo que pasa es que tengo que cuidarte; eres mi amiga… ¿Qué tal si te pasa algo y todo por no ir contigo? Prefiero no arriesgar tu seguridad.

(Abigail se ríe.)

KEVIN. Ya sé que no me crees, yo siempre he sido un chavo tranquilo, no me gustan esos feos lugares.

ABIGAIL. Corrección, no te gustaban esos lugares, y eeeras tranquilo, acuérdate quién era el que andaba como trompo en medio de la pista y no se quería venir, ¡je, je, je!

ABIGAIL. Lo que pasa, amigo, es que eres muy aburrido, todos tenemos derecho a regarla de vez en cuando, záfate alguna vez de la sana diversión, para salir de la rutina; tú sabes a cabo que no es de todos los días, solo los fines de semana y luego vamos a la iglesia, le pedimos perdón a Dios él nunca nos dejará de amar porque somos sus hijos: un padre nunca deja de amar a un hijo sea como sea, ¿o sí?

KEVIN. No, claro que no, mis padres nunca harían eso; ellos me aman tal y como soy, aunque claro que de niño, cuando me portaba mal, me daban unas corregidas hasta que entendiera. Yo creo que Dios también es así porque….

ABIGAIL. ¡Cof, cof, cof! Bueno, bueno… En lo que quedamos: fin de semana al reventón y luego a pedir perdón. Y no hablemos más de esta situación. He dicho.

KEVIN. Yo no estoy tan seguro de eso.

ABIGAIL. Sí, mira, primero que nada necesitamos juntarnos con ellos, ganarnos su confianza, y después, si se nos presenta algún día la oportunidad, hasta les podemos hablar de Cristo. (Kevin pone cara de insatisfecho) Puedes encontrar ahí tu media naranja, tu ayuda errónea.

KEVIN. ¿Cómo dices?

ABIGAIL. Dije tu ayuda idónea, nada más… La conviertes a Cristo y listo, ¿qué te parecen mis estrategias para ganar almas? ¡Je, je! ¿Qué tal, eh?

KEVIN. ¡Uy! No cabe duda que tienes el don de revelación, no sé si pueda dormir esta noche… Estoy muy emocionado con las estrategias que Dios te revelo.

(Mientras van camino a su casa una voz suave susurra al oído de Kevin.)

NARRADOR. No te engañes, a Dios nunca podrás engañar. Él conoce las intenciones más profundas de tu corazón y todo lo que siembres lo vas a cosechar. Cada decisión que tomas afecta tu futuro para éxito o fracaso, ven aquí, te mostrare algo. Esto es lo que sucede en tu mente natural, a esto se le llama el mundo espiritual. Muy real es, aunque tú no lo ves. Existe en toda mente un campo de batalla donde los pensamientos combaten entre el bien y el mal, y es una lucha constante que vivimos día a día. Existen las malas y las buenas decisiones. Ellas lucharán para conquistar territorios en tu mente, y las decisiones que tomes vivirán cómodamente, y te entregarán a cambio todas sus pertenencias. Siempre hacen eso, es su naturaleza. Algunas te darán éxito, y otras, fracaso. Al fin de cuentas aunque peleen ellas por territorios, tú eres el que escoge cuál de las dos vencerá. Algunas matarás y otras abrasarás: La decisión es tuya. Recuerda que todo te es permitido, pero no todo te conviene. Las malas decisiones tarde o temprano matan tus sueños e ilusiones. Y a tus futuras generaciones, les heredarás solo maldiciones. Por favor, reacciona, detente un momento y ponte a pensar: Que las malas decisiones solo te quieren lastimar. Cuando ya no te quieran, te van a traicionar y como un trapo viejo te van a desechar, su trabajo es engañarte, aprisionarte, encadenarte, meterte en oscuridad y que vivas despojado de tu voluntad. El rey de las malas decisiones es el padre de mentira. Su único propósito es robar, matar y destruir.

Bueno entonces, ¿qué estás haciendo con tu vida? Ya no te dejes engañar: Ármate de valor, y escoge el camino mejor, pelea contra el pecado, pelea, pelea, y no termines derrotado. Fortalécete en el señor y en el poder de su fuerza y saca tu testamento, aquel que tu padre el rey te dejo para que conozcas su herencia. Porque solo así, en el tiempo de la tentación, tú podrás tomar la correcta decisión y te será entregado todo, absolutamente todo, lo que tu enemigo, te ha robado.
Serás prosperado en todo lo que emprendas, vivirás de Victoria en Victoria en los tiempos difíciles. Tendrás la paz que sobrepasa todo entendimiento. Los sueños de tu Corazón se realizarán, y esto solo es algo de las muchas herencias que Él te entregará. Si el día de mañana no te quieres lamentar, recuerda este consejo, no lo debes olvidar. Tú naciste para ir de Gloria, en Gloria y de Victoria en Victoria.
Pero al final de cuentas eres tú el que decide.



NOTA DEL AUTOR. PARA ATRAER LA ATENCION DE LA AUDIENCIA, TENÍA PLANEADO, EN EL AREA DE LA NARRACIÓN, TOMAR ESCENAS DE ALGUNAS PELICULAS FAMOSAS COMO LA DE “EL SENOR DE LOS ANILLOS” EN LA QUE HABLA DE UN REY QUE ESTA PRESO E IGNORA TODA SU HERENCIA; TAMBIÉN GUERREROS PELEANDO, ECT… MIENTRAS SE ESTÁ NARRANDO SE ESTARÍAN PASANDO LOS CORTOS RELACIONADOS CON LO QUE SE ESTÁ HABLANDO. ESTO CREARÍA UN ESCENARIO ACTUAL, MODERNO Y JOVIAL, PERO SE LOS DEJO A SU IMAGINACIÓN Y POSIBILIDADES.